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Cómo comenzar una novela casi como todo el mundo

Si no quieres escribir un principio de novela gastado como los chistes de suegras, te conviene leer este artículo

Por El lector Impertinente (Javier Meléndez Martín)

Un domingo por la tarde, después de un arroz, zapeando, me topo con una mujer de cuarentaitantos cargada de bolsas de Versace, entrando radiante en un despacho: «¿Por qué no comemos en…?»

El desconcierto y la indignación se mezclan en el rostro de la mujer. Da media vuelta y sale, seguida por un hombre que se sube los pantalones y ata el cinturón mientras grita: «¡Eva, para! ¡No es lo que parece!»

Es lo que parece: un telefilme alemán sobre una mujer que, tras ser engañada por su marido, irá a olvidar a Santorini o las Seychelles. No cambio de canal. Hago como mis padres, que ponen ciertas películas como sustituto de los somníferos.

Mientras veo a la protagonista sirviéndose un copazo de vino mirando al mar, me pregunto cuántos principios tópicos existen. Según la web tvtropes.org, hay 100. ¿Son muchos o son pocos? Lo que sí tengo claro es que la literatura comercial ha abusado de algunos de ellos hasta convertirlos en plagas:

  • En los zapatos de un muerto.
  • Un paseo por el pueblo de la infancia.
  • Curriculum vitae.
  • Comenzando por el desastre.
  • Bienvenido a la casa mala.

Pero, como veremos, no es tanto la forma de comenzar como la forma de contarlo.

En los zapatos de un muerto

¿Cuándo apareció el cliché de comenzar una novela en la cabeza de un moribundo? ¡Quién sabe! Pero creo que Dan Brown lo fomentó con la escena-prólogo de El código Da Vinci, y por eso ahora, en muchas novelas con vocación de bestseller, son corrientes comienzos así:

El frío se extendía por su cuerpo como una marea salvaje, entumeciendo sus extremidades y robándole el aliento. Elena sabía que estaba muriendo. Sentía la nieve como una cama de espinas mientras el viento que aullaba ahogaba sus balbuceos solicitando auxilio. Intentó recordar cómo había llegado hasta allí, pero los detalles se desvanecían en una neblina confusa. Había salido a caminar, eso lo recordaba. La montaña, el aire fresco, la sensación de libertad. Después sintió un golpe en la nuca que la hizo caer. Ahora, el aire helado quemaba sus pulmones hasta que dejó de sentir dolor. Se dejó llevar, aceptando el final con una serenidad que nunca había conocido.

Lo escrito arriba podrían ser los primeros párrafos de una novela policial noruega, sueca o de cualquier otro país donde el arenque fermentado con olor a huevo podrido es un manjar. ¿Llamativo? Quizá cada vez menos. El problema es que un comienzo así carece de emoción porque no conocemos a la víctima. Solo sufrimos por los personajes que conocemos.



Un paseo por el pueblo de la infancia

La España vaciada no existe en las novelas españolas: todos los personajes que vuelven al pueblo después de veinte años de ausencia podrían formar una comunidad propia. Estas historias comienzan con un coche o un autobús que llega a la plaza:

El autobús se detuvo con un chirrido en la estación de Alcancía del Monte. Laura bajó sintiendo el peso de los años y los recuerdos. Habían pasado veinte años desde que lo dejó atrás jurándose que no volvería allí. De alguna manera, el pueblo parecía congelado en el tiempo, aunque en la plaza se asomaban un bazar chino, una tienda de telefonía y un salón de uñas. Por un momento, temió que alguien la reconociera, pero ni los más viejos del lugar, que tomaban el sol como lagartos, parecían reparar en ella.

Mientras caminaba por las calles empedradas arrastrando la maleta, cada rincón le recordaba un fragmento de su pasado. El cine de verano estaba desconchado, con la puerta mostrando más óxido que pintura verde. Recordó haber visto de niña una película sobre un niño rubio que tenía alas. Llegó a odiarlo.

(Cinco páginas más tarde).

Sonrió al ver al final de la calle el desavío de Merche, aunque al acercarse lo encontró cerrado, con el toldo ajado y polvoriento. Allí compraba chucherías y helados, calcomanías y recortables. Supo que fue feliz entonces.

Arriba, un tópico tras otro se encadenan y nos introduce tardíamente en la historia. Quizá sería más interesante cierta concepción teatral: comenzar con Laura entrando en la casa de sus padres cuando menos se la espera.

Comenzando por el desastre

Comenzar una historia en un momento caótico se llama comenzar «in medias res» (en mitad de las cosas) como aquí:

Una joven con el rostro cubierto de ceniza y los ojos llenos de terror corría mientras el fuego arrasaba los edificios de madera a su espalda. Ella era Shazana y, momentos antes, compraba sedas de Zincaryn con su madre, a la que había perdido la pista cuando una horda de personas las arrastró huyendo del fuego originado en el granero de la ciudad. Detrás de ella, el rugido de las llamas era ensordecedor. Los edificios se desplomaban como castillos de naipes, y el calor era tan intenso que parecía que la piel se iba a derretir. Shazana corría con todas sus fuerzas, sin mirar atrás, sabiendo que si se detenía, sería el fin.

Algunos autores de fantasía sugieren cambiar el punto de vista del personaje y reescribir la escena narrada por la propia Shazana. El problema es que no conocemos lo suficiente a Shazana para sentir empatía por ella, como ocurre con el comienzo de «en los zapatos del muerto».

El truco funciona bien en el cine: si Pedro Pascal aparece en primer plano y, a continuación, caen bombas nazis, ¡no queremos ver a Pascal despachurrado por una!

El curriculum vitae

Comenzar con un resumen detallado de la vida del personaje, de la cuna hasta el presente, era un tópico de la literatura de otros tiempos que aún persiste. Unas veces es el autor quien desgrana la vida del protagonista y otras es el propio personaje.

Antes de comenzar con mi historia, conviene que les ponga en antecedentes para que comprendan mejor las circunstancias en las que me hallo ahora. Soy Bernardo Mayor, maestro de nada, buscavidas, actualmente inquilino de una celda en Barcelona. Esto puede que impresione, pero lo más destacable en mi vida fue que nací más tarde de lo previsto en abril de 1965 en Salamanca. Mi madre, una costurera, me dijo muchas veces que había pensado en rajarse la barriga para que saliera de una vez. Pero se ve que no quería salir al mundo porque ya intuía que la vida no me traería nada bueno. Mi padre era tornero fresador, un hombre chapado a la antigua que hablaba con frases cortas, refranes y frases de la tele que le hacían gracia. Por entonces vivían en la calle de La Promesa en Salamanca.

(5 páginas más tarde).

En el tercer año de carrera conocí a Ángela Martínez. Ella cursaba el primer año de Matemáticas y, como yo, tomaba el autobús a las mismas horas de vuelta. La verdad es que no había reparado en ella porque no era ni guapa ni fea.

(5 páginas más tarde).

Y al segundo año de matrimonio llegó de imprevisto Jorge. Cuántas alegrías nos daría aquel pequeño demonio y cuánta tristeza. La naturaleza había querido que padeciera una rara enfermedad…

¿Quién no quiere leer 500 páginas sobre la vida de alguien antes de que pase algo interesante?

Un comienzo del tipo curriculum vitae funciona en la novela Tristram Shandy aunque relata los antecedentes de la vida del protagonista antes de que nazca. Esto se debe a que su autor, Laurence Sterne, emplea un tono humorístico y presenta una colección de personajes entrañables y extravagantes.

Bienvenidos a la casa mala

Comenzar con una inocente maestra frente a una casa que se cae a pedazos, con cortinas tras las que hay sombras, ha sido hasta hace poco una promesa, pero el truco está gastado. ¿Acaso hay otra manera de contar una historia que tenga como protagonista una casa encantada? ¿Cuántos comienzos de novela hemos leído parecidos a este?:

La calle de la Misericordia era una de las más antiguas de la ciudad, y también una de las más oscuras y misteriosas. Sus casas de piedra gris se elevaban hacia el cielo como fantasmas silenciosos, y sus ventanas parecían miradas vacías que observaban a los transeúntes con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Pero entre todas las casas de la calle, había una que destacaba por su aspecto siniestro y su mala reputación. La casa de la familia Pérez era conocida por todos como «la casa mala», y nadie en su sano juicio se atrevería…

Sería interesante comenzar «in medias res» con fantasmas okupando una VPO alquilada por una enfermera de urgencias agotada por las guardias, a la que poco sorprenden rostros deformes. Peor aún para los fantasmas, que se mude con ellos una familia enganchada a las redes sociales de manera que una presencia espectral no es diferente que la preadolescente de la casa, pálida porque no le da la luz del sol, que va de su cuarto a la cocina y viceversa mientras ve bailecitos en TikTok.


 

Puede que los comienzos de arriba susciten el interés de algunos lectores, pero por lo general, comienzos gastados dan lugar a historias gastadas. Si no puedes evitar uno de los comienzos mencionado, intenta centrarte en algún elemento en el que nadie haya reparado hasta ahora. Y por supuesto, atrévete a explorar nuevas formas de introducir a tus personajes y escenarios.

gd2md-html: xyzzy Wed Aug 07 2024

Mensaje de Diana P. Morales, directora de Portaldelescritor

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