Los 3 errores más comunes al escribir novelas históricas y cómo corregirlos

Un artículo escrito por Pablo Campos, jefe de estudios de Portal del Escritor, profesor del Taller de Novela histórica.


 

Cada tanto, cuando nos sentamos en la mesa para enfrentarnos a esa novela que tenemos entre manos, es habitual que nos asalten dudas sobre posibles errores que estemos cometiendo, errores que, quizás, no seamos capaces de “ver” a pesar de tenerlos ante nuestros ojos. Los hay de los más variados tipos: ortotipográficos, de estilo, de estructura, pequeños agujeros en la trama… Una revisión posterior por parte de los llamados lectores beta o de profesionales en el campo nos permitirá limar esos errores que hayan permanecido tras las largas y numerosas revisiones que hayamos hecho de nuestro manuscrito, pero la mejor estrategia para prevenir esos errores (y que no perduren en la versión final de nuestro texto) será siempre la de no cometerlos, que nunca lleguen a producirse. O, al menos, que sepamos que existen.

En este sentido, los géneros literarios albergan sus propios errores especializados, despistes que pertenecen exclusivamente a sus campos. Hoy, os hablaremos de algunos de los más comunes dentro del género de la Novela Histórica.

Descripciones (por exceso o escasez)

 

Demos por hecho un elemento clave: a la hora de decidir una época para tu historia, te has decidido por una que tenga sentido dentro de lo que vas a contar, y te has documentado lo suficiente para sentirte cómodo escribiendo sobre ese tiempo pasado. El momento es importante en tu novela (los eventos históricos, los sucesos que tuvieron lugar en ese lugar y fecha concretos que has elegido, todo o algo de eso es clave en tu novela), por ese motivo no ocurre en la actualidad. El contexto histórico importa en tu obra.

Con este presupuesto como base, el escenario debe ser un elemento que el lector “sienta” dentro de la novela. No estamos hablando de una ciudad cualquiera en la actualidad, donde mucha información puede (y debe) darse por sabida; por ejemplo, el aspecto de los coches, cómo son las farolas que iluminan las calles, la vestimenta de la gente normal que camina por la calle o la altura de los rascacielos. El lector conoce estos elementos porque forman parte del escenario de su propia vida, así que no hay necesidad de mayores detalles o explicaciones. Sin embargo, en la novela histórica conviene no dar por sentado nada: el lector puede no tener idea de la época que has elegido para tu novela, por más que pueda atraerle el libro que has escrito. En ese sentido, trasladarle ciertos detalles del mundo que rodea a los protagonistas le ayudará a imaginar la época, ese escenario lejano en el tiempo pero que es clave en tu trama.

Y para ello es importante jugar con la sutileza: explicar, sí, detalles de edificios, utensilios, transportes o ropajes de la época, pero sin excederse, porque el lector está ahí para sentirle enganchado por tu trama y tus personajes, y el escenario debe rodear todo eso y hacerlo cómodo y sugerente, pero sin convertir la novela en un ensayo de usos y costumbres. Aprovechar alguna escena para describir un poco el aspecto de los ropajes de cierto personaje, o cómo está de ambientada la plaza del mercado, o adentrarnos en las reflexiones del protagonista para que veamos, a través de sus ojos maravillados, lo que le impresiona la gran casona a la que ha sido invitado frente a la humilde morada que habitual en el barrio bajo de la ciudad. Las escenas nos mostrarán el mundo en el que viven los personajes, y a través de ellas conseguiremos que el lector acabe familiarizado por esa época de la que quizás apenas conozca nada.

Mentalidad de la época Vs. mentalidad de nuestro tiempo

Platón podía ser uno de los tipos más avanzados y de mentalidad más ágil de la Grecia del siglo V Antes de Cristo, un hombre con criterio, podríamos decir, pero eso no quita que opinara que a los esclavos había que tratarlos más o menos como a los perros o animales de carga. Y, por supuesto, no dudaba de que la esclavitud debiese existir en sí misma. No lo ponía en duda, no se escandalizaba por ello.

Este ejemplo nos sirve para mostrar una necesidad a veces difícil de conseguir: que los personajes se ajusten a la mentalidad de la época. Eso ni significa que todos deban pensar igual o que no puedan cuestionar su entorno y convenciones sociales, pero dentro de los límites propios de las personas que han nacido en una cultura y sociedad concreta. Trasladar mentalidades y formas de pensar actuales a escenarios históricos concretos, de modo que nuestro protagonista parezca un viajero en el tiempo asombrado por la brutalidad de sus antepasados, no hará sino desvestir nuestro relato de la verosimilitud que cualquier novela histórica debe poseer.

En este sentido, es todo un reto, pero a la vez una aventura emocionante, que como autores intentemos adentrarnos en la forma de pensar de aquellos que fueron, y hacerlos interesantes, atractivos o innovadores dentro de su marco histórico, y no del nuestro.

El juez que nunca estuvo allí

Sé que aquí nos adentramos en terreno resbaladizo, uno de esos jardines donde la aparente salida no es sino otra entrada al mismo jardín, pero por el bien de las novelas históricas que aún están por escribir, voy a abrir este melón: intenta que tu novela no sea un folletín propagandístico. Da igual que la causa que defiende el argumento de tu historia sea justa y evidente, uno de esos pocos casos en que existe un consenso ampliamente asentado sobre el “lado bueno de la historia”: generalmente, el maniqueísmo por el cual los villanos son todos malísimos y los buenos meros sufridores de los primeros no suele funcionar (no lo hace ni siquiera en las novelas de Fantasía donde, actualmente y por fortuna, la complejidad de los personajes y de sus causas atrae cada vez más frente a la eterna lucha entre el bien y el mal).

Si en esa novela que andas escribiendo sobre los inicios del nazismo el Alemania, mucho antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, realizas un muestrario de personajes secundarios que apoyan al nuevo partido de Hitler (el panadero del barrio, la popular periodista gacetillera, el jefe de la fábrica donde trabaja tu protagonista y el vecino universitario del quinto), mal harás en que todos sean personajes rabiosos, malignos, deseosos de venganza contra los judíos, los comunistas o todo aquel implicado en las duras condiciones que le impusieron a Alemania tras el Tratado de Versalles. Porque la realidad (y la novela histórica trata sobre lo real, aunque sea ficcionándola) es más sutil, más compleja, mucho más plagada de grises. Y, por ello, puede ser mucho más interesante que una novela de indios y vaqueros al uso (¿quiénes serían los buenos en una novela de indios y vaqueros a estas alturas, por cierto?)

El consejo final que te damos en pensar bien el motivo por el que has elegido ese momento histórico preciso para tú novela, qué puedes aportarle al lector en su visión de esos años, y qué puede aportar ese escenario a tu trama para conseguir que ese lector no quiera despegarse de ella. Muchas de estas preguntas, ya lo sentimos, has de respondértelas a ti mismo, pero cuando lo hagas, el camino que tendrás por delante será mucho más nítido, ilusionante y motivador.

Pablo Campos

Pablo Campos es licenciado en historia por la universidad de Sevilla y Parma, editor, profesor de escritura y  autor de la novela “El rey tras el cristal oscuro” (Triskel, 2103), ganadora del Premio Guillermo de Baskerville a la mejor novela independiente de 2014.

Es nuestro jefe de estudios y profesor, entre otros, de nuestro

Taller de novela histórica.

Mensaje de Diana P. Morales, directora de Portaldelescritor

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