Seleccionados #ViernesCreativo: “Aquella majestuosa criatura…”

Seleccionados #ViernesCreativo: “Aquella majestuosa criatura…”

enero 25 2019   

Ya tenemos aquí nuestro #ViernesCreativo. Hoy os proponemos iniciar un microrrelato (máximo 15 líneas de word) con la frase: 
“Esa majestuosa criatura se dirigía directamente hacia mí”
¿Qué está pasando? ¿Le están atacando… o tal vez no? ¿La criatura es un precioso caballo, un ave, una criatura marina, tal vez algún ente de otro mundo o un monstruo mitológico…? ¿Qué va a suceder? ¡Misterio! La solución, como siempre, en vuestras manos 

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TEXTO CON MÁS ME GUSTAS

Jose M Fernández Esa majestuosa criatura se dirigía directamente hacia mí. Atardecía en la sabana y el crepúsculo confundía el horizonte, aún así era perfectamente visible. Su paso abría un surco al doblar las altas hierbas secas; tras ella venían otras, no sé cuantas, siguiendo el camino ya marcado por su guía. No tenía prisa, avanzaba lentamente, quizás recreándose en mi miedo, quizás porque sabía que no tenía escapatoria.
De repente, un rugido alteró el suave murmullo de la brisa y de los sonidos de los pequeños animales que por allí pululaban. Tras el rugido se produjo el silencio; un augurio de que algo iba a pasar. La miré y continuaba avanzando; podía distinguirla ya sin necesidad de prismáticos. Aproveché tener las manos libres y, con la cámara, comencé a fotografiarla; la gran melena ocre, casi pelirroja, su andar cansino pero solemne, los movimientos acompasados de su musculatura, sus ojos dorados, sus garras, sus potentes colmillos, … todo lo dejé inmortalizado en mi cámara. Sabía que el aparato sobreviviría y daría testimonio de su belleza.
A pocos metros, el león se detuvo, me miró detenidamente, gruñó y rugió mientras sus hembras me rodeaban. Yo estaba desarmado; pronto su belleza se cubriría de rojo.

Me gustas: 17

OTROS TEXTOS SELECCIONADOS POR SU CALIDAD U ORIGINALIDAD

Laia Baro Esa majestuosa criatura se dirigía directamente hacia mí, con sus ojos resplandecientes mirándome sin pestañear. Pensé en echar a correr, pero mi cuerpo no respondía, tal era el embrujo de aquella mirada. Estaba totalmente distraída y desarmada y no fui capaz de moverme. Quizás no viniera a por mí. Tal vez si me quedaba quieta y miraba hacia otro lado me ignoraría y encontraría otra presa.
Bendita ignorancia. La táctica de la inmovilidad no funcionó. La hermosa criatura se situó a escasos centímetros de mi. Pude ver entonces sus penetrantes ojos verdes que me fulminaron al instante.
—¿Te puedo invitar a una copa? —me susurró al oído apoyando el codo en la barra.

Verónika Lorite Esa majestuosa criatura se dirigía hacia mí y ahí estaba yo, impasible ante su avance.
La primera fila se había roto nada más aparecer “ella”. Los hombres pronto dejaron de serlo, negándose a su destino. Las armas, consideradas ahora inútiles, yacían arrojadas a mis pies y, cuando sombras empezaron a emerger de su contorno, el movimiento a mi alrededor se tornó vacío. Un vacío terrorífico que lo invadía todo a su marcha, consumiendo incluso la luz.
Ante mí la maldad concentrada.
Y yo, tan solo armada con la esperanza de que si aquel día había sido presagiado, si el mal existía, al ocaso, el héroe predicho aparecería. Blandiendo su alma como espada. Arrogándose en el centro mismo del horror. Aportando luz a la oscuridad. Anulándola.
Cerré mis ojos ante su avance y acaricié mi vientre sobre la armadura, consciente al descender el sol de que nadie más vendría. Ella estaba allí por nosotros. Nosotros estábamos allí por ella.
Y así la muerte nos encontró: abrazados a la esperanza, aferrados al amor, siendo la luz en medio de la oscuridad… cerrando el ciclo.
Tan solo lamento que tuviste que ser héroe, mi amor, antes aún de ser vida…

María Jesús Díez García Esa majestuosa criatura se dirigía directamente hacia mí. Las manchas de su pelaje de terciopelo se entrelazaban con las líneas de colores que subrayaban cada rincón del universo, revelando y conectando las energías con patrones geométricos que había visto por todo el poblado el día anterior sin entender su significado. Se acercó con sus pisadas silenciosas, sin apartar la mirada, y cuando llegó a mi lado se quedó inmóvil, esperando. Sus ojos ámbar parecían darme permiso, así que alargué la mano y la hundí en la suavidad de su cabeza. Mis huellas digitales se fundieron con sus dibujos y con los trazos brillantes que envolvían el mundo, ahora rectos, ahora sinuosos, creando una melodía que me invitaba al sueño.
Cuando me dormí, desperté. El gran felino se había desvanecido entre volutas multicolores, el cuenco seguía a mi lado y el chamán me miraba con su rictus imperturbable. Mareado y con el estómago revuelto, iba a decirle que no había podido preguntar nada a mi tótem. Entonces caí en la cuenta de que mis dedos aún conservaban el tacto de la piel del jaguar. Reviví lo que sentí a su lado y comprendí que no había hecho falta que me dijera nada: las respuestas estaban en mí. Una sonrisa apareció en los labios del chamán cuando nos miramos de nuevo.

Silvia Favaro Esa majestuosa criatura se dirigía directamente hacia mí, mientras el viento norte se ensañaba con mi pelo a tal punto, que parecía una escoba maltratada.
Mis manos como posesas apretaban mi cabeza, mientras suplicaba al universo que mi cabello se acomodara.
El caballero, que parecía haberse escapado del cartel de una publicidad de dentífrico, se acercaba cada vez más con una sonrisa cómplice, tanto, que cada una de mis huesos se fue transformando poco a poco en gelatina.
Se humedecieron mis partes íntimas, y las tripas se encogieron hasta provocarme un dolor dulzón.
Estaba lista para lo que intentara hacerme. Su olor llegó hasta mí y junto con él, su cuerpo.
—Hola, —me dijo en un susurro.
—Hola, —le dije derritiéndome por partes.
—¿Eres Susana, la hermana de Eduardo?
—Sí, balbuceé casi atragantada.
—¿Le puedes alcanzar su celular? Anoche dormimos juntos y se lo olvidó en casa, lo tengo loquito.
Me guiñó uno de sus hermosos ojos y se marchó casi en cámara lenta.

Teresa Lluqueta Esa majestuosa criatura se dirigía directamente hacía mí. Me invitaba a amarla, a seguir sus pasos suaves y contorneados hacia un universo inmediato. No podía resistir su atracción, su magia. Algo en mí naufragaba al ver sus pupilas clavadas en mis ojos cansados y ensangrentados.
No podía decirle no, no podía dejar atrás lo que en mi mente se multiplicaba sin explicación: quimeras absurdas, sueños perdidos, mentiras deambulantes sin sentido.
No pude frenar el instinto que hacía surgir en mí, cuando sus manos me acariciaban. Y así, sin saber, me estaba columpiando en su aura de deseos añorados, para no seguir más en la monotonía de una vida sin ruta ni rumbo. Envuelta en su armónica capa negra, me tendía la mano para dejar atrás las cenizas de mi pasado de menosprecios y palizas, para por fin, sentirme liberada al sucumbir en sus brazos. En los brazos de la muerte, que me rescataba de mi cruel amado que en un torreón de amor me había encarcelado.
Fdo. La princesa de las largas trenzas

Carlos Di Urarte Esa majestuosa criatura se dirigía directamente hacia mí, así que aparté la mirada y fingí no haberme percatado de su presencia. Contemplé su reflejo de reojo, mientras se acercaba al arroyo que nos separaba. Sus crines plateadas rielaban bajo el sol estival y, cuando cruzó con un poderoso galope las aguas cristalinas, alzó cortinas relucientes de gotas diamantinas.
Me costó no sentirme impresionada por su trote poderoso, o por su cuerno marfileño. Llegó a mi lado y me rozó con sus ollares sonrosados, con cuidado de no lastimarme. Me dio dos golpecitos en el hombro. Quería que lo montara, que galopara a pelo sobre él. Me puse en pie, y le palmeé el cuello, conciliadora.
Nadie sabe qué instinto atávico impulsa a los unicornios a acercarse y dejarse montar por doncellas vírgenes, pero no pueden resistirse. En instante en el que cruzamos nuestras miradas, supo de mi engaño, pues los unicornios perciben la traición. Pero ya era tarde.
Grité la orden, y una oleada de flechas surcó el aire a la vez que me arrojaba al agua con las manos sobre la cabeza. Media docena dieron en el blanco.
Tras confirmar que estaba muerto, me volví a la tienda a beber y fumar un rato. Es dura y aburrida la vida de cebo, pero sin doncellas como yo, los alquimistas no podrían crear cosméticos ni pócimas contra la impotencia. Mi trabajo es un servicio a la comunidad.

Katie Santos Esa majestuosa criatura se dirigía directamente hacia mí.
En ese momento empecé a creer todas las historias que se contaban sobre él, y lo que su sola presencia provocaba en el alma de los hombres. Sus labios negros y mortíferos desangraban una sonrisa quebrantadora, a la vez que seductora; sus ojos, enormes, parecían dos lagunas de sangre, en cuyas profundidades creía ver mi inminente muerte. Los cielos se rasgaban en un aura gris a cada paso que daba, y la tierra se contraía al contacto con sus pezuñas que brillaban como hojas de acero. Le vi venir y quise caer de rodillas. Quería ofrecerle mi alma, a la vez que una profunda y débil voz dentro de mí pedía huir y esconderse. La fascinación eclipsaba mi miedo, sin embargo, no dejaba de escuchar como la sangre rugía en mis oídos. Él estaba frente a mí, con un brazo de cenizas, humeante y casi irreal, extendido para mí. Su pelo hirsuto le caía como cortinas oscuras alrededor del anguloso rostro, sus labios negros seguían retratando aquella lúgubre sonrisa que mostraba sus letales colmillos. Su mirada roja y ardiente fue una llamada a las sombras, a su mundo, a mi destino… Quise arrodillarme, y lo hice. Mi espada cayó con un eco lejano, justo a mi lado, pero el sonido ya parecía ser de otro mundo. Sentí su tibia garra sobre mi mejilla, hiriéndome, y la sangre fue nuestro punto de partida. Le di mi alma a mi padre eterno. Al dios de los dioses del Abismo.


Para seleccionar estos textos, desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: que cumplan el reto, la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.