Seleccionados #ViernesCreativo: Alguien que lo pierde todo

Seleccionados #ViernesCreativo: Alguien que lo pierde todo

abril 20 2018   

El reto de esta semana viene de la Agenda para Escritores y personas creativas. Explicábamos allí que un relato suele tener más fuerza cuando el problema afecta más a la vida del personaje, entonces os proponemos: 
>>Escribir un microrrelato (15 líneas máximo) en el que un personaje está A PUNTO DE PERDERLO TODO.
Puede ser que al final se solucione, o no, o parcialmente… puede ser una historia realista, o histórica, o de cualquier otro género.
>Reto extra: para quienes quieran ponerse más a prueba, les proponemos que ese personaje sea un PERSONAJE FANTÁSTICO (un vampiro, un fantasma, un hada, un mago…).  ¡A ver qué surge!    

Recordad que desde nuestra APP gratuita de Portaldelescritor podéis acceder al grupo de Facebook desde vuestro móvil y leer allí mismo el reto, además contar con un generador de personajes y  los consejos de escritura del blog de Diana P. Morales.

MICRORRELATOS CON MÁS ME GUSTAS

Carlos Di Urarte El jinete escuálido tiró de las riendas de su alazán. Se inclinó hacia delante, apoyando los pies en los estribos. Contempló los escombros de la clínica. Bajo la lluvia negra, los cuerpos apenas eran sombras difuminadas. La onda expansiva los había volatilizado.
Cruzó las manos huesudas sobre el pomo de la silla y volvió la cabeza hacia su compañero, que le seguía de cerca, a lomos de su yegua blanca favorita. Este se puso a su nivel, y también contempló el resultado de la bomba nuclear mientras se ajustaba el carcaj al hombro.
—No habrá otra como esta —dijo el jinete del caballo bermejo —. Ha sido la madre de todas, la última de ellas. Los hombres aprenderán la lección, y tú y yo lo perderemos todo.
—Los hombres necesitan la sangre más que el aire. La suya para vivir, la de los demás para sentir que sus vidas tienen sentido. Está en su naturaleza. Nunca dejaremos de existir.
El jinete de la yegua blanca colgó el arco de la silla sin dar importancia al temor de Guerra.
Guerra picó con las espuelas a su alazán y prosiguió el viaje, ajeno a la radiación. La empuñadura de bronce de su espada refulgió ante los primeros rayos de sol.
—Supongo que tienes razón, Conquista. Pero es que este siglo XX está siendo muy bueno para mí. Dudo que el venidero tenga tantas guerras.

Veronika Lorite El día que supe que iba a morir lloré. Sí, lloré. No me avergüenza decirlo, aunque claro ahora nadie puede oírlo. Ese día fui a la playa, caminé descalzo por la orilla y sentí como mis pies eran acariciados por la arena. Miré al horizonte por largas horas, a ese punto donde el mar se funde con el cielo y pensé que tal vez así ocurría con el cielo y el infierno y que posiblemente yo quedaría atrapado en el medio, ni tan bueno, ni tan santo, ni tan ruin, ni bastardo… O tal vez todo desaparecería en una gran nada, ese pensamiento me hizo estremecer y rápidamente intente darme otras opciones: quedar atrapado en un castillo tampoco sonaba tan mal, incluso asustar a pobres niños estaría bien… La brisa marina me advirtió de la humedad en mi rostro y no vi la necesidad de limpiarlo. Lloré y mucho. No quería dejar de sentir la arena, el viento y la humedad. Echaría tanto en falta los colores, la música y las risas. Su risa. La echaría tanto de menos… Ese día no pensé que quedaría atrapado a su lado. Viéndola caer. Y si crees que llorar fue malo no tienes ni idea de lo que es no poder llorar, no poder hablar, ni poder tocar y tener que ver. Y sí, saber que vas a morir es malo, pero saber que va a morir es aún peor. Y no saber lo que va a pasar entonces es aterrador. Y ahí estás tú, o tu alma, junto a la mujer que amas. Viéndola partir. Y crees que la oyes susurrar tu nombre y por un momento te mira. Y luego nada. Una carcasa vacía… y por un momento deseas estar en esa gran nada. Hasta que escuchas su risa y quieres llorar, pero de alegría.

Me gustas: 12

OTROS MICRORRELATOS SELECCIONADOS

Edith Bastos -Benito, tu pena te ha lavado- dijo Malena susurrante.
Sin casi oírla Benito se deslizaba etéreo de una pieza a otra dejando golpear las puertas, sin necesidad cuando podía atravesarlas, solo a modo de desahogo.
Malena lo siguió, ella actuaba de emisaria por haber sido la primera en habitar aquella casona olvidada hace siglos.
-¡Ya basta Benito!- Decía la terminante orden mental enviada, que lo hizo desplomarse en el desvencijado sofá.
Las dos sombras se abrazaron, -no quiero perderte- volvió a susurrar Malena. -Pero el orden así lo exige.
-Debo comunicarte que tu pena te lavó, estas curado y listo para volver. Mañana a las 9 horas AM humana, volverás a nacer en una cesárea programada.

María José Mientras nos conducían por el camino hacia el cadalso, la gente no paraba de insultarnos y maldecirnos, nos arrojaban piedras y basura, e incluso nos escupían.
Luis, sentado frente a mí en el hediondo carro de madera con forma de jaula, lloraba inconsolable. Nuestras ropas, no eran ya, ni la sombra de las que lucíamos días atrás. El griterío de la muchedumbre asustaba al más fiero de los mortales. No era ninguna pesadilla.
El carro paró en seco y nos fueron sacando de él a tirones, y a empujones nos hicieron subir las escaleras.
Desde allí, pudimos oír al pueblo gritar ensordecedoramente
– ¡Muerteeeee!
El último rayo de sol brilló en el filo de madamme guillotina. No servían arrepentimientos. Yo, Mariantonieta, después de haberlo tenido todo en la vida, vi mi cabeza pender de un hilo, derramando lágrimas de sangre, al grito del populacho:
¡Liberté, egalité, fraternité!

Karina Castillo Peinado Hoy me levanté con las patas izquierdas y he salido a la calle con la crin llena de enredos.
Hoy me encuentro en la escala de grises casi negros.
Hoy no hay rastro de arcoíris ni frases motivadoras.
Hoy le daré una coz al mundo entero.

Firmado: el unicornio de Mr. Wonderful.

María Jesús Díez García —¡Gracias a dios, por fin has llegado! Me estaba volviendo loca. —La presidenta de la Comunidad se levantó con brusquedad cuando la puerta de su despacho se abrió para dar paso a su jefa de gabinete.
—Ante todo, no te pongas nerviosa —dijo la recién llegada—. Enseguida empiezo a organizar una rueda de prensa y vamos a hacer que se metan sus mentiras por…
No pudo terminar la frase al ver el gesto contrito de la presidenta, que negaba con la cabeza.
—No me jodas, Cristina. ¿Es verdad que te dieron el título por la cara?
—Hombre, tampoco es que fuera por la cara, porque pagué una pasta. En fin —añadió con rapidez—, tiene que haber algo que podamos hacer, Marisa. No puedo creer que vaya a perder la presidencia, y justo ahora que tenía los niveles más altos de popularidad.
La responsable de comunicación meditó durante unos instantes.
—Bueno —comentó al fin—, creo que si lo organizamos bien, das la cara con humildad y mantienes un tono arrepentido, la gente puede llegar a empatizar y…
—Pero ¿qué dices, admitirlo? Eso es lo último. Me refería a algo como a poner a los becarios a escribirme un trabajo de fin de curso, por ejemplo. Yo no he llegado tan lejos para perderlo todo ahora por una tontería.

Eloina Calvete Garcia Dimas

Hacía casi dos milenios que lo habían crucificado, pero el recuerdo de Dimas, el Buen Ladrón que acompañaba a Jesús en el Gólgota, persistía en su memoria. Él también se llamaba Dimas; y pronto sería un ladrón. No estaba seguro de que mañana le calificaran de ‘bueno’, pero poco importaba. La sucursal bancaria de su barrio, la misma que amenazaba con dejarlo sin vivienda, abriría en pocos minutos. El pequeño piso era cuanto le quedaba. Sin trabajo, sin familia, sin amigos; solo tenía un puñado de recuerdos amontonados entre las cuatro paredes del minúsculo apartamento que pudo comprar cuando las cosas le iban medio bien.
Sabía lo que tenía que hacer, era fácil, estaba harto de verlo en las películas.
Dimas se ajustó la media sobre el rostro, se caló una gorra y escondió en su cazadora una pistola de juguete. Solo tenía que cruzar la calle, entrar en la sucursal, gritar ‘arriba las manos’ y llevarse todo el dinero de la caja…
Cuando cayó al suelo mal herido recordó algunos detalles que había pasado por alto: el guardia jurado, el timbre de alarma, y el más importante de todos, las armas de los policías son de verdad.

Esther Trello Arias El viaje en tren duró tres días.
Viktor dormía acostado sobre su maletín de médico, rodeado de un centenar de prisioneros, en un vagón que apestaba a orina y excrementos.
Llegaron a su destino y comenzó la primera selección. Él pasó a formar parte de la cola derecha, la de los trabajos forzados, y su amigo fue a parar a la cola izquierda. Más tarde, preguntó por él, alguien señaló una nube de humo ascendiendo y dijo:
—Eso es lo que queda de tu amigo.
A continuación, les quitaron la ropa y Viktor suplicó que le dejaran quedarse con un manuscrito científico, la obra de su vida reducida a un rollo de papel.
Pero se lo arrebataron después de golpearle y llamarle escoria.
A partir de ahora, su única posesión sería la existencia desnuda.
Pasó más de dos años preso en cuatro campos de concentración, cavando y poniendo traviesas en las vías del ferrocarril.
Pero entre golpe y golpe, suicidios y vejaciones, valiéndose de sus estudios en psiquiatría observó las fases de las reacciones mentales en los internados.
Y comprobó que se nos puede quitar todo, excepto la mayor libertad que posee el ser humano; la de escoger nuestra propia actitud y luchar por encontrar sentido a la propia vida. Ver un sentido en nuestro sufrimiento y moldearlo en un logro

 


Para seleccionar estos textos, desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: que cumplan el reto, la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.