Seleccionados #ViernesCreativo: Cuento de Navidad de amor o terror

Seleccionados #ViernesCreativo: Cuento de Navidad de amor o terror

enero 11 2019   

Os proponemos un DUELO: cuentos de terror vs cuentos de amor. ¡A ver de qué género hay más!
La propuesta es escribir un CUENTO DE NAVIDAD (ambientado en Navidad) y que se encuadre en uno de estos dos géneros: o bien AMOR (un cuento de amor en Navidad) o bien TERROR (un cuento de terror en Navidad). ¡A ver qué surge! 
  

 

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TEXTO CON MÁS ME GUSTAS

Jose M Fernández La Navidad le gustaba, además de por los regalos, porque podía montar el belén. Cada año repetía el ceremonial de desempolvar y revisar las figuritas de barro, buscar paja, papel de aluminio, piedras, … Este año su padre le había prometido que comprarían algunas figuras nuevas. En el mercadillo navideño encontraron lo que buscaban: un pastorcillo, un soldado romano y otra figura con la que Emilio se encaprichó. Representaba a un sicario de Herodes que blandía amenazante una gran espada, una figura grotesca, pero que le gustó.
En la Nochebuena, el belén estaba montado. Había colocado la nueva figura junto a los soldados romanos, vigilando el camino al pesebre. De madrugada, unos extraños ruidos le desvelaron y bajó al comedor; no vio nada raro y se volvió a la cama.
Un horrible grito le despertó a la mañana siguiente. Bajó corriendo y vio a sus padres ante el belén, muy alterados. Se acercó y la piel se le erizó: varias figuras, entre ellas el niño Jesús, aparecían decapitadas y un hilo de agua fangosa recorría la aldea y se desparramaba por el suelo del comedor. La nueva figura estaba ahora junto al portal, con la espada bajada. El sicario sonreía. Emilio se cogió de la mano de su madre.

Glauka Kivara Tenía la piel de seda, no quería dejar de acariciarla nunca. Los ojos como la hierba fresca, no quería dejar de verme reflejada en ellos. Su risa era la melodía más hermosa del mundo. Convivimos apenas dos meses, montamos un enorme árbol de Navidad, y nos llenamos de regalos, risas y besos. Se fue el último día del año y he vagado triste y solitaria como alma en pena hasta hoy, que tengo bien envueltos, debajo del árbol, su piel y sus ojos. Su risa, por desgracia, ya no la escucharé más.

Me gustas: 5

OTROS TEXTOS SELECCIONADOS POR SU CALIDAD U ORIGINALIDAD

María Jesús Díez García El aire gélido tensaba la piel de sus manos y rostro, en contraste con el calor que sentía en su cuerpo sudoroso por las carreras y rebozado en una triple capa de algodón, lana y plumas. Inés esperaba no ponerse mala con tanto cambio de temperatura. Había recorrido supermercados y fruterías sin éxito: las uvas habían desaparecido, negándole la suerte de la que eran símbolo. ¡En qué momento le prometió a su madre que ella se encargaba de comprarlas! Hace unos días había pasillos enteros llenos de ellas, así que no pensó que se vería en esta vergonzosa situación.
Una bofetada de calor la recibió al entrar en la última tienda. Esquivando al resto de compradores, se dirigió a toda prisa al pasillo de las frutas. Aunque al igual que en los anteriores establecimientos en el espacio destinado a las uvas solo quedaba la etiqueta del precio, se acercó por si acaso. Casi lanzó un grito de júbilo cuando vio que entre los kiwis colindantes había quedado medio oculta una última caja de las esquivas uvas. Al alargar la mano para cogerla, vio que otra persona la había agarrado a la vez. El chico era más o menos de su edad, y su cara de sorpresa era para grabarla, suponía que como la suya.
—¿Sois muchos en tu fiesta? —le preguntó cuando al final consiguió cerrar la boca—. Igual podemos compartirlas.
Inés miró la caja y recopiló a todos sus tíos, primos, abuelos, intentando echar cuentas sin lograrlo, y casi sintió ganas de llorar.
—O quédatelas tú, ya sigo buscando. —Le puso una mano en el hombro, con cara de preocupación, y luego se giró para marcharse.
De la sorpresa casi se le cae la caja.
—¡Espera! Voy contigo, y si no las encontramos, vamos a medias con esta.
El chico sonrió, e Inés pensó que igual las uvas sí traían buena suerte, después de todo.

Ángela Ruano Yague Bajaron por la chimenea, eran tres o cuatro, no recuerdo muy bien. Creímos  que eran los Magos de Oriente, pero los cuatro jinetes de la apocaplisis, con guadañas y sacos. Nos quedamos de piedra.

Erick Majtzul “Noche de paz, noche de amor, todo duerme en derredor” se oía en la radio. Un grito seguido del llanto de un niño rompió con la melodía y rasgó la serenidad de esa noche. Los padres de aquel niño se levantaron y acudieron a socorrer a su hijo de ocho años.
Lo encontraron en el pasillo, iba en busca de sus padres. Corrieron hacia él.

—Tuve una pesadilla. Soñé que un hombre con cabello y barba blanca venía para llevarme. Me metió en un saco y me llevó lejos. Dijo que tenía hambre. Estuve en un lugar oscuro, quería escapar de allí pero en el piso habían huesos, él me lo dijo. Me dijo que esperaba que yo estuviera más delicioso que los anteriores. ¡Mami, no quiero volver a dormir, jamás!

El pequeño permanecía inconsolable. Su madre lo cargó y arrulló hasta que durmió de nuevo. Con delicadeza lo llevaron a su habitación, se aseguraron de que estuviera abrigado. Volvían a su habitación cuando su madre se detuvo, le perturbó una sensación de inseguridad por regresar a su hijo a su habitación, por abandonarlo allí. Dio la vuelta para ir por él cuando de nuevo escuchó algo desgarrador, era el mismo grito, el mismo llanto, pero ya no había allí algún niño.

Silvia Favaro El árbol destellaba en muchísimos colores aquella noche de diciembre, cuando el fantasma se mecía entre sus ramas.
Cuenta la leyenda que una mujer de cabellera roja dio a luz a su primogénito debajo de su sombra, hace ya tantos años, que nadie sabe con certeza cuantos en realidad.
Venía perseguida por un malón, cuyo cacique era un demonio tan feo como malvado. Sus cuernos eran enormes y su cola tan filosa como navaja de barbero.
Su misión diabólica era apoderarse del bebé, matarlo y seguir con su poderío eternamente.
La bella muchacha desesperada cayó al suelo y el niño nació instantáneamente.
Un viejecito encorvado y de barba blanca, que por allí pasaba, le ofreció agua y la ayudó a parir. El niño salió a la luz llorando, el anciano se emocionó, pero sabiendo el peligro que se aproximaba escondió al niño entre las hojas de lo que en ese momento era un arbusto.
La joven murió; el viejo se esfumó y nunca nadie encontró al bebé.
Desde ese momento, todos los veinticinco de diciembre el árbol se ilumina de una manera enceguecedora, el bebé se hamaca entre sus ramas y tres reyes lo custodian.

 


Para seleccionar estos textos, desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: que cumplan el reto, la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.