Cómo crear un gran detective para tu novela

Por Jose Luis Ordóñez, escritor y profesor de nuestros talleres de Guion de cine y tv, y de Novela de detectives y Novela de fantasía o ciencia ficción

En referencia a los personajes, Chéjov afirma en un determinado momento que es un error meter un gran número de ellos en una escena; esto que dice es algo que podríamos trasladar a esa gran novela que se tenga por escribir, donde puede que haya muchos personajes, sí, pero donde los realmente importantes sean pocos.

Y el memorable, solo uno.

Después de todo, siempre se sueña con crear ese personaje que cale hondo en los lectores, y que estos demanden nuevas entregas que generen toda una línea de novelas con su protagonismo. Si se echa la vista atrás, es algo que sucede con cierta frecuencia en el campo de la novela negra o novela de detectives, desde clásicos como las creaciones de Arthur Conan-Doyle o Agatha Christie con, respectivamente, Sherlock Holmes y Hércules Poirot, o algunos actuales como ese Jack Reacher más centrado en el thriller que imagina Lee Child y es protagonista también de toda una serie de novelas. Curiosamente, el gran detective no es propiedad exclusiva de los territorios habitualmente cursados por el noir, sino que a veces toma otros rumbos: por ejemplo, si nos fijamos en el catódico doctor House, cuyo hábitat natural es un centro hospitalario, no es en realidad más que una variante del propio Sherlock Holmes, solo que aquí, en lugar de buscar asesinos y criminales, trata de descifrar la misteriosa enfermedad que, en cada capítulo, pone en jaque la vida de alguno de sus pacientes. El mecanismo, en cualquier caso, es el mismo: la investigación y el descubrimiento del criminal.

Pero dejemos atrás a personajes ya creados y de contrastado éxito en literatura, cine y televisión, y miremos hacia el futuro. Tratemos de retener algunos de los elementos que funcionan y añadamos otros con el objetivo de aportar originalidad a la creación que está por venir.

Lo primero es pensar qué tipo de detective tenemos entre manos: ¿es un profesional o, por el contrario, un amateur? No es lo mismo tratar con alguien que trabaja en el cuerpo oficial de policía y se rige por métodos profesionales y acorde con un riguroso orden, al aficionado que, por circunstancias, se ve obligado a llevar a cabo una investigación que, en este caso, irá conducida por su propia intuición. En un caso u otro, es importante que nuestro personaje principal tenga ciertas particularidades que lo hagan original: ¿le falta, tal vez, una mano? ¿Es por el contrario, un habilidoso espadachín? ¿Tiene por costumbre correr diez kilómetros todas las mañanas y después tomarse una copa de vino? ¿Acaso sufre de ciertas… adicciones? ¿Arrastra, tal vez, algún trauma de la infancia que no ha terminado de resolverse? Todo lo que le haga diferente, a nivel físico o psicológico, supondrá, de repente, un punto de mayor interés para el lector. En general, nuestros personajes se caracterizan por sus acciones, pero si, además, tienen algún detalle que, desde su primera aparición impacta al lector, eso hará que ya tengamos cierto terreno ganado.

Lo que nos lleva de manera directa a otra manera de fortalecer el perfil de nuestro detective: mantengamos cierto misterio sobre él. No es casualidad que Holmes sea visto a través de Watson o Poirot a través de Hastings. En el fondo, es una manera de que se produzca la narración a través de un punto de vista estándar, de alguien sin grandes dosis de ingenio detectivesco, como podríamos ser todos y cada uno de los lectores, y que vaya resaltando con admiración la enorme capacidad de deducción que posee nuestro gran protagonista. Así, el lector no tiene posibilidad de entrar en los mecanismos privilegiados de tan detectivescos cerebros, algo que haría perder parte de la magia y el misterio; al menos, hasta la resolución final, cuando ya sí podremos admirar su ingenio, su razonamiento y su visión.

No obstante, por muy privilegiados que sean nuestros protagonistas, deben tener alguna flaqueza, cierta debilidad que, en algún momento los pueda hacer vulnerables, con la que podamos jugar en un determinado pasaje de la trama. En esta misma línea, y puede que asociada a esa flaqueza, puede haber algún hecho traumático de su pasado que, de alguna manera, haya tenido consecuencias en el presente.

Es importante, además, saber que si nuestro personaje es realmente un gran detective para la novela negra, debe enfrentarse a un villano de igual entidad… pero desde el espectro criminal. Dicho de otra manera, todo gran detective necesitaría su Moriarty, alguien de una espectacular habilidad para perpetrar el Mal y salir indemne… y de ahí, precisamente, la necesidad de que nuestro detective intervenga.

Si bien Chéjov hablaba de lo beneficioso de contar con pocos personajes para su escena, podríamos completar su afirmación indicando que, incluso, en esas escenas podría no estar nuestro personaje principal, nuestro gran detective. A veces los personajes crecen a costa de otros, bien porque, aunque no estén, el resto continúe hablando de ellos o suponiendo cosas de ellos, bien porque, de alguna manera, la ausencia de nuestro personaje afecte de algún modo a los acontecimientos.

Dosificar a nuestro gran detective, hacer que el lector se quede con ganas de más, de disfrutar de sus habilidades y capacidades deductivas, es un desafío; no queremos que se aburra y, de repente, le provoque somnolencia cada una de sus acciones o razonamientos. Fijémonos, por ejemplo, en las escasas apariciones de Hannibal Lecter en El silencio de los corderos, película basada en la novela de Thomas Harris; con apenas unos minutos en pantalla se convierte en el protagonista absoluto, un detective con particularidades que lo sitúan en el lado de los criminales, pero que, sin embargo, se convierte en pieza fundamental para cazar a otro criminal.

Y esto nos lleva a que nuestro gran detective podría, en el fondo, no ser un personaje completamente limpio. Quizá tiene algunos muertos en el armario o, tal vez, en su juventud cometió algunos pecados que podrían haberle llevado a la cárcel; quizá, incluso, los sigue cometiendo de espaldas a las autoridades. Pero, ¿podemos conseguir eso? ¿Empatizar con un personaje que, en realidad, es también un criminal? La cuestión es buscar un código con el que sí podamos conectar. A este respecto, una escritora como Patricia Highsmith señala que “(…) lo único que puedo sugerir es que al héroe-asesino se le den tantas cualidades agradables como sea posible: generosidad, bondad para con algunas personas, afición a la pintura o a la música, o a cocinar, por ejemplo”. En el campo televisivo, tenemos, por ejemplo, a Dexter, personaje protagónico en serie de éxito durante varias temporadas que, si bien tampoco es un detective, sí tiene que canalizar determinadas obsesiones que le llevan a matar… y lo resuelve matando a criminales, resultando en un personaje que, a pesar de las atrocidades que comete, está lejos de caerle mal a la audiencia.

Quizá esto último sea llevar al extremo a nuestro personaje, pero desde luego debemos evitar un detective blanco, impoluto, que se muestre ante nosotros como un ser perfecto. ¿Quién quiere eso en pleno siglo XXI? En todo caso, hacerlo así sería la excusa perfecta para que nuestro detective quedara asesinado en el mismo arranque de nuestra novela, lo que, desde luego, sería tan desconcertante como original.

El gran detective hoy día debe, por tanto, tener una extraordinaria habilidad en relación al crimen, su perfil debe portar cierto misterio, particularidades, alguna flaqueza, una presencia dosificada y un villano a la altura. Esto sobre el papel, claro, pero, como sabemos todos, la literatura no es una ciencia matemática; podría darse muy bien el caso de que alguien crease un personaje con características opuestas a las descritas aquí y lograra una novela muy apreciable, con otros valores que robustecieran el armazón literario.

Y, en cierto modo, ese personaje también sería innovador y revolucionario.

Cada decisión lleva a una acción literaria, y cada acción produce una reacción. Si creamos un detective original, llamativo y que fomente la curiosidad y el interés en el lector, ya hemos dado el primer paso.

Ahora bien, podríamos afirmar que la novela es, sin duda, un trabajo en equipo (uno donde juegan los personajes, la estructura, el diálogo, las tramas, etc.) donde aún queda mucho por construir; por ejemplo, nos queda elaborar la sucesión de acontecimientos de esa novela donde va a resaltar aún más esa figura que, bajo nuestro prisma, se va a convertir en un memorable personaje detectivesco capaz de generar muchos más historias a su alrededor.

Uno al que todos queramos volver.

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