Escribir una historia que tenga lugar durante el asesinato de Kennedy

Escribir una historia que tenga lugar durante el asesinato de Kennedy

abril 21 2017   

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Glauka Kivara Sally tenía quince años, muchos libros y mucha rebeldía. Sus padres, convencidos demócratas, no entendían cómo una muchacha tan inteligente podía albergar tanta rabia hacia la sociedad, en general, y hacía su querido presidente Kennedy, en particular. Habían conseguido traerla al desfile, pero no habían podido evitar que vistiera de negro y mirase con ceño fruncido la limusina. En cierto momento, imitó con su mano derecha el disparo de una pistola: el presidente se llevó las manos a la garganta y cinco segundos después, recibió un segundo impacto en el cráneo y murió. Sally necesitó muchos años para convencerse de que sus manos no tenían la capacidad de matar.

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Teresa Lluqueta Este iba a ser el gran día, amanecí liviana, mi cuerpo etéreo se suspendía en el viento. Bajé escasamente unos metros y me introduje a través de aquella ventana con cristales humedecidos por el rocío matinal.
Él entró con tiempo suficiente para preparar el arma; no sabía que le acompañaba en ese momento, pero dejé notar mi presencia, mi aroma, mi impetuoso frenesí.
El coche presidencial estaba ya en el objetivo de mira, él titubeó: no sé qué le hacía dudar, empujé su dedo sobre el gatillo y la bala salió con trayectoria certera irrumpiendo en el cráneo de J F Kennedy.
Saldé mi venganza, ya pude descansar.
Fdo. El espectro de Marilyn Monroe

 

Pedro De La Rosa Rodríguez El viejo Tyron Cooper tenía un problema. En realidad tenía varios, pero era un hombre de perspectiva inmediata. No se agobiaba por su situación, y se concentraba en el asunto más cercano. Y éste era no verse involucrado. Si ya en un principio le había costado acercarse a la avenida principal, ahora un mendigo negro desconcertado era alguien en quien fijarse. Al despertar bajo la raquítica sombra del arbolito con gritos y sirenas aullando,y ver gente corriendo en todas direcciones, un hombre de su posición sabía que debía desaparecer; solo parecía no haber dirección adecuada. Cuando entre el caos general, el descapotable y más coches abandonaron la amplia avenida para meterse por calles adyacentes, el bueno de Tyron cruzó una curva por la que había pasado la vorágine enloquecida. No sabía cómo había llegado a la calzada aquella estilográfica reluciente, pero no desaprovechó la ocasión de recogerlo. Otro problema era que no sabía leer, pero aunque no tenía bien claro cuál era la J, la F, o la K, no tenía duda sobre su dueño. Dudó si limpiar la mancha de sangre mientras reparaba en su siguiente dilema: resolver su hambre vieja o estar lo suficiente ebrio para despistarla. Con sonrisa descarada, pensó que podría canjearla en el bar por plato y botella. Lástima de perspectiva inmediata.

 

Edith Bastos Nuevamente se aproxima el aniversario del magnicidio mas terrible de la historia. El que cambió para siempre el rumbo de los Estados Unidos de América, al corroer las bases de la democracia mas importante de América: la confianza en sus instituciones.
Con mis 79 años ya no tengo fuerzas para soportar actos y homenajes.
Esta mañana estuve en Arlington, fui a despedirme de ellos. Descansan en la colina de los héroes junto a su primogénito. Les rogué un perdón que no merezco.
Nada salió como debía, nada de lo prometido se cumplió. No soporto ver hundirse cada vez más a mi país sin sentirme parte de su debacle.
Mis habilidades en artes marciales me pusieron en el lugar equivocado en el momento justo: la custodia presidencial. Mis escasos años y mi ambición hicieron el resto.
Soy el reaseguro del éxito, la última carta de un juego macabro de poder. Soy el cuarto disparo.

Ricardo Granda Vásquez Dilemas desde el Kremlin

— ¡Primer secretario! ¡Acaban de asesinar al presidente de los Estados Unidos!
—¿Y no hemos sido nosotros?

 

Carmen Trujillo Cuando mataron a JFK todas las televisiones del mundo mostraron las imágenes de su asesinato. Una de las balas golpeó al presidente, y atravesó al gobernador Connally, que iba delante en el automóvil. La bala siguió abriéndose camino. Acertó a una golondrina en pleno vuelo. Luego, llegó a una escuela, donde un maestro leía a sus alumnos, un trozo de la novela “Matar a un ruiseñor”. Agujereó el libro y salió zumbando malignamente por la ventana abierta. Golpeó eufórica la campana de una iglesia, haciéndola tañer lastimera, a muerto. La bala no paraba y la gente la veía pasar con una mezcla de estupor y reverencia. Hizo añicos la brújula de la goleta “Esperanza”, que aún hoy sigue perdida. Fue en el año 1984, el agente de policía Jack Flynn, estrenaba chaleco. Se interpuso en su trayectoria cuando fue directa a su hijo. La bala se quedó quieta, chirriando y evacuando nubecillas de humo negro y furioso. Se había quedado atrapada entre las fibras de kevlar, como una avispa moribunda. Un periodista escribió aliviado: la bala ha muerto. Quien quiera puede ir a verla al Museo Smithsonian. Está dentro de una vitrina de cristal blindado, a prueba de balas, por supuesto.

 

Cristi Alonso El teléfono sonó dos veces, cuando descolgué solo escuché tres palabras: Enciende la televisión. Reconocí esa voz al momento y me temí lo peor. Mi televisor estaba estropeado y tardaba unos segundos en encenderse, esos instantes se me hicieron eternos. Al fin las imágenes aparecieron en la pantalla. Sí, era lo que me temía. Hacía una semana había soñado que sucedería. Se lo había contado a John y él empezó a reirse. Siempre se reía de mis sueños premonitorios a pesar de que más de una vez había acertado. Eran cosas nimias, que perdía el autobús, que me encontraba con una amiga que hacía siglos que no veía. Siempre se reía, incluso cuando soñé que el día después de que mataran a Kennedy él también moriría.

 

Toño Bauti Atala y yo estábamos discutiendo, como siempre. No me habían pagado mi sueldo completo y ella ya estaba harta de que llegara sin dinero. Cuando me dijo que agarrara mis cosas y me fuera, se oyó un disparo en la tv, era la bala que atravesaría el cráneo del presidente de E.U.
No dijimos nada, creo que los dos comprendimos que estando juntos era ya mucha ganancia a no tener vida. O a perderla en este caso. Nos sentamos a ver la noticia completa y después nos abrazamos.