Seleccionados #ViernesCreativo: “Debían tener 70 años o más…”

Seleccionados #ViernesCreativo: “Debían tener 70 años o más…”

octubre 06 2017   

Hoy, para nuestro #ViernesCreativo, hacemos un pequeño homenaje a un clásico atemporal: El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. Así que, en esta ocasión, nuestro microrrelato debe arrancar con una frase extraída de ese libro: “Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener como 70 años cada uno, y hasta puede que más y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas.

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MICRORRELATO CON MÁS ME GUSTAS

Maria Dolores Garrido Goñi Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener como 70 años cada uno, y hasta puede que más y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas.
Cincuenta años juntos es toda la vida compartida. Se conocieron el aquel amago de hospital en medio de la miseria. África los necesitaba. Dedicaron su vida a cuidar a personas desfavorecidas de ese continente. El llegó como médico voluntario; ella monja de la caridad.
Ayudaron a nacer niños: “sus niños”. Curaron heridas impresionantes, trataron enfermedades endémicas, enseñaron higiene y cuidados y se cuidaron mutuamente.
En momentos de peligro, que los hubo en muchas ocasiones, el la protegía con desesperación. En momentos de alegría, que también se prodigaron, se miraban tiernamente sonriendo.
Sus miradas huidizas, para quien pudiera observarlos, mostraban amor y admiración.
Ella no quiso romper sus votos; él la respetó.
Ahora, ancianos, no quisieron regresar al mundo de donde procedían. No querían abandonar a sus niños. Este era ahora su mundo, y esta gente: su familia. Vivían en el hospital, se amaban y cuidaban, dormían en habitaciones separadas y disfrutaban de su dedicación a ellos mismos y del amor de los que les rodeaban.

OTROS 10 TEXTOS SELECCIONADOS POR PORTALDELESCRITOR

Carlos Saiz Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener como 70 años cada uno, y hasta puede que más y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas. De ella aún recuerdo sus largas conversaciones con mi madre en la vieja cafetería de la plaza. Aquellas aventuras, viajes y perlas de sabiduría que me dejaban fascinada. A él lo recuerdo solo por las fotos de ambos que ella nos mostraba. Sonrisas interminables y miradas de complicidad infinita, siempre en el extranjero, siempre en verano.
En ocasiones nos acompañaba su hijo, tan guapo y ausente como el padre. Y me sorprendía con las miradas furtivas que nos lanzaba cuando creía que no le veíamos. En ellas, una mezcla de cariño y anhelo tierno, dulce… tristemente solitario. Con los años lo acabé entendiendo. La madre vivía su vida, el padre vivía la suya, y así hacían funcionar su matrimonio.
Hace dos veranos, en un puente de París, el azar quiso que un artista inmortalizara esa sonrisa y esa mirada para la eternidad. El resto es de sobra conocido. Premios, reconocimientos, portadas… la imagen icónica del verdadero amor la llaman.
Y sin embargo yo no consigo olvidar aquella mirada de quien ya no está. Aquellos ojos afligidos que nadie fotografió, y la historia que desapareció con ellos. La historia que nadie leyó jamás.
La mirada que nadie sintió.

Montse Calderón Dormían en habitaciones separadas y todo; debían de tener como 70 años cada uno, y hasta puede que más, aún seguían disfrutando de sus pequeñas cosas. El viejo la miraba como si fuera la única mujer de la tierra y ella le regañaba por todo. Jo, me dejó sin habla. Y seguían juntos, unidos por un montón de rollos y todo eso. A mí, si me gusta una chica, me gusta tanto que en ese momento deseo casarme con ella, pero al rato, no sé porqué la empiezo a odiar. La verdad es que odio a todo el mundo o no, Todo me fastidia., Pero si yo fuera viejo, me gustaría ser ese viejo con esa vieja gruñona al lado, con medio siglo de rollos y todo eso en los bolsillos de la bata y saber que todo ha valido la pena. Ojalá consiga apreciarlo. Pero no sé como demonios se hace eso.

Teresa Lluqueta Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener como 70 años cada uno, y hasta puede que más y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas. Al menos eso es lo que creían Rosa y Juan. Un día su nieta que solía visitarlos les preguntó por qué dormían en camas separadas, si era que ya no se amaban. Esta pregunta juvenil de su preciada nieta, les resultó inquietante, ellos pensaban que eso era lo correcto, las creencias en que los mayores ya no disfrutan de su lecho, que está mal visto el sexo.
Un estruendo se abalanzó sobre sus mentes, empezaron a recordar cuando eran bellos y jóvenes amantes, cuando sus besos deseantes les elevaban al cielo, guiándolos entre prados y flores. Su primer encuentro se posó en sus ojos y lo que les había unido, el recorrido que habían vivido juntos les embriagó los sentidos.
Así sin saber, sus labios se unieron en un encuentro pasional que les descubrió que la rutina, lo socialmente correcto había invadido sus vidas. En ese momento intercambiaron una mirada cómplice y pícara. Esa noche yacieron en la misma habitación, sus cuerpos delicadamente abrazados planeaban el derribo del muro que les separaba.

Carol Belasco “Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener como 70 años cada uno, y hasta puede que más y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas”. Se levantaban más temprano que los panaderos, y al poco ya veías el humo de la cocina de Pascal, y allí ibamos en peregrinación, de vuelta de una noche de marcha con los amigos y con hambre de lobos. Siempre nos esperaban una bebida caliente y un bizcocho dulce.
Pascal era callado pero no importaba porque, desde la habitación contigua, llegaban las notas del piano de Rafael. Con el estómago caliente y la música acabábamos dormidos sobre la mesa de la cocina. Para cuando despertábamos ya preparaban la comida del mediodía, muy sonrientes, como siempre cuando estaban juntos, que no sabías si envidiarlos por quererse así o sentir un poco de vergüenza porque ya no eran unos críos para perderse uno en el otro, que eso nos toca a los jóvenes. Aunque a mí me daban mucha envidia, porque en su tiempo lucharon mucho por estar juntos y se ve que no lo olvidaron después, ni olvidaron cómo es tener quince años. Porque podían ser más viejos que nuestros abuelos pero eran los únicos del barrio que nos trataban como adultos.

Ana Yancy Fallas Gamboa Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener como 70 años cada uno, y hasta puede que más y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas en los momentos que los enfermeros del asilo los dejaban compartir. Los años de ver nacer, crecer y velar por el sueño de sus hijos en los momentos de enfermedad fueron pagados por esa pared que los separaba sin piedad. Lo que ninguno de los enfermeros sabía: de noche él o ella se escapaba de puntillas de la habitación y se colaba en la del otro. Minutos antes de cada amanecer, cada uno fingía que nunca habían compartido el mismo lecho o que durmieron abrazados como lo venían haciendo durante los últimos 60 años. En ocasiones, en sus sueños más alocados se imaginaban escapando de ese lugar y dando un paseo a la orilla de la playa, como cuando eran jóvenes y la piel lisa en sus mejillas revelaba una vida por delante. Hoy, en el ocaso de su vida, solo sueñan con ese momento en donde a oscuras comparten tiernos besos robados, entre secretos que los demás desconocen.

Carmen Fernández Rocha “Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener como 70 años cada uno, y hasta puede que más y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas. Cosas tan simples como repartir entre dos la última rosquilla de la merienda, compartir la cena sin apenas sal, o recordarse, el uno al otro, la pastilla que toca tomar en cada momento. Algo que años atrás, cuando aún eran jóvenes, ni siquiera imaginaron como un sueño irrealizable.
Nunca la vida compartida. Nunca un paseo por el parque, agarrados de la mano. Nunca una mirada en público. Ni una fiesta de aniversario. Y, aún así,siguieron sumando años uno junto al otro, coleccionando arrugas en su piel, compartida en cuartos alquilados por horas. Siempre al acecho del momento oportuno, entre excusas y mentiras a todos, para preservar el secreto de su amor sin permiso.
Pero la vida, ya se sabe, es impredecible.Y ahora aquí están, disfrutando juntos todas las horas de cada día, en las estancias de esta residencia en la que han coincidido no por casualidad. Amándose a la vista de todos, compartiendo caricias de manos arrugadas, entrelazando sus dedos artrósicos sin esconderse. Riéndose, para sus adentros, de todos los que piensan que lo de ellos es un amor senil. Felices, aunque al llegar la noche duerman en cuartos separados.

Jennifer Girol Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener como setenta años cada uno, y hasta puede que más y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas. Ella, limpiaba y pulía con sumo cuidado y cariño los trofeos cosechados durante toda su vida, que la nombraban tercera, segunda y primera ganadora de todos los campeonatos de crucigrama a los que se había presentado. Lucían por toda la casa el bronce y la plata, y en los últimos veinte años, el dorado ocupaba lugares preferentes. Él, seguía dibujando bellas estatuas de césped en su jardín. Sus manos aún esculpían enormes flores y delicadas ninfas; delfines en saltos y mariposas en vuelo hacían de su jardín un mágico espectáculo artístico lleno de color. Ella nunca consiguió rival en la familia y él nunca consiguió volver a la cama conyugal. Hacía ya varios años que ella lo despertaba a carcajadas. Reía en sueños porque hasta en sueños era ganadora, y él, que nunca fue capaz de superarla en un crucigrama, se hartó de sus noches de risa y decidió hacer suya la habitación de invitados; eso sí, la decoró con pequeñas letras esculpidas en diminutos bonsáis en honor a su amada.

Graciela Brizuela Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener como 70 años cada uno, y hasta que puede que más y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas.
No saben en qué momento sucedió… ella comenzó a quedarse hasta altas horas de la noche escribiendo y, cuando volvía a la cama, él ya dormía plácidamente. No quería despertarlo al acostarse, entonces volvía a la otra habitación y se acostaba en el sofá… así, hasta que la salita se convirtió en su dormitorio. Al principio, él protestaba, pero se acostumbró alentado por los programas de deportes que veía hasta altas horas de la noche en la televisión. Sin embargo esto no los separó, parecían estar más unidos que nunca. Se ayudaban mutuamente en los quehaceres; desayunaban juntos y luego emprendían ligeras caminatas por el jardín.
Algunas madrugadas una sombra furtiva se deslizaba en la habitación de ella… otras, en la habitación de él…
Entonces, el silencio de la casa, todavía en penumbras, se sentía alterado por risas contenidas que terminaban en carcajadas, susurros entrecortados… . La casa llenaba de suspiros la mañana cuando el sol los encontraba durmiendo, entrelazadas las manos rugosas sobre la blanca almohada.

María Sánchez Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener como 70 años cada uno, y hasta puede que más y, sin embargo aún seguían disfrutando con sus cosas. Él siempre había sido el vecino de enfrente, viudo, de buen ver y todo un caballero. Ella, divorciada, la vecina misteriosa, bonita, que al caminar mueve el mundo. Ninguno se atrevió durante diez largos años a darse la mano o incluso a invitarse a un café. Ella estaba muy dolida con todo, y los añicos en su corazón le trituraban las entrañas de vez en cuando. No tanto como antes pero más que un mañana. Por su parte, él seguía pensando en su Julia. Aunque debía confesar que en sus pensamientos aparecía Paloma con su sonrisa, regando como todas las mañanas las rosas del jardín de la residencia. Llegó el día en que Sebastián sintió una opresión en el pecho y decidió salir. Simplemente necesitaba alejarse. Poner distancia a la soledad. Consiguió llegar a la orilla de la playa de La Concha, a pocos metros del Café Pepe. Respiró, y visualizó una silueta conocida: Paloma. Se miraron. Se atrajeron. Se fundieron en un abrazo y apagaron por completo los temores y la nostalgia. Juntos formaban el universo mientras las olas les hacían cosquillitas en los pies.

Jose M Fernández Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener 70 años cada uno, y hasta puede que más y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas. Algunas de esas cosas eran intereses compartidos: paseos por los jardines, la lectura, las viejas películas de los años cuarenta y cincuenta que ponían en la televisión, algún viaje organizado.
Ella era viuda y ya llevaba un par de años en la residencia cuando él llegó. Su mujer hacía mucho que había muerto y fueron sus hijos los que creyeron que debía vivir en una residencia; ellos estaban lejos y no podían seguir muy pendientes de él. Comprendió así que, a su edad, no era bueno estar solo, sin nadie cercano y aceptó la decisión con más lucidez que ganas.
Congeniaron enseguida. Ella le ayudó en los difíciles comienzos, en el dominio de las rutinas y disciplinas cotidianas. Él se lo agradeció distrayéndole las veladas con las narraciones de sus viajes por todo el mundo, con las anécdotas de su trabajo –había sido piloto aéreo–.
Decían que estaban enamorados porque en todos los sitios hay cotillas e envidiosos, pero no era eso. Era amistad, cariño, camaradería, complicidades… Era una alianza para recorrer juntos el último tramo del camino. Aunque, de vez en cuando, de sus bocas se escapaba un furtivo beso. Y, a eso, pueden llamarlo como quieran.

Beba Pihen “Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener como 70 años cada uno, y hasta puede que más y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas”. Sus cosas: las que habían amasado, tejido, inventado entre los dos a lo largo de esos años. Los recuerdos, las bromas, las miradas. Disfrutaban de la presencia mutua, y de las ausencias consentidas, silenciosas, dormilonas, quietas; de estar vivos y juntos; de ir cediéndose mutuamente gustos, opiniones, espacio, tiempo. Disfrutaban de sus cuerpos, de los nuevos lenguajes del amor que descubrían, cama afuera, sin prejuicios. Cada día renacían en un rezo, unos mates y un beso trémulo, tal vez distraído en la búsqueda de los remedios o de los anteojos. Y cada día eran una pareja tomada de las manos; esperaban el tren indefectible sin alharacas y sin miedo.