Seleccionados #ViernesCreativo: “Pude verlos a través de la ventana”

Seleccionados #ViernesCreativo: “Pude verlos a través de la ventana”

noviembre 10 2017   

istorias de fantasmas, vampiros, zombies, monstruos de ficción… o reales. ¡Vamos a ello!

Recordad que desde nuestra APP gratuita de Portaldelescritor podéis acceder al grupo de Facebook desde vuestro móvil y leer allí mismo el reto, además contar con un generador de personajes y  los consejos de escritura del blog de Diana P. Morales

MICRORRELATOS CON MÁS ME GUSTAS

Carol Belasco Pude verlos a través de la ventana: rodeaban a mi abuela, algunos se inclinaban como para poder susurrarle, los demás se mantenían de pie a su lado, algunos hablando entre sí.
Corrí dentro lo más rápido que pude pero, como siempre, ella estaba sola, sentada en su silla, aislada en su mundo.
Nadie más los había visto pero no era la primera vez que yo lo hacía, aunque en las ocasiones anteriores había sido una imagen de sesgado, apenas vista con el rabillo del ojo, que desaparecía en cuanto enfocabas la mirada. Pero esta vez no podía engañarme, los había visto con claridad, aunque fuera imposible.
—Abuela…¿Abuela?— empecé, aunque ella raramente nos escuchaba ya— Abuela, los he visto. No tengas miedo. Los echaré.
Llevaba tres años sin tener más que breves instantes de lucidez, y tuvo uno entonces. Me sujetó la mano con fuerza y me increpó:
—Son viejos amigos. Están conmigo porque me recuerdan. — Me aclaró, y entonces los vi de nuevo pero ésta vez pude mirarlos y entendí que aquella niña vestida como antaño era la propia Alicia, que aquella dama espigada era Elizabeth Bennet, que aquel pirata cojo era el propio Long John Silver o aquellos pequeños hombrecillos provenían de Lilliput. Allí estaban, todos sus viejos amigos, acompañándola al final como habían hecho toda su vida.

Maria Dolores Garrido Goñi Pude verlos a través de la ventana. Estaban rodeando la casa y yo no tenía escapatoria. Flacos, piel azulada, con llagas abiertas… a algunos les faltaba parte de la cara. Vestían ropas rasgadas, puros harapos, sucios y seguramente apestosos. Sus andares robóticos, mostraban desidia, pero avanzaban sin que nada les distrajese. El sonido que hacían, como un enjambre de abejas, ponía los pelos de punta al más valiente. Abrían sus bocas llenas de pústulas, con dientes afilados y sucios y, los ojos, inyectados de sangre, mostraban asquerosos fluidos verdosos, saliendo de ellos.
–¡Dios, si es que existes, ayúdame! ¡Dame fuerzas para soportar lo que me espera!
Para no estar quieta, acurrucada en un rincón, se me ocurrió coger la fregona y tarareando (no me sabía la letra) la canción de la orquesta del Titanic; la que, según cuentan, tocaban mientras se hundían: “Mas cerca, oh Dios, de Ti”, comencé a fregar el suelo del salón.
Ya estaban arriba, los oía cerca del salón… Cuando el primero cruzó la puerta y pisó lo fregado… ¡No lo pude remediar!
–¡No me pises lo fregado! –liándome a golpes con la fregona, qué furia sacaría que, asustados y, protegiéndose las cabezas con sus asquerosos brazos, salieron todos despavoridos!

OTROS 7 MICRORRELATOS SELECCIONADOS

Alberto Postacchini Pude verlos a través de la ventana.
Pude verlos a través de la ventana. Se agolpaban alrededor del vehículo. Llegué a ese rincón del mundo y de la historia, por imperio de mi trabajo. Testigo enviado por el Profesor Mendelclac en su máquina temporal, revisé campos de batalla, la crucifixión de Cristo, el holocausto Armenio. Acostumbrado a ver escenas dantescas que en todos los casos, si bien no afectaban mi integridad protegido por el aparato y la tecnología, destrozaban mi espíritu en forma indecible con cada visión. Fue al ver a los niños judíos en el campo de exterminio de Auschwiz, llorando, pequeños mártires arrancados de los brazos de sus madres, de sus padres, algunos con sus estrellas en el pecho, ofreciendo sus pequeños cuerpos al monstruo de las cámaras de gas; sonaban los acordes de Rosamunda de Schubert. La belleza de la música trastocada en sadismo, ferocidad y saña. Mientras escuchaba la orquesta por los megáfonos vi como transitaban el umbral, traspasaban la puerta de los crematorios con lágrimas secas en sus rostros, sus manitas tratando de tomar la de algún otro inocente. Las caras de los soldados alemanes, impasibles. El humo de las chimeneas; un olor acre llenó mi capsula. Fue mi último viaje. A mi regreso, me internaron en un neuro-psiquiátrico. La grabación de la cápsula solo registraba mis gritos desesperados.

Jennifer Girol Pude verlos a través de la ventana. Brindaban con una copa de vino en la mano y una sonrisa en los labios. En la casa, solo una luz cálida los alumbraba y yo, oculto en el jardín, esperaba ver alguna prueba que los incriminase de una forma más directa. Sabía que habían sido ellos pero necesitaba la evidencia definitiva, esa que me encumbrase como el experto de la crónica negra en el caso semanal del Today News. Un extraño movimiento en ella me alertó y puse a funcionar mi cámara de fotos. Había dejado la copa sobre la mesa y se llevó las manos a la cabeza: ¡llevaba puesta una peluca rubia! Ahora tenían sentido los mechones negros en las uñas de la víctima. Él, se alejó de ella y fue hacia el cuadro del fondo del salón, lo descolgó de la pared y abrió una caja fuerte. Corrí agachado por el jardín y me acerqué a la ventana para ver más de cerca. Me escondí bajo los cristales y alcé los ojos con disimulo. Tenía en una mano varios dvd’s y en la otra un arma; parecía una HK 9 mm. Mientras él ponía un dvd, ella servía más vino y yo seguía agachado bajo la ventana. El plasma me enseñó la prueba que buscaba: el documental del crimen perfecto. Sonreí aliviado, y en ese momento sentí un arma apuntando mi cabeza. Visualicé el salón sin moverme. Él y ella seguían en el sofá.

Graciela Brizuela Pude verlos a través de la ventana, reunidos, con el calor del hogar, alrededor de la mesa familiar.
Pude verlos y escuchar sus risas sonoras, alborotando la noche con sus historias de chiquillos traviesos…y, me irrita tanta alegría. Vengo dispuesta a llevar lo que es mío…ella lo sabe.
A través de los vidrios empañados seguí los movimientos de su figura difusa, ya eran lentos…y gocé con el deterioro de su cuerpo, era próximo el fin. Su rostro surcado por algunas arrugas denotaba algunos signos de dolor… ella me presentía. Las manos del anciano acariciaban las suyas tratando de darle sosiego y paz mientras escuchaban a los nietos. Era la noche de abuelos y nietos. ¡Cómo no volcar su ternura en esos corazoncitos!… Risas y nanas asomaron a sus labios y la casa toda se iluminó con la gracia de la vida. Pero… ¿Yo hablando de vida? Por primera vez me retiré sin llevarme una , me sentía indecisa. No quise matar una ilusión… quizás en otra oportunidad pasaría por aquí y entraría a cumplir mi misión.
En otra oportunidad dije… y ella a través del cristal me miró agradecida.

Sna Mele Pude verlos a través de la ventana, aunque no podía oír una palabra de lo que decían. Parecían estar planeando algo, seguramente contra mí. No tenía claro si me habían descubierto, así que tendría que pensar en que mi próxima acción fuera definitiva.
El hombre se levantó y abrió el cajón de los cuchillos de la cocina. Cogió uno y se lo guardó en el bolsillo del pantalón, envuelto en un trapo para no cortarse. Su oficio era el de carnicero, así que su habilidad con la herramienta que acaba de guardarse, estaba fuera de toda duda. Se dirigió a la puerta de la casa. Venía a por mí. Empecé a comprobar todas las ventanas. Si conseguía entrar antes de que él me encontrara fuera, ganaría tiempo y, además, sería yo el que hiciera una carnicería con su querida familia. Ese pensamiento hizo que me relamiera de gusto. Hacía mucho que no sorbía ningún tierno cerebro infantil, y allí dentro había dos.
Mis dedos de zombie resbalaban en el marco de la ventana, así que no conseguí abrir ninguna, y el carnicero me encontró. Estaba muy seguro de sí mismo, y yo no tenía escapatoria. Me asestó 20 certeras cuchilladas y acabé con mis huesos, de nuevo, en mi húmeda y fría fosa.

Montse Calderón Pude verlos a través de la ventana. Ahí estaban; todo era cuestión de tiempo.
La organización me perseguía sin descanso. Llevaba meses huyendo de ella, cambiando de domicilio a menudo, pero algo inesperado me retuvo por más tiempo en ese lugar, algo que jamás me había permitido en mi ajetreada vida, y ese algo, tenía nombre de mujer. Para bien o para mal, Aurora me cayó del cielo envuelta en misterio, con su cara de ángel y sus ojos de demonio. Fue al día siguiente de llegar a este edificio, cuando me quedé atrapado en el ascensor. Es curioso, la organización me perseguía para meterme en un hoyo y la policía estaba empeñada en encerrarme en una celda de por vida; ninguna lo había conseguido y sí un maldito ascensor entre dos plantas. Tras unos golpes, la puerta se abrió y apareció ella, mi vecina de al lado, que también se había instalado esa misma tarde en el edificio, y ya de paso, en mi vida.
Pero la organización me había encontrado. La puerta se abrió de una patada y entraron otros dos matones que se habían adelantado, en menos de un segundo, uno de ellos me apuntaba a la cabeza con una pistola.
—¡Quieto, Diego! No te muevas o te dejo frito.
—Si me matas, nunca sabrás donde están los diamantes
Un disparo sonó desde la puerta derribando al que me apuntaba. Aproveché el momento en el que el otro pistolero desvió la mirada hacia la puerta para golpearlo. Aurora se acercó con el arma caída en la mano.
—Jamás te había imaginado con un arma
—Prueba a ser una mujer y vivir sola en un barrio como este.
Mi misterioso ángel de la guardia y mi demonio se marchó, nunca regresó. Tiempo después nos volvimos a ver a través de las rejas de una celda, uno a cada lado de la ley.

Ana Monroy Fernández Pude verlos a través de la ventana. Acudían prestos a la llamada de las campanas: sonaban a muerto. Me apresuré a seguirles para averiguar quién había fallecido. Es curioso, no eché de menos a nadie. ¿Por qué entonces el tañido?¿Y por qué nadie me saludaba?

Glauka Kivara Pude verlos a través de la ventana. ¡Tan hermosos, tan libres! Quería unirme a ellos, aunque mis articulaciones estuvieran rígidas y mi estilo tan anticuado. Golpeé, como tanta otras veces, los muros de mi prisión y, cómo tantas otras veces, no sirvió de nada. Los vivos empezaron a refugiarse en el museo, aterrorizados, y esta vez no me quedé quieta en su presencia. Chillaron al verme y corrieron a esconderse a otras salas. No les sirvió de mucho. Pronto arribaron no-muertos al museo y un magnífico esqueleto rompió mi vitrina con un hacha. Torpemente al principio, pero extasiada de felicidad me lancé al festín. Mis vendas no tardaron en empaparse de sangre.

 


Para seleccionar estos textos, desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: que cumplan el reto, la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.

Un abrazo a todos/as y a seguir escribiendo.