#ViernesCreativo: seleccionados “Escuché sus voces…”

#ViernesCreativo: seleccionados “Escuché sus voces…”

septiembre 07 2018   

Escribe un microrrelato (15 líneas máximo de Word), que empiece con la frase: “Escuché sus voces, así que corrí a esconderme”
¿Cómo continúa la historia?? ¿A quién escucha? ¿Por qué se esconde? ¿Quién es el personaje narrador y qué misterio hay? La respuesta en vuestros microrrelatos 
*** RETO EXTRA*** Quien se anime puede hacer que el personaje protagonista sea ciego.(Sólo para quien se anime). 

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TEXTO CON MÁS ME GUSTAS

Jose Luis Gonzalez Garetto Escuché sus voces, así que corrí a esconderme. Lorena me ayudó a entrar en la caja y luego puso la tapa que habíamos decorado con cintas de colores. Agachado dentro de la caja, en la oscuridad, sentí como se me erizaba la piel. Los escuché entrar y saludar a Lorena. Escuché sus pasos y sus risitas. No podía creer que había pasado un año desde la última vez que escuché esas risas. ¡Un año entero! Un año sin sus abrazos, sin sus “te quiero”, sin escuchar esas vocecitas que ahora me llenaban el alma. Un año que había sido difícil para todos: difícil para mí, extrañándolos mientras arriesgaba cada día mi vida peleando junto a hombres que, al igual que yo, habían dejado a sus familias por defender lo que creíamos justo. Hombres que se transformaron en mis hermanos, algunos de los cuales no volverán jamás y, entre ellos, uno al que le debo mi propia vida. Difícil para Lorena, que tuvo que entregarse a la tarea de ser padre y madre para ellos, sintiéndose sola, sin saber si volvería, sin poder abrazarme por las noches cuando algún ruido le provocaba miedo. Y difícil para ellos, que se quedaron sin papá, sin mis besos, mis cosquillas, mis abrazos y mis consejos. De pronto Martín dijo: “¿y ese regalo?”. “Es para ustedes”, respondió Lorena. Escuché sus pasitos correr y luego la oscuridad se hizo luz. Entonces me paré y pude ver sus sorprendidas y felices caritas. Lágrimas de alegría brotaron de sus ojos y gritaron juntos: “¡Papaaaaa!”

ME GUSTAS: 20

OTROS TEXTOS SELECCIONADOS POR SU CALIDAD U ORIGINALIDAD

 

 

Concha Montoya  Escuché sus voces, así que salí corriendo a esconderme, no podía dejar que me vieran, todavía no, antes debía asegurarme de que estos nuevos inquilinos y yo nos llevaríamos bien. Muchos habían pasado antes por el castillo, algunos me aguantaron algún tiempo, a otros tuve que obligarles a marcharse, no podía permitir que trataran mal mis cosas, querían cambiar los muebles, las lámparas y hasta pensaron en vender mis libros, lógicamente no podía permitir semejante barbaridad, así que no me quedó más remedio que darles unos cuantos sustos, nada horrible, por supuesto, pero eso hizo que se fueran a toda prisa.
¡Vaya! Estos parecen simpáticos. El pequeño, el de los ojos azules ya me ha visto ¡me gusta! Creo que nos haremos amigos muy pronto.
¡Papá! Lo he visto, lo he visto… allí, ¿lo ves? ¿Ves al fantasma? Está allí, sentado encima de la chimenea, parece muy simpático, me ha sonreído.

Glauka Kivara Escuché sus voces, así que corrí a esconderme. Si me estaba quieto tras el árbol, no me descubrirían. Eran tres, pero ninguno era negro y vestían como gente normal, quizás para pasar desapercibidos. Se llevaron la televisión y el reproductor de música. Pensé que sería para traer otros más grandes, pero se marcharon y no volvieron. ¡Vaya estafa de Reyes Magos!

Maria Jose Escuché sus voces, así que corrí a esconderme, tropezando a mi paso con mil y un obstáculos.
– Lucrecia… ¡Lucreciaaa!
– Aquí no hay nadie. Estaban todos en el otro pabellón.
– Faltaba Lucrecia, la ciega, no ha podido ir muy lejos…
– Buscaremos hasta dar con ella, no podemos dejar testigos.
– ¿Testigos? ¡Pero si es ciega!
– No importa. No podemos dejar cabos sueltos.
– No debí hacerte caso. Ni siquiera tenía que haber venido a este puto campamento sangriento.
– ¡Cállate! No te hagas la víctima. Eres tan débil… ¿No dices que me amas? Pues demuéstramelo. Ellos me odiaban, se reían de mí. Hicieron de mi vida un infierno, sus burlas durante años en el colegio fueron una tortura. No volverá a pasar. ¡No quedará ni uno vivo!
– Tenemos el campamento rodeado. ¡Salgan con las manos en alto!
– ¡Mierdaaaaa! ¡Lucreciaaa!

 

Verónika Lorite Escuché sus voces, así que corrí a esconderme, rezando internamente para no ser descubierto. “Humanos”, suspiré apoyando mi frente huesuda en una de las paredes mohosas que conformaban mi escondite. Mi cuerpo traicionero se estremeció al sonido de mi voz, un fantasma de antaño que me recordaba que un día yo fui como ellos. El silencio había sido mi amigo desde el principio y ahora tan solo una conversación lejana, unas palabras sueltas y mi cuerpo ansiaba volver a comenzar… como si de la nada un corazón pudiera resetearse, volver a funcionar y restablecer la circulación. “No”, resoplé nuevamente al mirar lo que quedaba de mi piel, los trozos faltantes de mis brazos, lo huesos a la vista en mis dedos… “No”, volví a ser traicionado por mi voz. Es curioso como la vida sigue aun cuando deseas con toda tu alma que se detenga, que tu cuerpo deje de levantarse, que tu alma sea liberada, que tu mente se frene… y cuando pasa el tiempo y sigues aquí, atrapado entre la vida y la muerte, simplemente no puedes dejarte ir del todo. Y sigues escondiéndote. Mis pensamientos se vieron interrumpidos por un sonido entrecortado que al principio no terminé de identificar. Risas… Entonces fue mi estómago vacío el que pareció dar un vuelco ante los recuerdos que ese sonido trajo a mi mente, mis ojos comenzaron a doler por las lágrimas que no podía derramar y al primer boom en mi pecho todo mi esqueleto tembló… y por mucho tiempo solo pude pensar en que nunca jamás estuve tan aterrorizado como ese día, el día en que comencé a vivir de nuevo.

 

M.J. Arillo Escuché sus voces, así que corrí a esconderme. De pie, detrás de la puerta entreabierta de mi habitación contenía la respiración, aunque creía que me descubrirían por el sonido de mi nervioso corazón golpeando descompasado. Los escuché trastear, sonido de vasos de cristal posándose sobre la mesita baja del salón y débiles risas como si estuvieran contándose el más secreto de los secretos. Sudando seguía en la oscuridad, me jugaba mucho si me encontraban allí y no dormido en mi cama.
De repente, el silencio más absoluto me rodeó. Aún esperé unos minutos más para asegurarme de no encontrarme a nadie. Salí sigilosamente y me dirigí al salón, palpé encima del sofá y sonreí: muchas cajas lo cubrían, lo que significaba que ese año había sido muy bueno. Efectivamente, se habían bebido toda la leche que les había dejado, los vasos no pesaban ya, así que deduje que estaban vacíos. Lo que parece que no les gustaron fueron los turrones duros, estaban intactos, pensé que la próxima vez tendría que ponerles algo más blando, eran ya mayores y seguramente sus dentaduras no estaban muy bien. Me acosté feliz, nunca vería a los Reyes Magos, por mi ceguera, pero no me hacía falta, desde esa noche sabía que existían. Siempre creeré en la magia.

Carlos Di Urarte Escuché sus voces, así que corrí a esconderme. Me arranqué las gasas de los ojos, pero ninguna luz me recibió.Tropecé al levantarme de la cama,trastabillé con el catéter y caí contra una puerta de madera. Me golpeé la cabeza y perdí la consciencia.

El cacareo anciano de una risa femenina me despertó de nuevo en la cama de hierro frío y sábanas gastadas que ya conocía. Pedí auxilio, imploré clemencia, supliqué ayuda, pero nadie acudió. Mi mundo era un lugar oscuro y mullido, poblado por una algarabía de fantasmas, confinado mediante correas de cuero viejo. ¿Era un hospital, un psiquiátrico, la guarida de un perturbado?

Sus voces. A mi alrededor. Una cacofonía de risillas que no cesaban en sus burlas. Las mismas que nadie más escuchaba, las que intenté acallar introduciéndome un punzón por los lacrimales. Fue un error, porque ahora no solo las oigo. Ahora siento los dedos húmedos y huesudos de sus dueñas, rematados de uñas rotas, levantando las sábanas, acariciando mis pies descalzos, lamiéndome con lenguas de pez muerto.

Cristina Jimenez Urriza Escuché sus voces, así que corrí a esconderme tras la puerta de la cocina. No venía solo, sus gritos llamándome se acoplaban con los de otra persona.
– ¡María…! ¿Dónde te has metido María…? Gritaban…
Mi mente ya divagaba como sería mi muerte, e inconscientemente, mi mano se apoderó del cuchillo que estaba en la encimera. Oí como subían las escaleras de la casa, supuse que, en mi busca, por lo que con la poca valentía que me había dejado escondida tras años de malos tratos, intenté huir con la fortaleza de llevar conmigo un escudo omnipotente, un simple cuchillo. Despacio mis pies pidieron permiso para oscilar sobre el suelo de madera que crujía al notar mi sobrepeso. El silencio me pareció un infierno, sobre todo cuando sus pisadas se arremetieron escaleras abajo al oír el crujido. Mi grito fue tan desolador, como sus risas, que dejaron de oírse en el mismo momento que mi cuchillo se interpuso en el ataque. Un río de sangre brotó por la camisa de Hugo, mi marido, y el miedo se dejó entrever en los ojos de su acompañante, Luis, su amigo, que borracho también se le fue la sonrisa de la cara. Con un grito de éste, llamándome asesina, salió en busca de ayuda. Yo en cambio, noté la liberación en las manos, y la calma interior de haber hecho lo correcto. Era o él o yo.

Mariara Hernández ¡SORPREEEESAAAA!
Escuché sus voces, así que corrí a esconderme. No quería que nada estropeara la sorpresa que con tanto cariño le había preparado a mamá. Volvía a casa después de una larga estancia hospitalaria. Aquellos días habían conseguido tambalear los ánimos de todos, excepto los míos. Desde mi ingenuidad, no lograba entender por qué todos estaban con el semblante tan serio y se mostraban tan parcos en palabras. Lógicamente, yo no me había percatado de la gravedad del asunto. Me habían mantenido al margen porque apenas era una chiquilla canija y desdentada, pero de lo que sí me había percatado es que mamá había perdido su encantadora sonrisa y sus ojos habían dejado de rezumar vida. Sin embargo, yo había tramado un plan. ¡No podía fallar!, así que permanecí allí, agazapada detrás del sillón de la sala hasta que oí cómo papá giraba su llave en la cerradura y fue en ese preciso momento en el que encendió la luz, cuando desplegué con ímpetu la gran pancarta que yo misma había confeccionado y en la que aparecía un escueto “¡BIENVENIDA A CASA. TE QUIERO MUCHO!”. No sé si solucioné algo o no, pero lo que sí sé es que en el rostro de mamá se dibujó una gran sonrisa y que en sus ojos titilaron pequeños destellos, que recordaban a los de antaño.


Para seleccionar estos textos, desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: que cumplan el reto, la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.