Seleccionados del reto: microrrelatos sigue el hilo

Seleccionados del reto: microrrelatos sigue el hilo

Julio 17 2017   

 

 

MICRORRELATOS CON MÁS ME GUSTAS

Maria Dolores Garrido Goñi Como que el tiempo que tengo no se fuera acabando.
Así he decidido vivir.
Me dicen: “Ya eres mayor para eso”, “¿A tu edad para qué complicarse?”
Pienso emprender cualquier proyecto que me ilusione, realizar los viajes que me motiven, vestir las ropas que me identifiquen, en fin: ser la autentica YO sin importar la edad que tenga.
¿Qué sentido tiene vivir como los demás desean? ¡Mi vida es mi turno de ser yo!
Cuando me critican, pienso que algo debo de estar haciendo bien, porque la mayoría de las críticas vienen de la frustración ajena por no atreverse a hacer lo que desean.
Vivir es una aventura que hay que experimentar hasta el final y como no sé cuanto va a durar, cada día es una oportunidad para hacer algo que deje mi marca.

Comienzo con la frase final de Neo Zevlag

Me gustas: 17

OTROS TEXTOS SELECCIONADOS

 

M.J. Arillo “Es lo que siempre ha soñado: una escritora.” La mujer que tenía delante, con su cabello negro revuelto de rizos indomables, sus gafas casi en la punta de su graciosa nariz respingona, su mirada perdida en el cuaderno que tenía enfrente, su café a medio terminar, sus montañas de libros leídos y releídos por toda la habitación, su luz en la mesilla encendida eternamente, su amorosa gata blanca dormida calentándole los pies…, definitivo, su añorada búsqueda había terminado: ¡era ella! Se estiró, se asomó por su hombro derecho, como un niño impaciente esperando un regalo, pasó delicadamente por su cuello y, en una de sus respiraciones acompasadas y suaves, junto con el aire que nutría sus pulmones, Inspiración, la musa que todos anhelan…como el amor verdadero, invadió cada poro de su cuerpo y de su alma. Se quedó a vivir allí y los frutos de esa unión cautivaron a todo el que tuvo la suerte de leerlos.(Comienzo del final de Carol Belasco)

Manuel Angel Ruiz Martinez A raíz de la última frase del texto de Glauka Kivara

“Todos cabemos en el paraíso” es lo que debieron pensar todos los subsaharianos que, tras meses de travesía, alcanzaron el lugar de la costa marroquí desde el que el desvencijado cayuco que había preparado para ellos el mafioso de turno, partiría. Para un hombre joven sin perspectivas en la vida, un país de la Europa austral como España es eso, un paraíso.
Aprovechando la bonanza de la climatología prevista para los próximos días, los cayucos se hacían a la mar cargados de sueños y necesidades, de esperanzas y anhelos…en definitiva, cargados de vida.
Y entonces, el mar, como un crupier sin escrúpulos, hizo girar la ruleta.

 

Elisabeth Rayo Psicóloga Ya estoy en el fin. Camino con paso vacilante. Mi corazón late atronador y la sangre llega con fuerza a mis oídos, presionando mis tímpanos. La boca pastosa saborea el miedo. Mis ojos observan desorbitados mi destino. Cierro las manos y me acaricio las palmas sudorosas con la punta de los dedos. Me detengo. Escucho los gritos a mi alrededor, los chillidos de los niños y las imprecaciones de los adultos, pero no puedo moverme. Estoy clavado en el mismo punto, incapaz de avanzar o retroceder.

Un empleado del parque acuático se acerca con expresión de fastidio. Me habla pero su voz se confunde con la algarabía del resto de clientes. Sabía que iba a estar alto, pero no había previsto que bajar por aquel tobogán iba a ser como saltar al vacío. ¡Maldita psicóloga! “Afronta tus miedos”, dijo. Es cierto que me recomendó empezar por lo más sencillo. Yo he ido directo a la parte alta de la lista. Pensé que, si podía lanzarme desde aquí, el resto de mis miedos me parecerían absurdos en comparación. ¡Qué manera de hacer el ridículo! ¡No puedo, no puedo hacerlo!

(Sobre la última frase de María José Rodríguez Macías)

Ainnita Kirschlert Y así había sido desde el primer día, unas lágrimas y muchas risas. Hacía un chiste para que me deshiciera en risas y el llanto se desvanecía. Pero cuando estaba solo no podía hacer nada y los demonios susurraban en mi cabeza. Él se sentía culpable por dejarme solo. Yo me sentía culpable por hacerle sentir mal cuando lo que más quería era reír a su lado.
Una tarde lluviosa de junio me encontró agazapado en el hueco de la escalera del sótano. Se acercó en silencio y me abrazó durante horas. No hizo chistes. No sonrió como solía hacer.
—Lo siento — balbuceó en un susurro. Estaba llorando.
En ese instante olvidé los demonios, me olvidé de mí y el porqué estaba allí. Le abracé, intentando transmitirle todas las risas que él me había regalado todo ese tiempo.
—Estoy aquí —susurré para calmarle—. No estás solo.
Nunca volveríamos a estar solos.

(de la última frase de Verónica Lorite)

Verónica Lorite “Hoy es mi último adiós…” pensaba Joana, mientras miraba con cierta nostalgia a todo lo que la rodeaba. Su madre estaba tan exultante de felicidad que no era capaz de decirle lo triste que ella se sentía, así que cada vez que aparecía con una nueva bolsa para recoger todo, ella forzaba una sonrisa.
Llevaba allí, cerca de dos años, entre idas y venidas, entre altos y bajos, entre buenas y malas noticias. Y en ese tiempo, el ala oeste del hospital infantil se había convertido en su casa, su escuela, su parque, su cine… echaría de menos a todos los que dejaba atrás, pero lo que más miedo le daba era olvidar a Juan, y a Ana. Era como si dejara allí su recuerdo, abandonado para siempre.
— ¡Hoy es el gran día, princesa!— Marta entraba por la puerta, risueña como cada mañana — ¡Uy, uy, uy! ¿Y esa carita? Anda, ven aquí. — La pequeña se acercó al lado de la enfermera, y apoyó la carita en su enorme y blandita barriga, y ella la abrazó. — Yo también te echaré de menos, pero debes salir ahí fuera y vivir. ¿Me lo prometes? — la pequeña asintió, mientras se limpiaba una lágrima de su rostro, gesto que con disimulo también realizó Marta.
—Prometido— dijo con la voz rota— y algún día seré como tú, Martita.
— ¿Grande y gorda? ¡Ni hablar!— prácticamente gritó estallando en risas, que poco a poco se le contagiaron a la pequeña. Y así había sido desde el primer día, unas lágrimas y muchas risas…

Rosa Fernandez (A partir de la última frase del relato de Alberto Postacchini)

Pero quién me quita lo bailado -se dijo a sí mismo-.Sentado, contemplaba a través de la ventana el atardecer.Quizás aquella luz, ya casi otoñal, lo llevó a echar la vista atrás.Viajó por rostros y lenguajes diferentes; supo del amor y del desamor, de la amistad y de la traición, de la paternidad…Y sí, no tenía casa propia, ni coche, tampoco un Apple o un plan privado de pensiones. Sí, le llamaban perdedor; no importaba, había vivido.

Maria Jose ‘Mi futuro y mi prioridad, es olvidarte’, me repito a mi misma cada mañana, como un mantra, nada más abrir los ojos. Me siento en el borde de la cama, cansada de mil noches de insomnio cansino e irreverente y observo los primeros rayos de sol que se cuelan por mi ventana. Una mueca de mi boca imita una triste sonrisa ante el espejo de la cómoda. Necesito un café cargado de recuerdos, doble de azúcar, que reste amargura a tu ausencia. Necesito dormir durante días y despertar sin saber quién soy ni donde me encuentro.

Sna Mele Su familia se fue a vivir a la capital, y nadie se lo había consultado. Sólo tenía doce años, pero ya sabía que necesitaba la majestuosidad del árbol, el transcurrir del río, el trino del pájaro, el olor a ganado y el aroma a tierra mojada y fértil, para su inspiración poética.
Sus padres no creían que con la poesía lograría llenar nunca la nevera. No entendían que la literatura era su vida. Ni siquiera pudo coger sus libros. No cabían en el coche.
Sin pensárselo dos veces preparó la maleta y aprovechó la oscuridad de la noche para escaparse.
Cuando llegó a la aldea, la acogió su abuela. Sus padres pensaron que se aburriría en cuatro días, así que la dejaron a su cargo.
Siete años después, con un ejemplar de su primer poemario publicado, volvió a casa, a dar y recibir abrazos atrasados.
El tiempo le dio la razón a la poeta.

Alberto Postacchini “Sentir el fuego en las entrañas de una forma de amar incomprendida” no era justamente lo que sucedía. Había pasado por la tasca de Julián Troncoso, allí me encontré con mis amigos, Ramón, Luis, Gregorio, Floreal;el jamón crudo, queso de cabra, olivos, berenjenas y varias cañas de cerveza, son el desencadenante de ese ardor que el amigo Rito quiere justificar con tanto amor. Lo mío es más prosaico; fui un glotón desesperado. Pero quién me quita lo bailado.

Yolanda Fraile Carreras “Una decisión en una mala noche y con un mal acompañante… y la cagada de mi vida me perseguirá el resto de mis días”.

Luis ensayaba cada mañana frente al espejo la escena. Eran ya seis años de noviazgo con Ángela y todavía no se atrevía a contarle su mayor vergüenza, su peor hazaña: la que le había llevado a la cárcel por un periodo de cuatro años.
Ocurrió cuando no era más que un imberbe inconsciente que cree que se va a comer el mundo de una única dentellada y la vida se le indigesta con apenas el primer bocado.  El cocktail de hormonas, coca y alcohol se adueñó de su cuerpo gigante con una mente aún sin madurar y el desenlace fue el peor que cabía de esperar.
Una pelea por una chica en el local de moda del momento con la combinación explosiva corriendo por sus venas…y un cadáver al que rendir homenaje cada año nuevo.
“Ángela; yo una vez maté a un hombre”.
Y sumaban otro aniversario con aquel secreto oculto.

 


Recordad que, para seleccionar estos texto

s, desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: que cumplan el reto, la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.

Un abrazo a todos/as y a seguir escribiendo.