Seleccionados #ViernesCreativo: una detective, un bosque, una receta.

junio 01 2018   

Volvemos con un reto de la Agenda para escritores y personas creativas: 
>>Escribir una historia de amor (15 líneas máximo) en la que aparezcan: un bosque, una receta y una mujer detective. 😱 ¡A ver esa imaginación, para combinarlo todo!!

Recordad que desde nuestra APP gratuita de Portaldelescritor podéis acceder al grupo de Facebook desde vuestro móvil y leer allí mismo el reto, además contar con un generador de personajes y  los consejos de escritura del blog de Diana P. Morales.

TEXTO CON MÁS ME GUSTAS

 

Kathy Guerrero Bejarano Las nubes grises se posaron sobre el bosque, rayos afilados se clavaban en las copas de los árboles, el estruendo anunciaba una despiadada tormenta. El viento era amenazante y la tierra temblaba como si le dolieran las perlas que comenzaban a caer del cielo.
Destellos de luz se colaban por las ventanas, la casa estaba tibia y olía a pastel de vainilla. En la cocina, el estofado de pollo estaba en su punto, Dalia le daba la última hojeada a la receta. El recetario era antiguo, cuarenta y cinco años de matrimonio era un buen pretexto para sacarlo de su escondite. La mujer iba de la ventana a la mesa del comedor, en cada viaje fue colocando, un mantel bordado a mano, la vajilla de porcelana, y vasos de cristal. Como todos los años, Faustino llevaría las flores. El reloj iba susurrando las horas, afuera apenas se distinguían las borrosas figuras de los árboles, Dalia se mantenía firme en la ventana. El amanecer la encontró con el carmín intacto, en la mesa el florero seguía vacío.
Un golpe en la puerta le devolvió la conciencia. Romina Clare se presentó como la detective del pueblo. A escasos metros de su casa un cuerpo yacía sumergido en un nido de barro, como un tatuaje le quedó la marca de la luz que lo alcanzó. -¿Traía flores? -preguntó la abatida mujer. -Sí, dalias amarillas -contestó la detective.
Dalia tomó una bocanada de aire y le sollozó a la detective -¿Quieres acompañarme a comer pastel?

Me gustas: 16

OTROS TEXTOS SELECCIONADOS POR SU CALIDAD U ORIGINALIDAD

Yolanda Fraile Carreras Hay llamadas que nunca se deberían hacer. La mía alertando a mi compañera sobre nuevas pesquisas en aquel caso que nos traía de cabeza, fue una de esas.

—Colmenar, tenemos pistas nuevas.
—¿Dónde?
—Vente para el bosque de las Siete Cruces, por lo visto se han encontrado muestras que podrían revelar la identidad del secuestrador.
—¿Y tengo que ir yo también?, ¿no te apañas solo?
—¡Ven cagando leches!, el jefe está que trina.

Hoy sé que no fue buena idea; ni la llamada, ni azuzarle para que viniese a toda leche. Apareció con un delantal que simulaba la escultura del David de Miguel Ángel, y con la cara llena de harina.

—Me acabas de echar a perder las croquetas de bacalao de la mítica receta de mi suegra —dijo nada más poner un pie fuera de la tartana a la que ella había bautizado como «El bólido» —más te vale que con esto demos por cerrado el caso; mi suegra viene a cenar esta noche y no tengo plan B.

Sonia Mepu Me había perdido otra vez. Ni GPS, ni sentido de la orientación. ¡Menuda detective estaba hecha! Parecía fácil. Era un simple bosque y en el mapa estaba clarísimo. Si cruzaba por la parte norte, eran cuarenta y cinco minutos de idílico paseo entre hayas, amenizado por un delicado gorjeo de petirrojos.
Elena había decidido acompañarme, y tras una hora y media de paseo, decidí sacar mi artillería pesada: mis croquetas caseras de jamón, entre otras viandas. Ya que no la conquistaría por mis dotes detectivescas, quizá mi plato estrella favoreciera mis propósitos.
En la receta había incluido una pizca de canela. No creía en los afrodisíacos, pero en esos momentos toda ayuda era poca.
Ahora solo faltaba que a Elena le gustaran las mujeres y, entre ellas, concretamente yo.

Karina Castillo Peinado La detective privada Villalta confirmó a Matilde sus sospechas: su marido, con la excusa de salir a hacer running al amanecer por el bosque, se encontraba asiduamente con su amante en un refugio de madera poco frecuentado. Matilde, con aparente normalidad, empezó a prepararle amorosamente unos smoothies de frutas, principalmente de naranja, cada vez que salía a correr. Sabía que su marido no desayunaba tan temprano y menos si salía a hacer ejercicio porque se le revolvía el estómago. Consciente de ello, le llenaba una botella de litro con estos preparados vitamínicos para que se la bebiera en el “descanso”. Él volvía siempre de sus salidas con la botella vacía y cada vez más agotado, hasta que un día no regresó. Un guarda forestal encontró los cadáveres de los amantes, desnudos, con manchas de robín alrededor de la boca y una botella vacía cuyo contenido habían compartido para recuperar líquidos después del “ejercicio”. Se concluyó que murió por fallo multiorgánico producido por avitaminosis y acumulación de óxido en el aparato digestivo. “Tan listo que se creía y no sabía que, si no te tomas el zumo de naranja recién hecho, se oxidan las vitaminas. Misión cumplida”, pensó Matilde.

Glauka Kivara Aún no tenía claro quién me había contratado ni porqué, pero desde luego en ese bosque pasaba algo raro. Nada más entrar un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies. El bosque parecía torturado: de la corteza de los árboles brotaban gruesas gotas de savia roja y espesa, las hojas, blancas como la nieve, se precipitaban al suelo formando un acolchado que se deshacía bajo mis botas. Pronto noté que además de hojas, caían pájaros muertos de las ramas. ¿Había sido rociado con veneno?
¿Podría afectarme a mí? No notaba más que el olor a putrefacción de la hojarasca.
¿Debía volver o seguir adentrándome? Aullidos de dolor me decidieron a penetrar en las profundidades del extraño bosque.
Y allí la descubrí, llorando a mares, una mujer con las costillas destrozadas y un hueco sangrante dónde debía tener el corazón. A sus pies, un pequeño caldero sobre un fuego.
– Me falta un ingrediente para la receta de regenerar corazones –me explicó–Y no puedo abandonar el bosque, yo soy su epicentro.
Menos mal que siempre llevo una petaca de ginebra conmigo.

Carolina Delgado Despertó sobre un lecho de hojas secas, rodeada de frondosos árboles. Desnuda. Por primera vez en toda su carrera se le planteaba un caso en el que ella era la protagonista. ¿Dónde estaba?¿Cómo había llegado hasta allí? Estaba algo aturdida pero consiguió erguirse y sacudirse el polvo. A medida que su mente se iba aclarando iba siendo consciente del sonido de una voz repitiendo los versos de lo que parecía ser una antigua receta. Se dispuso a caminar en dirección a aquel sonido, extrañamente seducida por aquella voz. Más rara aún era la falta de pudor ante su desnudez; muy al contrario, se le antojaba un detalle acorde a la ardiente sensación que aquella voz despertaba en su cuerpo. Había caminado unos metros cuando distinguió entre los árboles la silueta de un hombre. Se acercó lo suficiente para comprobar que su atlético cuerpo también estaba desnudo y danzaba alrededor de un pequeño fuego. Un repentino timbre le devolvió violentamente a la realidad de su habitación. Había sido un sueño. Con un sentimiento de resignación que le resultó familiar, abrió el cajón de la mesita de noche y buscó consuelo.

Eloina Calvete Garcia Mis compañeros me habían regalado un curso de cocina en mi fiesta de jubilación. Y un delantal. Según ellos, era hora de que recuperase la perspectiva ‘femenina’ y dejase atrás mis años de comisaria principal. Menudos payasos. Pero yo no estoy para bromas. Me preocupa no haber cerrado el caso del ‘asesino ilustrado’, como lo llama la prensa. Un criminal que entierra a sus víctimas bajo los pinos de un bosque cercano y deja una nota espolvoreada de azúcar glas clavada en el árbol- sepultura, siempre con la misma frase en latín: ‘Pulvis es et in pulverum reverteris’…
‘Polvo eres y en polvo te convertirás’, murmuro mientras preparo el salmorejo. Pan, aceite, ajo, sal y estricnina molida. Este último ingrediente se lo añado para matar al profesor del dichoso curso. No veo otra solución. Él es el empalagoso asesino. La primera noche que dormimos juntos le oí susurrar en sueños, aunque no le di mayor importancia. Pero anoche farfullaba en latín y escuché las fatídicas palabras: “Pulvis es et in pulverum reverteris. Y ahora a espolvorear el azúcar”.No pienso entregarle. Me convertiría en el hazmerreir del cuerpo. Y de la prensa. Ya imagino los titulares:”Comisaria principal enamorada de asesino en serie”. Ni de coña. No pienso entregarle.

Isabel Lopez Jurado Solicitaron mis servicios en un caso policial, era buena detective y en el cuerpo lo sabían.Era un caso de seis denuncias por desaparición que parecían estar relacionadas. Después de un examen exhaustivo de mensajes en redes sociales de las personas desaparecidas conseguí atar cabos y montar la historia que me ayudaría a solucionar este caso. Seis personas adultas de ambos sexos pertenecían a un grupo de Facebook de escritores y su amor común por la escritura les llevó a forjar una amistad en la red.Tras la lectura de sus últimos mensajes deduje que había un claro tonteo entre dos de ellos y una quedada en una cabaña de un bosque del norte de España, propiedad de una de las escritoras, que por cierto, presumía de un recibimiento espectacular que consistía en una comida casera hecha con una receta de su madre.
Conseguí localizar dicha cabaña y con ayuda policial pudimos detener a su dueña, siendo ella misma la que nos condujo al sótano donde tenía maniatados a sus seis amigos, confesándonos que su única intención era conseguir escribir una novela con las historias y vivencias de esas seis personas.

Jose M Fernández Peter escuchó el aviso en la radio del coche patrulla; un 79, lo que significaba que había un cadáver. Dejó el coche al final del camino asfaltado y siguió a pie. El bosque se había vestido de tonos otoñales, ocres y grises. A pesar de su belleza siempre le había intimidado. No tardó en encontrar al paseante y a su perro –ellos fueron los que lo hallaron–; cerca vio también un cuerpo tendido sobre un lecho de hojas muertas. Se aproximó y vio que era una mujer; le dio la vuelta y contempló con horror el rostro de Adele, la nueva detective. Se apartó y se arrodilló a su lado, sin tocarla. La amaba en secreto desde que la vio el primer día; nunca le había hecho la menor insinuación, ella era su superior y la timidez le impedía dar el paso. Lloró, lloró sin consuelo.
Cuando se recuperó observó un cesto volcado junto a ella, con algunas setas dentro. Otras estaban desperdigadas alrededor. Cogió el móvil de Adele, que aún sostenía en su mano; en la pantalla podía leerse una receta para guisar carne de caza utilizando diversas setas. Adele no conocía el bosque y mucho menos las características de las abundantes setas, algunas mortales. Seguía arrodillado, rodeado de sombras y con el ruido de fondo del murmullo de las hojas mecidas por el viento. Se sintió lleno de dolor, castigado por el destino. El perro se acercó, olisqueó algunas setas y señaló con ladridos una de ellas. Allí estaba la asesina. Luego le miró con ojos comprensivos.

Carlos Di Urarte El bosque era un lugar muerto, plagado de luciérnagas pálidas y árboles ornamentados con ahorcados. Una neblina malsana brotaba de la tierra enferma.
Estella no se dejó impresionar. Era una detective de Midian, y los viajes a los planos inferiores una molestia habitual en su trabajo. A veces, los hechiceros huían a otras dimensiones tras cometer sus crímenes. Pero el viaje de hoy era personal.
Encontró al Guardián en un claro ceniciento, rodeado de dólmenes musgosos. Removía en un puchero un brebaje carmesí. Solo dos astas de ciervo y un hocico húmedo sobresalían de las profundidades de su capucha.
—Guardián, soy Estella Sanscoeur. Acudo a ti para recuperar algo que es mío.
—No te permitiré que rescates a tu marido, pues se suicidó. Es mi comida.
—No vengo a rescatar a nadie. Solo quiero recuperar mi corazón. Se lo entregué en nuestra boda, hasta que la muerte nos separase. Dicen que en tu caldero remueves una sopa hecha con los corazones de los suicidas y las lágrimas de sus seres queridos, pero yo no me he suicidado ni he llorado. Quiero recuperar mi capacidad de amar.
El demonio extrajo dos corazones unidos en una masa palpitante, y sonrió.

Carol Belasco Desde que era una semilla, envuelta en el abrigo de la tierra, la amaba. Al extenderse hacia arriba, buscaba encontrarla, sentir en su propia corteza el calor de su tacto y ser acunada en sus brazos.
Y, mientras sus raíces crecían, la esperó. Y siguió esperandola cuando al fin surgió bajo el sol y sus hojas se abrieron a un mundo verde, dominado por gigantes cuyas copas bailaban en el lejano cielo.
Aún esperaba su llegada cuando sus flores surgieron al fin y también más tarde cuando las vio caer. Sólo entonces se resignó, ella nunca llegaría.
Ya era una anciana mustia, triste y solitaria cuando sujetaron sus hojas sin ningún cuidado y se sintió arrancada de la tierra. La sorpresa dio paso al dolor y el miedo e intentó gritar pero algo afilado apagó la pequeña chispa que aún la empujaba.
Lo último que escuchó fue una voz de mujer pero ella no era la que tanto había esperado.
—Te lo dije! Siempre resuelvo mis casos!. Sabía que era realmente una bruja, no la pobre loca que todos decían!! Y su vieja receta encubría el lugar donde la plantó. Grabaste bien el grito? Es increíble!, una auténtica mandrágora!

Amelia Bravo Vadillo Encontraron el cuerpo en una zona del bosque bastante sombría, junto al río, oculto entre las ramas y el follaje.
La detective que investigaba el caso encontró, en el bolsillo del abrigo de la víctima, la siguiente nota: Juntar la raíz mágica con enebro y repetir tres veces seguidas: “Por esta raíz sagrada y santa que se mejore mi suerte en el amor desde ahora y para siempre”
– Caso resuelto- dijo enseguida- La mujer murió desesperada por vivir una historia de amor ¡Fue la mandrágora!
El forense certificó que se trataba de una mujer blanca, 37 años, sin signos de violencia ni de agresión sexual. Es más, a pesar de su edad, la víctima continuaba siendo virgen. Muerte súbita por bradicardia, concluía el informe.


Para seleccionar estos textos, desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: que cumplan el reto, la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.