Seleccionados #ViernesCreativo: el asesinato de la sirena

Seleccionados #ViernesCreativo: el asesinato de la sirena

enero 26 2018   

En esta ocasión os proponemos escribir un microrrelato (15 líneas máximo) con el título: “EL ASESINATO DE LA SIRENA”. 
La historia puede tratar sobre una sirena real, metafórica… ¡tan abierto como queráis! A ver qué os surge de este título divertido 

Recordad que desde nuestra APP gratuita de Portaldelescritor podéis acceder al grupo de Facebook desde vuestro móvil y leer allí mismo el reto, además contar con un generador de personajes y  los consejos de escritura del blog de Diana P. Morales.

 

MICRORRELATO CON MÁS ME GUSTAS

Marga LM El asesinato de la sirena

Me mataron un atardecer pintado de amarillos intensos mezclados con el rojo de la sangre de mis venas, mi largo pelo barría la fina arena y mi cuerpo desnudo yacía junto a las piedras.
Siempre viví en aquel pueblecito costero, siempre ví el mar como viejo hechicero, contaba con seis años cuando la pude contemplar entre las olas espumosas de aquél día, se movía con ruidoso silencio, con descarada sutileza, serena sirena, desde ese momento quise ser ella. Dejé crecer mi pelo hasta los tobillos, mi cola de pez era postiza, nadaba día tras día, año tras año, mi cielo era el agua, la tierra mi infierno, pero como un cuerpo extraño el mar me escupía una y otra vez a la orilla, no aceptándome como sirena. Fué el mar mi asesino, sus habitantes cómplices del delito, conocían la naturaleza del hombre y no querían uno entre ellos.

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OTROS MICRORRELATOS SELECCIONADOS

Mar Vinat Collado EL ASESINATO DE LA SIRENA.
-¿Pero qué has hecho? ¿Estás loco?
-No podía más… no podía más
-Vale, de acuerdo, baja la escopeta, por favor…
-¡No podía más! ¿No lo entiendes?
-Sí, claro que lo entiendo, dame la escopeta, hablemos antes de que llegue la policía. Por favor.
-Todos los días, todos. Su canto hipnótico me atraía, no me dejaba vivir, pensaba en ella, soñaba con ella, me tenía atrapado… no podía más. Me llamaba y yo no podía evitarlo: debía acudir de inmediato sin importar qué estuviese haciendo. Mi mujer, mi familia… estaba acabando con todo. Era ella o yo. Ahora ya soy libre. Podré seguir con mi vida, ser lo que ella nunca me hubiera dejado ser. ¡Por fin soy libre!
-Vamos a dejar aquí la escopeta. Muy bien. Y ahora escucha: a todos nos jode tener que trabajar en esta mierda de fábrica, pero no por eso nos liamos a tiros con la maldita sirena. Necesitas ayuda…. Viene la policía, déjame hablar a mí, anda.

Manuel Cado EL ASESINATO DE LA SIRENA
En la isla de las sirenas, si había algo que abundaba era precisamente eso, sirenas. Así que no fue extraño que la joven y guapa nadadora, hábil como un delfín, estuviese deambulando entre las rocas de la orilla, hasta que se fijó en aquel extraño objeto que flotaba en la superficie, una sandalia.
Lo que resultaba tremendamente común para un humano, era algo curioso para una sirena, así que fue en busca del objeto. Ya con la sandalia en sus manos, se percató de la presencia del hermoso joven que estaba sentado sobre una roca, en la orilla, con las piernas sumergidas.
La sorprendida sirena no pudo evitar mirar su torso, sus brazos y, sobre todo, aquella sonrisa cautivadora. Al ver descubiertos sus sentimientos, se dejó sumergir con la habilidad y delicadeza propias de un ser que se ha criado en el mar, y entonces comprendió. Bajo el agua, halló el otro par en el pie del joven, los primeros que veía en su vida.
Llevada por su generosidad y su poderoso instinto femenino, avanzó bajo el agua sin apartar la vista del joven, con la sandalia entre las manos, hasta situarse ante sus pies.
Con torpeza al principio, pero decidida a restaurar en dicho miembro el objeto perdido, le calzó. Luego, emergió con una sonrisa, complacida, por eso no vio venir el garrote que le abrió la cabeza.
– ¡¡¡Capitán, he pescado otra!!!

Glauka Kivara La vi el primer día, recién pescada. Sus cabellos de plata refulgente, la piel verdosa, los dedos palmeados, un rostro precioso, unos senos firmes, una cola imponente, de escamas grandes y brillantes. Miraba a todos lados con curiosidad, no aparentaba miedo. Le hice fotos, como todos, pero ninguna cámara pudo captar su mágica belleza. Hombres y mujeres estaban embelesados, nadie se atrevía a tocarla, pudo volver al mar; ojalá lo hubiera hecho.
No sé quién llamó a esos hombres, llegaron con trajes de astronautas, el rostro tapado, dispersando a la multitud con gritos primero, con gases después. Algunos cayeron, otros corrimos. De la sirena, nada más supimos.
Hoy fui a recoger un cadáver a un edificio aparentemente anodino a las afueras de la ciudad.
Me atendió una simpática chica de blanco, me entregaron un contenedor ya cerrado, lo cargué en el camión. En el camino hacia el crematorio, me asaltó una terrible sospecha.
Forcé el cierre del contenedor. En su interior yacía una enorme cola de pez, algunas partes abrasadas, otras descamadas, otras cortadas. Ya no brillaba.
La fotografié mil veces. Sé poco de leyes, pero buscaré justicia.

Sna Mele EL ASESINATO DE LA SIRENA
Fulvia, la más anciana y sabia de la ciudad de Pompeya, harta de ver a las mujeres quedarse viudas muy pronto y a los niños huérfanos, decidió emprender un viaje hacia el suroeste en barco. Sólo una fuerte determinación impediría que sus marinos siguieran pereciendo por efecto de los caprichos de las sirenas.
Al sobrepasar las aguas de Sorrento, se guió por el cántico de esos odiosos seres, hasta que divisó los restos de varios barcos encallados. Echó el ancla y, a través de su megáfono las avisó de que era una mujer y no conseguirían embaucarla. Las sirenas, en respuesta, nadaron veloces hacia el barco, lo rodearon y lo hicieron tambalearse, con el objetivo de hundirlo y cobrarse una nueva víctima.
Fulvia disparó un arpón y atravesó a una de ellas, provocando la huída del resto hacia los riscos más cercanos. Hizo un esfuerzo sobrehumano para izar el cuerpo, pero cuando lo tuvo arriba lo mostró como aviso a las otras sirenas. Si volvía a desaparecer un barco, con sus hombres a bordo, volvería para vengarse.

Pedro De La Rosa Rodríguez —¿Jura decir toda la verdad y nada más que la verdad?
—Pos claro —El hombre sentado a la vista de todos se revolvió inquieto.
Su abogado defensor inhaló profundamente.
—¿Conocía a la desdichada?
—Como todos los pescadores —declaró el acusado poniéndose a la defensiva—.Nos la encontrábamos cuando íbamos a la faena y la saludaba. Ná más.
—Cuéntenos lo que pasó.
—Yo estaba pescando con mi caña cuando algo grande picó. Usaba anzuelo pa’ truchas. Pensé que sería un cachalote por lo que tiraba. Cuando recogí sedal me di cuenta que era la sirena pero ya era tarde. Se enredó con la red de cubierta y tenía la quijada enganchada —gesticuló haciendo ademanes desagradables—. ¿Sabeusté?
—Ya ven. Deporte o accidente. Pero nunca homicidio. No hay más preguntas, señoría.

Carmen Fernández Rocha “EL ASESINATO DE LA SIRENA”
La culpa fue de mi insomnio, os lo aseguro, de haber dormido bien no me habría enterado de lo que estaba pasando. Pero me desperté, y subí a cubierta. Pasábamos unos días de descanso en nuestro yate, y aquella noche de luna llena, estaba espléndida.
Alguien ocupaba mi hamaca a su lado, y a mí eso me puso de los nervios. Si estábamos solos, ¿con quién conversaba tan tranquilamente?
Fue el reflejo de la luna brillando en aquella esplendorosa melena rubia lo que me trastornó, estoy segura. Al ver que tenía el torso desnudo y se besaban con pasión, me dio un ataque de ira irrefrenable. Lo siento, me di cuenta tarde de que de cintura para abajo todo eran escamas.
Nadie podrá acusarme de cometer un crimen. No es delito pescar, y menos aún comerse un buen besugo al horno, ¿verdad? Pues eso mismo es lo que hice. Ni más, ni menos.
Os juro que de cintura para arriba la dejé intacta, pero aquella hermosa cola, rellena de verduritas con jamón, estaba espectacular en la cena de año viejo. Hasta él se comió dos raciones.

Alberto Postacchini El asesinato de la sirena.
Había conseguido una ventana frente al mar; lo consideraba su musa.
El rumor nocturno que deleitaba sus oídos, serviría de inspiración para las composiciones musicales del día siguiente. Alfonso percibía el pentagrama, imaginando las olas del mar al romper como detonante de cada nota. El primer día, las escalas surgían solas, emanadas del profundo sonido del mar nocturno que permanecía en su memoria.
Sostenía que una nereida le dictara los acordes de cada partitura.
Al medio día, estalló la sirena de los bomberos, estridente, aguda, letal, ensordecedora, destructora de toda la armonía lograda en la noche; ella incineró el delicado equilibrio de sus composiciones, aun no transcriptas en el pentagrama.
El inspector golpeó a su puerta varios días después.
– ¿El señor Alfonso Antonin?
– – Efectivamente soy yo-.
– -Queda usted arrestado-.
– ¿Cuál es el motivo?-
– Destrucción de propiedad pública; explosión en la torre de bomberos.
Alfonso fue preso por haber asesinado la Sirena de los bomberos. Un pentagrama firmado lo delataba.

 


Para seleccionar estos textos, desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: que cumplan el reto, la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.

Un abrazo a todos/as y a seguir escribiendo.