Un pequeño drama en la Feria de Sevilla

Un pequeño drama en la Feria de Sevilla

Mayo 12 2017   

Ole, ole, ole, en el #ViernesCreativo ¡nos vamos a la Feria de Sevilla! 💃
El reto de hoy es escribir, en 15 líneas máximo, un pequeño drama que tenga lugar en la Feria de Sevilla… . ¡A ver qué pequeños dramas pueden tener lugar en medio de esa Feria!

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Marga LM Candela contaba con 85 años y nueve hijos desagradecidos. Aquel sábado de feria la encerraron en casa con la excusa de que tuviera descanso y tranquilidad. Sola frente al espejo, Candela se hizo un moño con su soledad, vistió su vejez con el olvidado traje de flamenca amarillo con lunares negros, engalanó sus orejas con pendientes verdes, sus brazos los llenó con coloridas pulseras, sus pies no soportarían el tacón de unas esparteñas, por lo que se calzó sus deportivas color rosa dispuesta a pisotear la tan aconsejada tranquilidad, se puso el descaro por peineta y terminó su arreglo con una enorme flor morada en la cabeza.
Cuando llegó a el Real de la feria, sus ojos brillaban ante tal despliegue de alegría, su sonrisa parecía eterna y toda ella se confundía con las sombras de los farolillos en el albero.
– ¡Mamá, pareces un esperpento¡ – le dijo su hija al verla allí.
-Prefiero ser esperpento contento que vieja abandonada en la tristeza,- respondió Candela alzando sus castañuelas y poniéndose a bailar.

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Carmen Martagón Enrique Mi abuela, cada primavera, soñaba con lucir en la Feria su mejor traje. Cuando las luces del alumbrado se encendían el primer día, allí estaba ella, del brazo de mi abuelo, enfundada en el traje más hermoso, confeccionado a medida por una de las grandes modistas sevillanas.
No entraba abril sin que ella tuviera ya en casa vestido y abalorios. Ni una sola vez la pillaba la fecha de inicio desprevenida.
Aquel otoño algo no iba bien. Apenas nombró la posibilidad de un nuevo traje y recuerdo que estuve algunos días revisando el calendario a la espera de que ella dijera algo acerca de la feria. Pasó el invierno y una tarde, sentada en su mecedora, con la manta de lana sobre sus piernas preguntó, con la mirada perdida, en qué día caía la Feria.
El lunes del “pescaito” las únicas luces que alumbraron su hermosa cabellera plateada fueron las de un quirófano. Un extraño se instaló en su cerebro, llevándose para siempre su alegría. En su recuerdo, estreno traje cada año y no falto al alumbrado ni al “pescaito”. Aunque, jamás luciré el traje de flamenca con su “gracia pinturera”. Esa gracia se la llevó consigo unos meses más tarde, cuando las luces del otoño daban paso a los días de invierno.

 

María Jesús Díez García La música se colaba por las ventanas e invadía su casa de tal forma que parecía que estaba en mitad de la feria. Como cada año, se celebraban las fiestas del barrio y le aguardaba una semana de dormir tarde y mal.
-Papá, ¿me llevas a los cochecitos, porfa?
-Si ya estuvimos ayer… -protestó, pero la carita de decepción de Laia le obligó a acceder rápidamente. Eso sí, ni de broma iba a probar de nuevo el algodón de azúcar. ¡Qué empalagoso! Y pensar que cuando era niño también le gustaba…
Por su parte, su hija mayor estaba encerrada en su habitación, preparándose para salir y enfadada porque quería que le dejara llegar más tarde. Qué ganas de estar dando vueltas a los puestos, montando en atracciones cutres y comiendo bocadillos grasientos. Y pensar que cuando era joven también le gustaba…
“¡Joder, qué viejo me he vuelto!”.

Verónica Gallardo Viajar a la Tierra desde Marte no era barato, porque implicaba una transformación humana. Era un proceso un tanto doloroso, pero Boin y Ga se habían entusiasmado tanto que pagaron por el tour a Sevilla. El teletransportador los dejó al lado de una caseta el primer día de la feria de abril. Probaron todos los platillos típicos y se tomaron unas cuantas manzanillas. Ga estaba exultante, y aplaudía y bailaba mientras bebía unos tragos más. Sin embargo, en Boin la bebida había causado el efecto contrario, se movía lento y, de repente, se quedó tieso como un poste. Minutos antes de la medianoche Ga le prestó real atención a Boin y, con horror, se percató de que estaba perdiendo su forma humana. Miró su propia mano y, desesperada, apretó el brazalete transportador en el momento justo del “alumbrao”. Al llegar a la casa, marcianísimos de pelo a rabo, tomaron enojados el folleto para llamar a la agencia para reclamar. Allí, en letras rojas, decía: “Cuidado: evite consumir manzanilla, tiene un efecto deshumanificador”.

Monika Fikimiki Era la tercera noche de feria, un abril exuberante, lleno de colores, olores, dulzor.
En el aire se podía notar toques de magia, los vestidos parecían tener vida propia, danzando entre las piernas de sus dueñas. Reímos tanto que nos dolían las tripas, recuerdo el beso de Amelia como si fuera el primero.
Justo entonces, entre el alegre bullicio, oímos el lloro de aquella mujer africana.
Dos policías la sacaban de la caseta, casi a tirones, fríos y callados. Ella sólo lloraba. Luego dijo:
-Tengo más papeles que ninguno de ustedes pero aquí no sirven-y agachó su bella, oscura cabeza.
En un instante fuimos testigos de la otra parte de la feria, la silenciosa, oculta.
Ya no había ganas de seguir, agachamos las cabezas y nos miramos, ignorantes del drama que viviría la mujer, sus hijos o la familia en África.
Aunque, lo más impactante fue, que el baile siguió, los gofres volaban, salmorejos caían, corría el vino. Como si nada.
Como si la vida siguiese tan alegre. Y lo peor es que siguió.

Teresa Lluqueta “Carmen la bailaora”, ese era su nombre, mujer temperamental, pasional, una pura sangre. Su piel tostada en esas mañanas del Rocío, su corazón esculpido por emociones desbordadas.
Aquella mañana amaneció taciturna, pero la fiesta había empezado, no podía retroceder, se puso su traje rojo de lunares blancos y puntillas de bolillos y se encaminó a la Feria. El tablao la esperaba a la mejor bailaora de Sevilla.
Al atardecer, Antonio fue a buscarla, pasión, amor y odio volaban alrededor de ellos. Un puñal de celos se clavó en un costado. Carmen estañó su herida y subió al tablao, hizo lo que mejor sabía hacer bailar mientras moría.
Cuenta la leyenda que se cogió la cola, dio un giro y cayó al suelo muerta mientras veía la cara de Cristo.

Jose M Fernández El sol caía sobre la Feria y las luces fueron encendiéndose. Continuaba la algarabía y la diversión de la multitud que se agolpaba en las casetas. El vino y la cerveza ayudaban a mantener alto el listón de la fiesta; hermosos caballos paseaban con sus jinetes y amazonas al lomo, a veces seguidos de carruajes tirados por caballos profusamente adornados.
Se acercaba la hora de la cena y las casetas se iban llenando poco a poco. La música y las animadas conversaciones se mezclaban con los bailes; todo ello se resumía en una sola palabra: felicidad.
Tras la barra de la caseta, Helen lavaba vasos y platos. Llevaba diez horas seguidas trabajando y aún le quedaba jornada por delante. Sabía que dentro de poco, cuando el local se llenara, debería irse a la cocina para no destacar demasiado: era negra. Aún exótica para las mentes de algunos clientes. Así se lo dijo su patrón. Exotismo a tres euros la hora. Barato.

Cristi Alonso Me habían dicho que era celiaca y que ya no iba a poder volver a comer gluten nunca más. Me pilló en plena feria, no pensé en la cerveza ni en otros alimentos, yo solo me pude acordar de los gofres. Era mi tradición de Fería, ni churros ni buñuelos, a mí siempre me gustaba terminar la noche entre farolillos con un gofre calentito y dulce. Lo decidí, esa sería mi despedida del gluten. Me dirigí al puesto de Gofre, ya estaban cerrando pero convencí a la encargada de que me sirviera el último. Tras calentar el mío apagaron las máquinas, me cobraron y se pusieron a recoger. Entusiasmada con mi gofre calentito y recubierto de chocolate me dispuse a darle el primer bocado. No me di cuenta de que un señor borracho había tropezado y sin poder esquivarlo cayó sobre mí tirándome mi gofre al suelo. Del señor no sé su nombre, solo que lo encontraron flotando en el río esa misma mañana.

Amparín Valencia Es inquietante… ¿Qué pasa, por qué nadie ni tan siquiera sonríe? Increíble. Música, luces, farolillos de colores y gente, mucha gente. Paseamos por la calle principal de la Feria de Sevilla, observando todo, buscamos la razón.
Finalmente descubrimos el motivo ¡El rebujito! A la bebida le han añadido un ingrediente extraño que elimina la alegría de quien lo toma y lo contagia a los demás ¡Qué malaje!
Gracias a nuestra amiga que es química, conseguimos hallar el remedio. Solucionado ¡La alegría vuelve a la Feria de Sevilla, ole… a disfrutar!

Glauka Kivara No sabía cómo sus amigas la habían convencido este año para ir a la feria. Odiaba los gentíos y apenas podían dar tres pasos sin detenerse a hablar con alguien. El calor y el agobio de la aglomeración hicieron que bebiera con un ansia inusitada cuando al fin se metieron en una caseta. Poco a poco el rebujito fue relajándola y empezó a reír a carcajadas y a bailar sevillanas patosas con sus amigas. No supo en que momento estas fueron sustituidas por un moreno altísimo que agarraba su cintura con fuerza. Le sonrió y trató de decirle que quería volver con su gente, pero la música se tragó sus palabras. Él se inclinó y lamió su oreja. Trató de deshacerse de su agarre en vano: era mucho más fuerte que ella. Cuando la besó, mordió con fuerza su labio: ahora sí, la soltó y la abofeteó. Cayó al suelo, pero pudo ponerse en pie y volver con su grupo antes de que volviera a agredirla. “Por favor, vámonos” suplicó a su mejor amiga. Al salir de la caseta pudo ver al moreno bailando con una chica sonriente.

Isa Sierra Ramos Abril, gentío por todas partes, aire de fiesta en la ciudad, sin embargo para mí no es nada agradable estar en ese ambiente. No entienden que lo paso realmente mal, que me agobia la gente, el calor y los espacios cerrados… Caigo, me desplomo en el suelo exhausto y lo único que hacen es reirse de mí… Es una putada ser un caballo en la feria de Sevilla.

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Un abrazo a todos/as y a seguir escribiendo.