Seleccionados #ViernesCreativo: 30 japoneses

Seleccionados #ViernesCreativo: 30 japoneses

octubre 05 2018   

En esta ocasión, os animamos a escribir: 
>> Un microrrelato (15 líneas máximo de word) en el que APAREZCAN 30 JAPONESES/AS y QUE NO SUCEDA EN JAPÓN, claro , si no sería demasiado fácil 
Pueden ser turistas, personas de negocios, extras de cine, una familia muy numerosa, viajeros en el tiempo o un comando ninja… ¡sorprendednos!  
RETO EXTRA: (sólo para quien se anime) que además aparezca, y tenga importancia en la trama, una MARIPOSA (real, o dibujada, o tatuada…) 

Recordad que desde nuestra APP gratuita de Portaldelescritor podéis acceder al grupo de Facebook desde vuestro móvil y leer allí mismo el reto, además contar con un generador de personajes e historias, un manual gratis para escritores y  los consejos de escritura del blog de Diana P. Morales.

TEXTO CON MÁS ME GUSTAS

David Santana García «La número dieciocho, quizás, pero ésta es un desastre». Eduardo se acercó a ella mientras dormía y puso el pañuelo impregnado en cloroformo sobre la chica.
«Esta vez sí lo conseguiré. Tiene que ser ésta, la número treinta la traerá de vuelta de nuevo» Entró en el laboratorio con el cuerpo de la muchacha sobre sus hombros. Tras una estantería llena de antiguos tomos médicos soltó el cadáver alrededor de los otro veintinueve errores. Ninguna de ellas había conseguido estar a la altura. No tenían la chispa adecuada, ni el ingenio que tantas veces le había hecho sonreír. Todas eran copias idénticas rellenas de puro vacío que no estarían nunca a la altura de Hikaru. Los cuerpos desnudos se amontonaban. Cada uno de ellos le recordaba su fracaso y su profunda desesperación por haberla perdido.
«Hikaru, mi pequeña Hikaru. Regresa conmigo». Encendió la maquina de nuevo. Colocó la muestra de sangre en el dispositivo y la larva comenzó a crecer. Se quedó dormido a la espera del desarrollo de una nueva criatura. Pronto, su nueva mariposa estaría junto a él. Al despertar la vio acercarse. Hermosa, con sus ojos rasgados y el cuerpo desnudo. El pelo aun lleno de polvo se movía a cada paso que daba. La cogió de la mano y se acercó a darle un beso deseando que esta vez sí estuviera allí.

Me gustas: 17

CINCO TEXTOS SELECCIONADOS POR SU CALIDAD U ORIGINALIDAD

Jose M Fernández El teniente Tanaka sabía que la posición era insostenible. Refugiado en el búnker con la mitad de su compañía, contemplaba impotente el inexorable avance de los norteamericanos. Mantenía la posición por la solidez de las fortificaciones, pero no podía hacer mucho más con sólo treinta hombres. Tanaka tenía claro que, a pesar de todo, no se rendiría jamás.
Recordó entonces un viejo cuento que le narraba su abuelo. Cuatro samurais se prestaron a defender una aldea frente a los abusos de su señor y, tras una dura batalla, perecieron. El noble, conmovido por su valentía, quiso incinerarlos con honores. Según contaba su abuelo, de sus cuerpos quemados salieron blancas mariposas que ascendieron a un cielo azul: eran sus espíritus, libres y honorables.
A la mañana siguiente, antes del amanecer, ordenó a sus hombres que calasen bayonetas y, con el sol naciente, mandó cargar contra los norteamericanos. Ningún japonés sobrevivió. El capitán Johnson reconoció su valor y ordenó que los enterrasen allí mismo. Esa noche, algunos soldados afirmaron haber visto cómo pálidas mariposas sobrevolaban las tumbas japonesas.

María Jesús Díez García Hiroki estaba más que harto de la grabación de aquel videoclip. La gente pensaba que ser una estrella del j-pop era un chollo, pero no veían todo el trabajo que había detrás. Cuando todo terminara, verían un video de cinco minutos espectacular y cuidadosamente editado; no sabrían nada del calor asfixiante que sentían en ese momento él y sus 30 bailarines, agravado por los trajes y corbatas que llevaban; ni de las interminables repeticiones hasta lograr que la coreografía quedara impecable.
—¡Vamos a hacer una pausa! —exclamó el director. Aprovechó la ocasión para acercarse a Takumi.
—Tenía que haber elegido otra de las propuestas —se quejó. Con él podía ser él mismo.
—¿Qué dices? Wall Street es el escenario perfecto para “Uncountable love”.
—En una playa paradisíaca también quedaría bien. Y luego podríamos descansar los dos juntos —añadió bajando la voz.
El sonido del móvil de su bailarín y pareja (sonrió al reconocer los acordes de su tema “Tropical Butterfly”) impidió que le respondiera.
—Tengo que contestar —dijo, alejándose hasta estar seguro de que no podía escucharle.
—Sí, la bomba está en el maletín —susurró entonces—. No, como miembro del equipo no he tenido que pasar controles de seguridad, igual que cuando vinimos en el avión privado de Hiroki. Fue una gran idea ganarme su confianza, señor.
Al otro lado de la línea, el líder del grupo terrorista Nuevo Sol contaba los minutos hasta la activación del artefacto. Estados Unidos pagaría por haber bombardeado Japón en la Segunda Guerra Mundial. Aquel era solo el primer paso: poco a poco, recuperarían su posición como potencia mundial.

Carol Belasco Brillaba iridiscente sobre la piel: un trabajo soberbio, sólo al alcance de unos pocos maestros del tebori. Apenas podía ver el principio del ala de la mariposa pero sabía que se extendería por toda su piel, desplegando orgullosa su belleza. La dueña del tatuaje no iba sola, otras mujeres la acompañaban, contó unas treinta. Dos ya serían demasiadas: aquello era un pequeño ejército. Solo las llamaban cuando deseaban un exterminio total: Las Jigokuchō eran letales, verlas era la antesala de la muerte. En el fondo las había estado esperando: Uno no abandonaba la familia tan fácilmente, ni siquiera ocultándose al otro lado del planeta.
Avanzó hacia ellas. Lejos de la casa donde vivía su nueva familia se sentía optimista, quizá podría salvarlos. Aunque la temperatura exterior era muy baja se quitó la ropa para mostrarles su piel: sus tatuajes habían sido memoria de un pasado que despreciaba, aquella fría mañana de abril fueron también su desafío pues mostrarlos en público era un deshonor. La más vieja le sonrió rápida como un látigo, e igual de cruel, y se inclinó hacia él. Sus uñas eran cuchillas afiladas, pero no se resistió, estaba allí para tomar el castigo. Se llevaron los diez, dejándole las manos convertidas en muñones sangrientos, fue una sorpresa sobrevivir pero entendió el mensaje: La familia aguardaba, o regresaba con ellas, como un hijo pródigo y arrepentido, o le llevarían en pedazos junto con todos los demás. Se puso en camino, un rastro de sangre le precedía, pero nadie se entrometió, ellas eran demasiado aterradoras. Sería duro explicarles porque les abandonaba de repente. Su nueva familia: un desafío a la ley yakuza.
Mientras ellas esperaban, mortíferas y silenciosas en mitad de la calle, vendó sus manos y le dijo adiós al hombre que amaba, los niños que habían acogido, la familia que habían formado, y se resignó a aceptar su legado y regresar a Japón como heredero de la familia Yamaguchi Yumi .

Nora Dolaus En la oficina, ese día, lo primero que se escacharraró fue la cafetera. Era una mañana fría de lunes y aún faltaban veinte minutos para empezar la jornada. Al puto tráfico que había esperado se le pegaron las sábanas y, contra pronóstico, me encontré las calles vacías. Así que llegué de las primeras al despacho, arrepintiéndome de no haberme quedado media hora más en la cama. Para asegurarme de que no era un sueño, me dirigí al office y tras buscar mi taza de la suerte, la llené de café. O esa era mi intención, porque fué apretar el botoncito de “expreso con doble de azúcar” y quedar toda la oficina a oscuras. Vaya, toma cortocircuito, me dije, pues sí que empezamos bien la semana.
De camino a la mesa de Sebastián, técnico de mantenimiento, me extrañó comprobar que su pantalla de ordenador estaba iluminada. No había rastro del chispas por ninguna parte, todas las luces apagadas, y, sin embargo, su ordenador funcionando con normalidad. Me acerqué y me impresionó ver a Sebastián dentro del monitor, haciéndome señas para que me acercase y le ayudara a escapar de la pantalla, quería salir de allí. Estaba desesperado y aporreaba frenéticamente el cristal por dentro. No podré olvidar en la vida su nariz pegada al interior del monitor, el moflete chafado, los puños alternándose intentando derribar desde dentro en muro en el que parecía haberse quedado encerrado. Chillé del sobresalto, temiendo que si daban la luz, Sebastián moriría electrocutado. Y en ese momento, lo juro, de la fotocopiadora empezaron a salir japoneses en fila. Uno tras otro. Igualitos. Con traje negro, camisa blanca y corbata azul. Parecían de goma. En serio. Conté treinta japoneses antes de quedarme sin respirar al ver que estaban vivos, habían formado una fila, y avanzaban en mi dirección a pasos simétricamente acompasados. Su expresión era siniestra, en serio. Le prometo que estoy contándole absolutamente toda la verdad: ¡creo que querían comerme! Y no. No pienso firmar la baja, doctor. De ninguna manera.

Edith Bastos La tarde caía sobre el mar tiñéndolo de un rosa etéreo casi fantasmal, que contagiaba a la arena en cada ola. -Es como si cayeran pétalos de cerezos del cielo- pensó Aiko.
La brisa recordaba el verano y los olores que venían de la cocina transportaban a Aiko a su niñez en Tokio. El pescado crudo macerándose en salsa de soja completaba su aroma con el tofu friéndose y la vaporiera repleta de vegetales inundaba la casa de los olores que invitaban a la cena. Casi podía adivinar a su abuela moviéndose ágilmente entre las ollas, como aletean las mariposas.
Aiko se mecía en el corredor disfrutando los aromas y mirando caer el sol sobre el horizonte. Abstraída en sus pensamientos no escuchó el teléfono, se sobresaltó al sentir llorar a su madre con el tubo agarrado con fuerza.
Había llegado esa tarde, estudiaba en la Universidad de Buenos Aires. Su madre corrió a encender el televisor, sin parar de llorar. La imágenes le parecieron confusas, mostraban otro mar cerrado en una niebla espesa. La voz del locutor daba la noticia de la emergencia del buque pesquero japonés en aguas del Mar Argentino.
Lentamente pasaban las fotografías de los treinta tripulantes rescatados semicongelados de las aguas, sin haber hallado todavía el buque.
Rostros y nombres, uno a uno, sus historias de vida, y su parte médico.
Debió sostener a su madre cuando sintió el nombre de su hermano, Akiyoshi Himura, treinta años, soltero, internado en Rio Gallegos, fuera de peligro.


Para seleccionar estos textos, desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: que cumplan el reto, la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.