Lector impertinente

10 frases y palabras que odio leer y, aún más, escuchar en un audiolibro

Por El lector Impertinente

Me encanta escuchar audiolibros cuando conduzco solo. Además de confortarme, me mantiene concentrado al volante, en lugar de observar la conducción ajena, lo que a menudo me irrita. Debido a las horas que paso conduciendo, disfruto de tres o cuatro libros al mes. Entre mis preferencias se encuentran los clásicos de la literatura, la ciencia ficción, el ensayo… Me decepciona a veces el uso descuidado del lenguaje en la literatura comercial. No me refiero a que se emplee un lenguaje vulgar o propio de los tugurios más sórdidos de la ciudad. Por descuido me refiero al empleo de clichés del lenguaje, palabras vacías o abstractas que muestran cierta pereza en los autores. Como dijo en cierta ocasión Georges Simenon: «Escribamos más palabras como mesa, nube y cama, y menos palabras como sublime o exteriorización».

En el caso de una novela de misterio, debe atraparme lo suficiente para soportar las torpezas de estilo que en el papel son molestas como las moscas, pero se magnifican en la voz de un narrador o narradora, convirtiéndose en aguijones de avispa.

Me veo entonces como Hannibal Lecter en El dragón rojo, precuela de El silencio de los corderos, disfrutando en Teatro de la Ópera de Baltimore del Scherzo de Sueño de una noche de verano de Mendelssohn, hasta que un flautista toca una nota discordante. Una grosería imperdonable para el psiquiatra caníbal. Como vegetariano, descarto cocinar a los autores que me han molestado, pero imagino para ellos un lugar en uno de los círculos del Infierno descrito por Dante, quizás junto a los perezosos, donde los demonios les arrojen sopa de letras hirviendo.

Para evitar estas molestas moscas y aguijones de avispa, los autores deberían adoptar la norma de Gustave Flaubert de buscar la palabra justa (le mot juste). Esta palabra precisa no solo refleja con exactitud un pensamiento o un estado de ánimo, sino que también suena agradable al oído. Por ello, Flaubert, autor de Madame Bovary, solía leer sus borradores en voz alta para asegurarse de que cada palabra sonara perfecta. Insisto en que «agradable al oído», no significa que la palabra deba ser delicada. Como dijo el cineasta francés Robert Bresson, «la palabra más vulgar colocada en el lugar preciso se vuelve brillante». Sin embargo, palabras como «suspicaz» o expresiones como «el astro sol brillaba en lo alto» rara vez son empleadas con brillantez, como otras que comentaré a continuación.

  • De hito en hito
  • Dibujó una sonrisa en la cara
  • Suspicaz
  • El sol, la luna y las estrellas
  • Espetó
  • El tricolon fatal
  • Descendió
  • Sintió un golpe
  • Musitó
  • El adjetivo ridículo

De hito en hito

La expresión «de hito en hito» suele abundar en los libros con intención de convertirse en bestsellers, mientras que rara vez la encuentro en obras de grandes autores. Esto me lleva a preguntarme si quienes la emplean recurren a ella para darle un toque de estilo a su texto con una expresión poco común en el lenguaje natural, o si simplemente sienten el síndrome del horror al vacío y se dicen: «¡Aquí tengo que poner algo!».

Según el Diccionario de la lengua española, «de hito en hito» significa «fijar la vista en un objeto sin distraerla a otra parte». Sin embargo, resulta más natural decir «clavó sus ojos en Julia», aunque suene simple, que «miró a Julita de hito en hito», que parece una expresión pretenciosa.

Personalmente, la expresión me resulta contradictoria, ya que «hito» se refiere a «mojón o poste de piedra». ¿Acaso el personaje miró a Julia entre una piedra y otra o, peor aún, entre dos mojones, lo que nos conduce a un pensamiento escatológico fuera de lugar?

En cualquier caso, «de hito en hito» es una expresión vacía que no proporciona ninguna información sobre la intención de la mirada: ¿desafío, miedo, tristeza, incredulidad?

Los autores deberían evitar recurrir a ella y, en su lugar, concentrarse en los diálogos, que deberían estar escritos de tal manera que sugieran el tono de la escena y cómo se miran los personajes.

Dibujó una sonrisa en la cara

«Dibujó una sonrisa en la cara» es una expresión tan obvia como sosa. Quizás quien la empleó por primera vez quiso sugerir que la sonrisa apareció lentamente, como un boceto que se va perfilando, pero se ha convertido en una expresión trillada. Lo mismo sucede con otras expresiones relacionadas con partes del cuerpo y sus acciones, como «el corazón le latía en el pecho», «las lágrimas rodaron por sus mejillas» o «sus manos acariciaron».

Desde aquí propongo a los autores la sencillez: sonrió, su corazón se aceleró, lloró, acarició o se las ingenien para expresar los sentimientos sin recurrir a los tópicos. En todo caso, romperlos: sonrisas dibujadas en lugares insólitos, lágrimas que retornan a los ojos, el corazón late en el muslo de la amante donde el amante coloca la oreja.

Suspicaz

«Suspicaz» es una plaga en la literatura comercial. En algunos casos, el uso es redundante:

 —¿Asesinaste a Alicia Rodrigo? —preguntó el inspector Bermúdez, suspicaz.

Arriba, «suspicaz» sobra, pues según el Diccionario de la Lengua, significa «propenso a concebir sospechas o a tener desconfianza». Precisamente, el trabajo de un inspector implica serlo.

Aparte del uso redundante, se emplea como aderezo sin sentido de acciones comunes, ya a sea el personaje un contable o una cirujana. Así nos encontramos con:

—¿Qué haces en casa? —preguntó suspicaz la hermana.

Se acercó suspicaz a la puerta cerrada y escuchó cuidadosamente. «Debe ser el gato del vecino», se dijo.

—¿Hola? —dijo suspicaz al entrar en la tienda de lámparas.

Es probable que «suspicaz» sea otra de las palabras extravagantes en el lenguaje oral que aman los escritores comerciales porque consideran que visten su obra.

La luna, el sol y las estrellas

Qué tienen de bellas o útiles o llamativas expresiones como «el sol brillaba en lo alto», «la luna brillaba sobre el jardín» o «el cielo nocturno estaba cuajado de estrellas» que tantos autores utilizan para dar marco a la acción. Son como ese cuadro feo que tenemos en el salón, regalo de un pariente, que hemos aprendido a no mirar. De la misma manera, los lectores no reparan en ellas al leerlas.

Estos comienzos de novela recuerdan a los relatos de primaria. Ya dijo Chéjov: «No me digas que la luna está brillando; muéstrame el destello de la luz en los cristales rotos».

Espetó

Según el Diccionario de la Lengua española, «espetar» significa «decir a alguien de palabra o por escrito algo, causándole sorpresa o molestia». Es importante tener en cuenta esta definición y preguntarnos si se ha empleado correctamente «espetó» en las siguientes frases:

—¿Lo hiciste?
—¿Por qué me acusas de todo lo que pasa en esta casa? —espetó.
—Si no eres tú, ¿quién ha sido?

En este ejemplo, el personaje que «espetó» está molesto o dolido, pero su frase no causa sorpresa ni molestia en el interlocutor. Lo mismo ocurre en el siguiente caso:

—¿Crees que podrás?
—¿Por qué crees que no? —espetó.
—No he dicho eso.

Puede que el personaje que replica «no he dicho eso» se sienta algo molesto, pero no hay en el personaje que «espeta» intención de sorprender o molestar.

Estos ejemplos, aunque ficticios, se asemejan a miles de frases leídas o escuchadas en novelas donde el personaje que replica no provoca ninguna sorpresa ni estupefacción en el otro personaje. Si causara sorpresa o enojo, se desprendería del propio diálogo. Los autores de novelas comerciales a menudo utilizan «espeta», «espetó» o «espeté» como coletilla en las réplicas de su protagonista para sugerir que este tiene nervio y que es incapaz de callarse. Sin embargo, lo único que provoca es pereza y molestia en los oídos de quien escucha cada dos páginas alguna variante de «espetar» en un audiolibro.

El tricolon fatal

El tricolon es una figura retórica que consiste en la enumeración de tres elementos en una misma frase, y tiene sus orígenes en la retórica clásica griega y romana. Uno de los ejemplos más conocidos es el de Julio César: «Veni, vidi, vici». En inglés, es muy conocido: «Words, words, words» de Hamlet, de Shakespeare, con el que el protagonista expresa su hastío y señala que por muchas palabras que se digan, una mentira no se transforma en una verdad. En español, un ejemplo célebre es el de Valle-Inclán en Sonatas, al describir a su protagonista, el marqués de Bradomín: «Un don Juan admirable. ¡El más admirable tal vez! Era feo, católico y sentimental».

Como vemos, el tricolon puede ser una herramienta poderosa para crear énfasis, ritmo y armonía en el discurso. Sin embargo, su uso indebido puede crear un efecto contrario. Por ejemplo: «Estaba confusa, esperaba una luz, una llama, una chispa», lejos de crear ritmo poético, molesta por artificiosa.

Otro ejemplo: «Su mirada era penetrante, intensa y profunda». En este caso, los tres adjetivos son sinónimos y uno solo habría bastado para transmitir la idea. Como dijo Shakespeare: «Palabras, palabras, palabras».

Descendió

«Bajar» y «descender» son dos palabras que significan moverse hacia abajo, pero tienen diferentes matices.

Cuando algo o alguien desciende, suele hacerlo desde una altura considerable, como un avión, un pájaro o una criatura fantástica que baja del cielo. También se utiliza «descender» para hablar de un descenso a una profundidad, como cuando se explora el fondo del mar o se baja a los infiernos.

En cambio, «bajar» es una palabra más sencilla y cotidiana que utilizamos en situaciones más comunes, como bajar la basura, bajar del coche o bajar la cremallera.

Sin embargo, en la literatura comercial se abusa de «descender» para dar una apariencia de sofisticación, haciendo que los personajes «desciendan» de los coches, las escaleras o los taburetes. Quienes leemos imaginando las frases, nos encontramos con personajes que flotan al bajar del taburete o se deslizan como si viajaran en alfombra mágica al bajar las escaleras.

Sintió un golpe

¿Qué quiere decir que Ana «sintió un golpe en la cabeza»? ¿Acaso tuvo una visión premonitoria del golpe? ¿O quizás sintió la presencia de un golpe fantasmal?

Nosotros, los lectores ingenuos, podemos deducir por el contexto que Ana recibió un golpe, pero la frase nos resulta chirriante. ¡Los golpes no se sienten, se reciben! Lo que sentimos es el dolor que producen.

Musitó

Entre las muchas palabras que los autores utilizan para evitar el modesto, pero efectivo «dijo», quizás la más ridícula sea «musitó». No es raro encontrarnos con diálogos como este:

—¡Y quiero esto para mañana! —dijo el director soltando escupitajos que acabaron en la cara de Fran.
—Gilipollas —musitó Fran. El director dio media vuelta y salió de la oficina.

Es cierto que algunos personajes hablan solos o en voz baja, pero resulta sumamente extraño que musiten todo tipo de comentarios en plena cara de otros personajes sin que estos se den cuenta. ¿Acaso los autores han creado una especie de barrera invisible que impide que los musitados lleguen a oídos ajenos? Parece que los personajes solo musitan para el beneficio del lector, y así poder expresar sus pensamientos sin correr ningún riesgo.

El adjetivo ridículo

Acoso sin tregua, violación brutal, atroz asesinato… ¿Qué propósito tienen estas frases que parecen sacadas de títulos de telefilmes de domingo? ¿Acaso existe un acoso agradable, una violación amable o un crimen hermoso? Lo último, quizás para un psicópata. Agregar adjetivos obvios a actos deleznables no refuerza nuestra percepción, sino lo contrario, coloca una barrera, y puede provocar risa, ya que no es raro que nuestra mente viaje por un instante al antónimo de una palabra.

La palabra justa

Dijimos arriba que los escritores harían bien en seguir el consejo de Flaubert de leer sus borradores en voz alta para asegurarse de que cada palabra sea precisa y suene bien al oído. Una práctica que también llevaron a cabo Hemingway y Tennessee Williams o Elmore Leonard que llegó a decir: «Si suena a literatura, lo reescribo».

El oído es un juez más fiable que la vista para detectar qué chirría en un texto.

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