Viernes Creativo: historia de amor o desamor en un restaurante

Viernes Creativo: historia de amor o desamor en un restaurante

junio 16 2017   

Escribir una historia (15 líneas máximo) de amor o desamor que suceda, por completo, dentro de un restaurante.
El restaurante puede ser de cualquier tipo (de lujo, familiar, en quiebra, de comida rápida, restaurante chino, de comida exótica, etc…), pero todo el cuento tiene que suceder ahí dentro, en su sala o en sus cocinas. ¿Os inspira la comida? ¡Vamos a ver! 😉

MICRORRELATO CON MÁS ME GUSTAS

Alberto Postacchini

No hacía falta nada más, tus ojos me dijeron todo lo que tu boca no se animaba; tus miradas siempre te delataron, nunca pudiste esconderme tu interior.

No fue hace tanto tiempo, en aquel restaurante que tanto nos gustaba, comiendo, pero más que comiendo, nuestras salidas eran una mezcla de alimento, miradas, manos, tomarte las piernas debajo de la mesa, charlar de miles de cosas que nunca resultaban aburridas. Tu presencia hacía que mi vida se transformara, entonces cada acto, desde el más simple como comer, abrazados, nuestros cuerpos y almas desnudos uno junto al otro: era mágico. No existía nada más importante en el mundo que tu risa, tus manos en las mías, nuestras piernas enlazadas.

Fue allí, cuando entró él; en ese momento supe que ya no eras mía. Tu mirada, ojos, boca… Te miró, sonreíste, de la misma forma que lo hacías, desnuda, conmigo. No pudiste disimular nada, tampoco quería.Tal vez no pude ofrecerte lo que necesitabas o los años juntos, los hijos, la vida, tiñeron de rutina cada uno de nuestros espacios.

Fue en La Fonda, con una copa de vino en la mano que te pregunté:

-¿Lo querés?-no recuerdo tu respuesta, porque mi alma, en ese justo momento se derrumbó. Mis ojos, que con los tuyos bailaban, quedaron yertos. Allí comenzó el final. Esa mirada terminó un amor de años. Hoy sólo queda una foto, una rosa dentro del libro de los escritos que te dediqué.

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OTROS TEXTOS SELECCIONADOS

Monika Fikimiki Estábamos tan cerca el uno del otro, que casi lo rozaba. Y, desde luego, soñaba con hacerlo.
El restaurante más conocido en Francia, un vino cercano atrapaba con su aroma, el escenario perfecto para el amor.
Estábamos ahí, mirándonos, él aterrorizado y yo, feliz.
Pasó un camarero y tropezó con nosotros, ahora sí, cuerpo con cuerpo.
Abría la boca, como queriendo decir algo pero callaba. Yo sólo le miraba.
Sentía el calor del momento, cada vez más fuerte, convirtiéndose en fuego.
Fue, cuando decidí besarle, que lo supe- este amor quemaba.
A lo lejos, justo antes de desmayarme, oí:
– ¡Dos lubinas a la plancha!

María Jesús Díez García —¡Faltan los segundos de la cuatro, diez y once! —El jefe de sala nos metía prisa como si se fuera a acabar el mundo. Y, en cierta forma, así era: cada día, a la hora del servicio, nuestro mundo se reducía a aquella cocina. Los cuchillos repiqueteaban con furia, las ollas humeaban, los platos volaban sobre las encimeras de acero y las sartenes echaban chispas, al igual que yo. Como jefe de cocina, la responsabilidad de que todo saliera bien recaía en mí. Por eso no siempre lograba mantener la calma y la educación cuando tenía que decir algo a mi equipo. Algunos me lo habían recriminado. En especial, Carla, una estudiante de Hostelería que había llegado hace un par de meses para hacer sus prácticas. Sacudí la cabeza. Cada vez que pensaba en ella, me ponía de mal humor. Sus críticas dejaban en evidencia mis puntos débiles, y además las acompañaba de una sonrisilla que me enervaba. La miré de refilón. Ahora no había ni rastro de esa sonrisa; en su lugar, el ceño fruncido en señal de concentración. Aun así seguía estando bella.
Sorprendido por este pensamiento, detuve el emplatado, con el trocito de trufa en una mano y el rallador en la otra. Me devolvió la mirada, extrañada, y entonces me di cuenta. Cómo había estado tan ciego…

Ana Yancy Fallas Gamboa Y allí estaba el amor de mi vida, el hombre que desde niña me tuvo cautivada. Ahí estaban los sueños de una familia, hijos de ojos color chocolate llamándome: Mamá. Ahí al fondo del restaurante, estaba ese hombre que sonreía con la luz de un millón de estrellas entre su boca. Ahí estaba, tomando una cálida mano entre la suya. Ahí tan cerca, a solo dos mesas de la mía. A tan solo dos pasos. A tan solo un hola. Un te amo. Un quédate a mi lado. Ahí estaba el hombre, que ame desde que mi mirada se cruzó con la suya. Ahí. Maldito ahí. Maldita mi suerte. Maldita la hora en que su corazón se enamoró de esa mujer, que lo veía con el mismo brillo en sus ojos, que yo debo tener en este momento. Porque la que esta ahí junto a él no soy yo, la que está junto a él es otra. Y muero un poquito cada vez que los veo juntos. Pero, no puedo separarlos. No cuando ella es mi hermana. Y él su esposo.

M.J. Arillo En el restaurante de comida japonesa todo era fresco: las verduras, los pescados, las ostras, los calamares, el marisco, hasta las dos camareras eran frescas y los clientes estaban enamorados del lugar. Dentro, toda era luz, tranquilidad y armonía, hasta el día que ella entró. Sus ojos negros profundos, su color sonrosado tan natural y la suavidad que sugería su piel me enamoró ¡Totalmente! Estuvimos toda la tarde lanzándonos miradas burbujeantes e intensas. Lástima que, entrada ya la noche, la mano del cocinero me sacara de mi acuario y me echara a la olla de agua hirviendo. De todas formas, no iba a funcionar, siendo un centollo no podía aspirar a enamorar a una estupenda langosta. ¡Adiós, mundo cruel!

Maria Del Carmen Araque Tenía cita para almorzar con su novio, pero no iba a ser una cita habitual y lo sabía.
Inquieta miraba su reloj y a la hora señalada una bocina se oyó. Salió, subió al auto y saludo con un beso en la mejilla al hombre que conducía. Pero no estaban solos. Alguien desde atrás del asiento la examinaba cuidadosamente sin decir palabra. Claudia aunque impaciente prefirió esperar una señal. Cuando llegaron al restaurant y bajaron del auto, la tímida y pequeña acompañante se le acercó y tomó su mano. Pocas veces en la vida algo nos marcan más allá de nosotros mismos. A veces un olor, a veces una cosa, a veces una melodía, a veces tan solo un momento. Nos pasamos la vida buscando ese instante mágico. Claudia acababa de encontrarlo.
La complicidad entre ambas fue inmediata, quizás porque en el mundo de Isabella faltaban todas esas cosas que componen el universo femenino y se encuentran dentro de una cartera, quizás porque entre las mujeres todo está dicho de antemano o quizás porque sencillamente eran una madre e hija encontrándose sin importar lazos sanguíneos.

Edith Bastos La tarde caía sobre el río con su manto naranja que presagiaba el verano.
Otro año y van… no sé cuántos. Me perdí en la cuenta de la espera.
La misma mesa, la misma ventana, el mismo vino.
Siento a mis espaldas el cuchicheo que cuenta mi historia a los clientes nuevos. Los habitués ya me conocen y están seguros que estoy loco, lo leo en sus miradas.
No saben que los ilusos son ellos, a todos nos vendrá a buscar, sólo que yo la espero. En el mismo lugar que te di el primer beso y al que me pediste volver cuando el último aliento te apuraba.
Entonces la vi esperarte paciente, le hice señas que me llevara a mi también y me devolvió una sonrisa desdentada en su rostro esfumado.
Al otro día te enterramos. Le grité que nos volveríamos a ver en el restaurante que habíamos hecho el trato.
Yo la esperaría y La Parca me llevaría a tu lado para seguir soñando juntos ese futuro que no llegó.

Jose M Fernández –Me gustas, pero no sé cómo ligar contigo. Estoy nervioso.
Miraba la pequeña sala del restaurante italiano en el que se hallaban, amueblado rústicamente y con velas en cada mesa. Un ambiente intimista diseñado especialmente para parejas. Pero eso no lo ayudaba. Dio un sorbo a su botellín de cerveza.
–No te preocupes, yo busco otras cosas en un hombre.
Bebió de la copa de vino y comenzó a trocear su lasaña de calabaza. Lo miraba y le parecía un ser pleno de hermosura y de vigor. Él le devolvió la mirada, inerme, mientras se llevaba un trozo de pizza a la boca.
–¿Por qué te gusto? –preguntó ella.
–¡Oh, eres muy guapa! Me encanta tu pelo rubio y… bueno, todo lo demás.
Lo observó fijamente. Era alto, atlético, pelirrojo, con un rostro lleno de pecas que le proporcionaban un aire aniñado. Un ser aún ajeno al paso del tiempo.
–¿Y yo por qué te intereso?
–Porque posees belleza y juventud. Porque haces que me sienta viva–respondió ella sonrojándose.
–¿No estarás preocupada porque soy tu alumno?
–No.

María Sánchez Era un día más como tantos otros, sirviendo a parejas apasionadas, parejas en crisis, parejas necesitadas, parejas ya rotas,…”Parejas”. Abandoné mi fijación tras cortarme con un vaso mientras fregaba una de las últimas consumiciones. Ahí me di cuenta de que el amor duele, de que cicatriza y de que irremediablemente sana. Alcé la vista y lo vi. Me dio la propina del perdón y reservamos mesa.

Maria Dolores Garrido Goñi Acaban de abrir el bar. Todas las mesas limpias con su servilletero y un pequeño búcaro con una sencilla margarita. El día luce radiante: promete ser una buena jornada.
Empiezan a llegar los parroquianos. Es hora del desayuno. Don Ernesto acaba de comprar el periódico y entra como cada día. Clara le recibe con una gran sonrisa.
—¿Lo de siempre Don Ernesto?
—Si, cariño. Gracias.
Dos operarios con sus monos de trabajo se apoyan en la barra. Piden dos carajillos de coñac y uno de ellos coge un palillo para martirizar sus dientes.
Clara, con su sempiterna sonrisa da la bienvenida a otro cliente. Es un hombre de unos cuarenta y cinco años, traje de chaqueta, una rosa en la mano y ansiedad en el rostro.
Hoy va a haber mucho trabajo, pero la mesa del rincón, donde a diario se sienta este último cliente, Clara sabe que no va a quedar libre. La mujer de sus sueños le abandonó allí mismo diciéndole: “Si cambio de opinión, te buscaré aquí “.

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