Seleccionados #ViernesCreativo: “Aquel era el mejor plan…”

Seleccionados #ViernesCreativo: “Aquel era el mejor plan…”

noviembre 03 2017   

Vamos con el #ViernesCreativo, recuperando un clásico que siempre funciona muy bien: escribe un microrrelato que comience por esta frase: 
“Aquel era el mejor plan que habíamos ideado nunca”. ¡Tachán! ¿Qué ocurre, a quiénes se les ha ocurrido un plan? ¿Y qué es lo que planean? Misterio, emoción… ¡esperamos vuestras soluciones. 
Como siempre, 15 líneas máximo. 

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MICRORRELATOS CON MÁS ME GUSTAS

María de la Luz Aquel era el mejor plan que habíamos ideado nunca. Mi hermano y yo éramos unos críos de siete y ocho años de edad respectivamente. Nos chiflaba la fiesta de Halloween y no veíamos la hora de poner en marcha nuestra gran idea. Habíamos pasado un año entero abocados en el cuidado y cría de nuestras preciadas arañas que protegíamos con mucho celo para que no fueran descubiertas principalmente por nuestros padres. En un oculto rincón del patio de casa y en el hueco del tronco de un gran árbol tenían su hogar nuestras arácnidas amigas, nos habíamos ocupado mi hermano y yo de acondicionar el lugar para que no solo estuvieran cómodas sino para que también permanecieran ocultas en su morada. Nuestra preferida era una grande de color negro que tejía sin parar. Llegó el día y preparamos todo el salón de casa con la mas original decoración jamás vista, colocamos las arañas por los rincones y enseguida comenzaron a aparecer telas de araña por doquier. Cuando llegaron nuestros amigos del cole, alucinaron con el mágico ambiente que habíamos creado para nuestra celebración de Halloween. El momento culminante vino cuando nuestro compañero Matías cayó al piso convulsionando y echando una espuma blanca por la boca. Una gran araña negra yacía sobre su cuello. Todos aplaudieron lo que creían era una gran puesta en escena creada para la fiesta.

Rosa Fernandez Aquel era el mejor plan que habíamos ideado nunca.La Universidad no comenzaba hasta octubre y teníamos aún todo un mes por delante. Ana y yo reunimos el poco dinero que logramos juntar y ¡para Italia haciendo auto-stop!La salida fue memorable,apenas se nos veía por el tamaño de nuestras mochilas,pero no nos importaba, íbamos a la aventura por primera vez. Conocimos a gente maravillosa y a otra, que no lo era tanto, llegamos a lugares increibles, nos robaron parte del dinero en un camping…Cuando llegamos de vuelta a casa, estábamos pletóricas, lo habíamos conseguido,nos sentíamos casi, casi, como unas heroinas.Hoy cuando lo recuerdo, me digo a mi misma, ¡que locura, dos chicas solas!; pero claro, fue una de esas ideas que solo piensas y pones en práctica, cuando te quieres comer el mundo, cuando eres joven.Y mira por donde, a mis futuros nietos, les podrá contar “batallitas”, no solo el abuelo, también la abuela.

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OTROS MICRORRELATOS SELECCIONADOS

 

Verónica Gallardo Aquel era el mejor plan que había ideado nunca porque era simple y no requería de grandes preparativos, solo de algunos detalles. Era cuestión de acostarse y dejarse llevar. Sus párpados caían onerosos. Pero, primero, tenía que lograr que el día fuera noche; los postigos lograron la mágica transformación. La cama la llamaba, pero antes debía desconectar los teléfonos, no quería interrupciones. Pasó por la cocina, guardó unas cosas y barrió un poco, no podría dormir sabiendo que había algo sucio. Verificó que la puerta estuviera con llave. En su escritorio descubrió varios papeles y unos diccionarios fuera de lugar. Tuvo que ir al baño, limpió el inodoro, se lavó las manos y secó el lavatorio. Por fin, corrió las cobijas y se recostó, sus párpados que se cerraban solos minutos atrás, ahora se mantenían distantes uno del otro… Un quejido llegó a sus oídos desde la cuna, donde unos pequeños brazos se elevaban inciertos como queriendo atrapar el aire.

Cristi Alonso Aquel era el mejor plan que habíamos ideado nunca. En la historia de nuestra familia jamás habíamos ejecutado un robo tan colosal. Era ambicioso, lo sabíamos, pero nada podía salir mal. Juntos eramos indiscutiblemente los mejores delincuentes del barrio.
El hecho de pensar que íbamos a conseguir hacer realidad aquel proyecto me excitaba, una risa nerviosa se escapaba cada vez que pensaba en los resultados. Lo mejor es que nadie averiguaría nunca que fuimos nosotros. Esa caja de bombones que guardaba la abuela sería nuestra. El chocolate siempre fue nuestra perdición.

Maria Dolores Garrido Goñi Aquel era el mejor plan que habíamos planeado nunca.
Nos querían separar y no lo íbamos a permitir.
Íbamos a ser como Romeo y Julieta. Este amor tan grande, no lo podrían romper. En el Jardín Botánico, en una zona apartada, encontramos unos altos matorrales donde poder adentrarnos. Yo había llevado, en mí mochila, flores y pétalos para adornar la escena. ¡Qué impacto sentirán cuando nos descubran!
Nos escondimos hasta que cerraron el jardín. Me afané en hacer un lecho, que quedase hermoso, con las flores traídas . Me cambié los vaqueros y la camiseta por un camisón largo, blanco y con encajes, que había sustraído del armario de mi madre. Estaba lista para la ocasión.
Saqué el envoltorio con las pastillas de dormir que encontré en el botiquín familiar y, con movimientos solemnes, ofrecí la mitad de ellas a mi dulce enamorado.
Nos tumbamos uno junto al otro. Mi cabeza: recostada en el regazo de él. Sus brazos: uno debajo de mi cuerpo abrazaba mi cintura, otro por encima descansaba sobre mi hombro. Nuestros ojos cerrados tras susurrar un “te amo”.
—¡¿Qué coño estáis haciendo aquí?! ¡Largo! ¡Fuera! ¡Marditos chicos! ¡No sabéis ya qué hacer para joder a los mayores! ¡Largaos o llamo a la Policía!
Cogí mi mochila y salimos corriendo, asustados y asombrados de estar con vida en este prosáico mundo donde, al encontrar a dos amantes yacientes, en vez de emocionarse, se les agrede verbalmente.
Después de el consabido sermón de mis padres, me explicó mi madre que, en lugar de medicamentos, sus pastillas eran de hierbas: Melisa, malva, tila…

Alberto Postacchini Aquel era el mejor plan que habíamos ideado nunca.¡Sí!, cocineros ambos, ella llenaba la cocina con su sonrisa, su presencia magnética, solo mirarla trabajar era un deleite. Yo cocinero de fonda, con esos productos simples que todo el mundo acepta sin complicaciones, aprendía cada día de sus toques de delicada gourmet. El plan era dejar de competir, la consigna para esa madrugada: yo prepararía el primer y segundo plato. Bianca quería dedicarme un postre especial, de su tierra. Dos brusquetas de pan de campo, aceite de oliva, jamón crudo y hojas de rúcula; hongos gratinados con queso brie, sardo, vino blanco. Ella preparó Tiramisú. Nos sentamos en la mesada de trabajo del restaurante. Su mirada me traspasó cuando probó la brusqueta. No era por el pan tostado ni el jamón, algo extraño a la rutina culinaria ingresaba en la cocina. Con los fungís su placer llenó cada rincón, derrumbando paredes, lograr un sabor que cautive a una especialista era soñado para mí. Llegó el postre, ella se levantó de la banqueta que ocupaba, se acercó con una copa que terminó de preparar a mi lado, calentó la masa con el café y el chocolate, terminó el postre con el mascarpone bien frío espolvoreado con cacao. Tomó la cuchara, ella misma puso el primer bocado en mi boca. En ese momento supimos que estábamos hechos el uno para el otro. Así fue, como nuestro plan quedó desbaratado y nuestras vidas unidas. Los Medici lograron su cometido.

Graciela Brizuela Aquél era el mejor plan que habíamos ideado nunca. Durante la semana ultimamos todos los detalles, estábamos seguros que nada nos podía fallar. Ansiosos, esperamos el sábado.
Cuando los adultos se retiraron a sus habitaciones, sin hacer ruido, partimos a nuestra gran aventura.
En voz baja, mi hermano me preguntó si llevaba todo lo previsto, incluído los sándwiches. Le contesté susurrando, que no me olvidaba nada… En el recodo del camino, nos esperaban nuestros amigos, impacientes por nuestro retraso.
El sol de la siesta caía a borbotones y el aire se enrarecía por el calor. Enero en su esplendor…
Felices, caminamos riéndonos, imaginando lo que nos esperaba. Nuestras carcajadas rompían la monotonía de las horas. Llegamos al arroyo y nos arrojamos a sus aguas frescas. Luego de un rato sacamos nuestras cañas de pescar y tiramos nuestros anzuelos, esperando ver quién sacaba la mojarra más grande. Mi hermano menor presumía con sus acrobacias en el agua. En algún momento no lo vimos más… y, cuando el miedo a lo desconocido nos paralizó, el enano reapareció en las aguas turbias del arroyo. La siesta de enero nos vió volver vencidos y angustiados por lo sucedido… mi hermano tenía el abdomen como una pelota de fútbol.
Mis padres con la premura que el hecho ameritaba lo llevaron al hospital del lugar. Allí íbamos entre sus quejidos y mi aflicción. Cuando mi padre supo todo, explotó:
–¡¡¡Por Dios!!! ¡Tu hermano ha tragado agua contaminada de ese arroyo, ahí desagotan las aguas servidas del pueblo!
Puedo jurar que era un buen plan, lástima el final. Aprendí algo de lo vivido: soy el hijo mayor y, por lo tanto, responsable de mis hermanos menores. Por supuesto, lo intuí después de unas fuertes palmadas en el trasero.

Monika Fikimiki Aquel era el mejor plan que habíamos ideado nunca. Al menos eso nos parecía entonces. Lo preparamos minuciosamente, con tiempo y decisión. Sabíamos que sería arriesgado, que costaría, que el viaje era largo. Aún así, en mis momentos de duda, Marcos me apoyaba, dándome razones de sobra para atreverme a materializarlo.
Cuando era él quien flojeaba, yo le animaba, contándole cómo sería nuestra vida, cómo cambiarían las cosas.
Cumpliendo nuestros sueños, decididos, empezamos a mover.
-¡Son gemelos!- exclamó alguien- Mira…vienen cogidos de la mano…

Kathy Guerrero Bejarano Aquel era el mejor plan que habíamos ideado nunca, “mañana será el gran día” me recordó Fran antes de marcharse, yo brinqué de la alegría, al fin estaríamos juntos, nuestro amor ya no sería un amor callejero. Fran hablaría primero con sus padres antes de llevarme a vivir con él, me prometió que les contaría lo mucho que nos queremos y que soy buena chica, pero también les dirá que soy huérfana y que vivo de la caridad, tuve mucho miedo, pero Fran me dijo que soy hermosa y que sus padres se rendirán ante mis encantos.Yo le creí.
Quería darle un obsequio, y en el parque lo encontraría. Con mucho sigilo me acerqué al cochecito de un bebé y de un tirón me adueñé de un balón, uno de esos que chillan cuando se aprietan. Huí de aquel lugar a toda prisa, estaba cometiendo un delito, pero Fran valia todo sacrificio.
Al siguiente día pasé toda la mañana y tarde esperando y Fran no llegó, lo busqué en cada rincón de la ciudad pero no lo encontré…
Ramona, la gata del panadero me contó que lo había visto, llevaba en brazos a otra chica, una de esas que tienen pedigrí y lazos rosa en las orejas, dijo que fue un obsequio que le hicieron los padres por el cumpleaños, yo no lo podía creer, Fran me prometió que yo sería su obsequio.
Le di el balón a los hijos de Ramona y me fui a deambular.
Mi amigo nunca más me volvió a visitar, y yo nunca más volví a mover mi cola, cuando los otros perros me preguntan por qué, les contesto que tanta pulga no me deja ser feliz.

Catalina Saavedra Aquel era el mejor plan que habíamos ideado nunca. Era perfecto los folios estaban llenos de flechas que señalaban las salidas y las entradas del banco. Las medias negras nos quedaban perfectas. Si acaso hubo un poco de polémica porque algunos querían llevar pasamontañas. Y con esas fantasías llegó el gran día. ” Cronometremos los relojes” y todos salimos hacia el futuro, pero no habíamos tenido en cuenta un pequeño detalle , esa noche tocaba atrasar los relojes y cuando llegamos a la puerta el Santander estaba cerrado. La gente al vernos empezó a mirarnos y en un segundo cientos de móviles estaban llamando a la policía y nuestras fotos en los telediarios. Sí, era un buen plan.

Carol Belasco Aquel era el mejor plan que habíamos ideado nunca: un grito, expulsado al unísono por cientos de gargantas que ya no podían gritar.

Cuando uno está vivo cree que la muerte será un largo sueño, un paso a otro lugar o hacia la inexistencia. Todo equivocado: la muerte resultaba ser un largo encierro dentro de un cuerpo inerte que ya no podía sentir, pero al que la mente se aferraba, y así yacíamos, perdidos en una densa oscuridad, aislados de todo estímulo. Excepto el uno de noviembre: ese día podíamos escuchar el mundo otra vez, percibir la carne aún viva que acudía a visitar a los que creían ya tan lejos, con sus aromas de sangre y agua, que nos hacían soñar con vestir otra vez un traje de piel y tener otra oportunidad para caminar sobre la tierra que ahora nos cubría, pero los vivos nunca nos escuchaban.

A pesar de ello, cada uno de noviembre, todos intentábamos comunicarnos con nuestros parientes: gritábamos y llorábamos, suplicábamos y rezábamos pero, dado que ya no teníamos cuerdas vocales ni controlábamos la telepatía, todo era en vano.

Hasta que una voz sugirió unirnos, y funcionó: nos escucharon. Pero no fue como esperábamos, salieron huyendo y trajeron a un exorcista. Desde entonces yacemos sólos en la oscuridad, ya no podemos escucharlos nunca y la eterna soledad nos desespera y enloquece, sin poder volver a paladear el añejo sabor de unas vidas que ya nos parecen distantes sueños.

Luis Leonardi “Aquel era el mejor plan que habíamos ideado nunca”. Me llamo Manzanita y lo diseñé junto a mis amigos: Melocotoncito, Platanito y Naranjito. Solo necesitábamos una soga, un cubo, una pala, un palo de tres metros y una pelota de golf. Melocotoncito se encargaría de cavar una canaleja desde el borde mismo del arroyo hasta la base del manzano, evitando con una piedra que el agua no entrase en dicha zanja hasta que estuviese todo previsto. Platanito subiría a lo más alto del árbol donde ataría la soga en una rama, en lo posible la más resistente de todas. Fue el elegido para subir dado que debió ser gestado por una mona, tenía una increíble habilidad. Naranjito ataría el cubo al final de la soga, tratando que la base del mismo estuviese apenas a cinco centímetros del suelo, de alguna manera amortiguaría el golpe. Yo colocaría una punta del palo en la zanja y la otra apoyada suavemente en esa rosada, maravillosa y encantadora manzana que robó mi corazón. Luego quitaría la piedra que evitaba que el agua avance y dejaría que la corriente de agua empujase la pelota de golf para que golpee suavemente el palo contra mi amor y así cayese dentro del cubo. No podría fallar nada, pero estaba nervioso, al fin podría declararle mi amor. —Manzanita —dijo Melocotoncito—, tu chica está apenas unos centímetros de mi mano, ¿si quieres la bajo yo? —¿Y para qué pensamos tanto? —reflexioné..


Para seleccionar estos textos, desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: que cumplan el reto, la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.

Un abrazo a todos/as y a seguir escribiendo.