Escribe una mini-historia con dos de nuestros personajes

Escribe una mini-historia con dos de nuestros personajes

mayo 19 2017   

En esta ocasión, se trata de escribir una historia (15 líneas máximo) en la que aparezcan al menos DOS de estos personajes, los que más os inspiren o los que parezca que combinan mejor para crear una historia:
-Una señora con una pistola
-Un niño/a de 10 años sabihondo
-Un hombre ciego
-Un extranjero que no habla el idioma local.

TEXTO CON MÁS ME GUSTAS

Monika Fikimiki Lo preparó minuciosamente. No hablaba español pero comprar un filete de ternera no debería ser tan difícil.
Memorizó el texto y fue a la carnicería.
Él estaba ahí, el vendedor más guapo del planeta. Pero era tarde para salir.
Se puso nerviosa y, sin querer, pisó al señor de atrás.
-Sorry- dijo preocupada, al ver que era ciego. Pero él recobró el equilibrio de manera casi mágica y sonrió.
La cola se hacía cada vez más corta, sólo dos personas la separaban del morenazo del año y su práctica de español.
Finalmente le tocó, cogió todo el aire que pudo y recitó sonrojada:
-Dos cachitos de ternura, por favor.
Le costó tiempo entender por qué el carnicero se puso rojo y las risas estallaron de una manera desorbitada.
Después de aquello sólo compraba en el super.

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OTROS TEXTOS SELECCIONADOS

Yolanda Fraile Carreras

-¡Silencio!-se oyó.
Todos permanecían sentados en las gradas mudos y atentos a lo que ocurría en el centro de la nave, cuando aquella elegante mujer, que caminaba subida en unos tacones de infarto, cruzó decidida el plató. Su perfume dejaba un rastro que absorbía la chata nariz del niño regordete de pelo rojo, que avanzaba detrás de ella, vestido de pantalón de pinzas, camisa y corbatín.
Tacones acercándose, revuelo en el plató, y el regidor a un tris de sufrir un infarto mientras divisaba a través de los monitores, como la mujer irrumpía en medio del programa, y sacaba un arma de un coqueto bolso de Carey con la que apuntaba al presentador demostrando un aplomo que daba miedo.
-¡Hazlo!_-gritaba el niño con la cara teñida de ira-¡Mátalo!, merece morir por no haberme preguntado cuántos huesos tiene un Tyrannosaurxus rex y no haber podido pasar a la final.

Carol Belasco Aferró el bolso con fuerza, dentro portaba la llave de su libertad. Entró en el edificio con el cuerpo rígido y una mueca congelada en los labios, pero nadie la detuvo. Las escaleras eran largas y empinadas y alcanzó la última con esfuerzo, cada jadeo le recordaba sus palabras burlonas y alimentaba su odio: «No puedes ni dar un paso sin morirte, gorda asquerosa, me repugnas».
Abrió la puerta del piso con las manos tan temblorosas que necesitó tres intentos.
Él la llamó nada más escucharla, reprochándole su tardanza, recordándole todo lo equivocado que había en ella.
Sus ojos sin brillo se giraron hacia la puerta, ojos que no podian verla, ni a ella ni el arma que ahora sujetaba en sus manos.
Cuando escuchase el clic sería demasiado tarde pero no podía hacer otra cosa, nadie creía que él pudiera ser tan cruel: «un pobre desvalido» le decían «te necesita» le aseguraban. Y por ello, disparó.

Rafael R. G. Morales –Cuando te digo que no lo hagas, es que estoy hablando en serio, -dijo la mujer. Lo seguía apuntando y el hombre, sin el sentido de la vista, trataba de imaginar toda la situación a su alrededor. Se acrecentaban los olores, los susurros retumbaban en sus oídos, con ese sentido auditivo que desarrollan más los ciegos.
No sentía miedo, otras veces también lo había amenazado con matarlo si se atrevía a abandonarla, pero siempre terminaban en una especie de armisticio forzoso. Ella, al tanto de los devaneos de su marido con la vecina del A4, no quería terminar con él. Una especie de sentimiento de culpa, o quizás una maternidad frustrada, pues no tenían hijos, había creado un lazo forzado de convivencia obligada.
Pero ya habían pasado más de veinte años en ese juego macabro de un esposo que no la atendía y a sabiendas de que coqueteaba con la vecina, la tenían ahora a punto de tomar una decisión que estaba convencida de ejecutar. Ya no resistía más aquellas burlas sangrientas que a cada momento le estrujaba en sus sentimientos aquel hombre ciego de la vista y del alma. Además, se sentía vieja en lucha desigual con alguien mucho menor que ella.
–Ahora sí te mataré.. y apretó el gatillo.

M.J. Arillo Priscila miró a su maestra Carmen con cara de ángel y le comentó que quería contarle un secreto. Intrigada la mujer le preguntó que de qué se trataba y la niña le susurró que su mamá era una señora que llevaba una pistola en el bolso. Vio cómo los ojos de la maestra se abrían cual lechuza y sólo articuló a preguntarle que para qué la tenía. La pequeña, con cara de inocencia absoluta, le explicó que la veía utilizarla los fines de semana y cómo echaba fuego, le puntualizó. La pobre Carmen no podía creer que aquella chiquilla de apenas diez años le estuviera contando aquello. Cuando la madre de Priscila llegó a recogerla, la maestra era todo halagos hacia ella y su hija, a pesar de que ésta, ese día, se había portado fatal en clase. “Otro día le diré a la señorita que, en realidad, la pistola de mamá es la forma que tiene el mechero para encender la barbacoa del jardín”. Y sonrió pícaramente.

Carlos Jiménez Lacima Quién iba a imaginar que aquel niño se trataba de un sabihondo. El mamón arruinó mis planes con el guiri: un bigardo en chanclas que cubría sus pies con calcetines de lana, más inocente que un bígamo en Burkina Faso.

Fue precisamente, cuando todo marchaba, y el tipo iba a entregarme toda la guita solo porque le hice creer que me trataba del recaudador de la zona para no recuerdo qué revolución ficticia –de la que le hablé–, haciéndole prometer que no desvelara nada, el momento en que el pequeño bastardo intervino.

No solo me amenazó con explicar al interfecto, en su lengua, que no existía tal revolución, que todo era una bola, sino que, al mismo tiempo, me obligó a devolver casi todo el dinero a excepción de unas monedas para caramelos de lima limón que –según me hizo saber– eran la bomba.

El mequetrefe había echado por tierra el negocio, pero no pude evitar sonreír cuando, por sorpresa, se dirigió a mí, nuevamente, para ofrecerme uno de esos caramelos:

–¿Quieres uno?

Paloma Fernández Garrido Nada le podía dar mayor felicidad que las visitas de su vecinita de enfrente. Desde que él enfermó, no pasó una sola tarde sin recibir tan agradable compañía. La niña había cumplido ya los diez años y, como él ya, en su avanzada enfermedad, no podía ver nada, era ella quien le explicaba todo con detalles minuciosos y muchísimo cariño. Una tarde, recordó que desde que aprendió a hablar -con aquella voz de pito y muy “marisabidilla”-, le había dicho que de mayor sería su novia, que le esperase, porque lo iba a amar toda la vida.

Óscar, recordando aquellos años, no pudo reprimir una lágrima. ¡Habían pasado tantas cosas…y cuántas personas le habían causado decepción en tan poco tiempo! Sin embargo, su niña, a la que había ayudado a nacer allí mismo en su casa, por un parto precipitado, a la que apadrinó y mimó siempre, esa personita tan querida, permanecía totalmente fiel al juramento de amor que un día le hizo.

Mar Suarez Redondo Son las cinco de la tarde. Debería estar en casa del “inglés”, dónde mi madre me manda para que intercambiemos el idioma. A ella el inglés -el idioma y el vecino- le da igual pero es la excusa perfecta. Sin embargo, hoy no he ido. Sé las intenciones de mi madre. Estoy escondido, vigilando cuándo llega mi padre a casa. A las 17.15 por fin aparece pero espero un poco para darle tiempo.
Están en el salón. Mi padre de pie con las manos levantadas mientras mi madre le apunta con una pistola sin parar de llorar y con temblor en el pulso.
-¡Hijo! Haz algo. Tu madre se ha vuelto loca -me ordena gritando.
Por una vez le hago caso. Coloco mi mano sobre la pistola, le sonrío y aprieto el gatillo.

Catalina Saavedra El hombre ciego tiene prendido en su chaqueta una hilera de cupones. De vez en cuando dice en voz alta:
– Señoras, señores, todos tienen premio.
Y con el bastón da unos golpes en la acera para llamar la atención de los viandantes.
De pronto una señora ,con una pistola en la mano , se acerca por detrás al hombre y mientras le descerraja un tiro entre los ojos le grita :

-¡Mentiroso! Diez años comprando el cupón y nunca me ha tocado nada.

Recordad que para seleccionar estos textos desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.

Un abrazo a todos/as y a seguir escribiendo.