Escribe una historia inspirada en esta imagen

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Enero 13 2017   Etiquetas:

 Escribe una historia inspirada en esta imagen. #ViernesCreativo:

Semana del 8 enero al 15 de Enero de 2017

Texto con más “me gusta”: 

Viqui R. Gallardo Es un sueño recurrente, cada cierto tiempo y no sé muy bien porqué se repite. La veo allí, sentada en el suelo delante de mí, quieta, muy quieta, como un montón de ropa vieja olvidado en un rincón. No veo su cara porque está de espaldas a mí y mira hacia la inmensidad de un paisaje desierto, desolado, en el que uno se imagina el proceloso océano que lo ocupó hace miles de eones.
No parece respirar, pero cuando me acerco muy despacio, compruebo que sus hombros tiemblan ligeramente, no sé si por una leve risa o por un llanto contenido. A medida que acorto la distancia, empiezo a sentir un sordo terror, una angustia total; algo terriblemente malo rodea a esa mujer sentada en la áspera tierra. Siento la necesitad imperiosa de salir huyendo pero sigo adelante, sin pausa, lentamente, y extiendo mi mano hacia su hombro. El horror en ese momento es tan agudo como el grito de un ser indefenso a punto de morir.
En ese instante me despierto agitada y temblorosa. No estoy segura de si he gritado o no. No estoy segura de quién puede ser la mujer de mi sueño. No estoy segura de nada pero a veces pienso que, si volviera la cara, vería la mía propia en un futuro lejano.

Otros textos seleccionados: 

Silvia Favaro Brisa suave, casi imperceptible, acariciando la furia de un paisaje calmo.
A viva voz, grita el silencio, descaradamente.
Cielo despejado, para volar con la libertad que te dan las alas inventadas.
Llegar a la cima sin prisa y sin pasado, sin mochila, ni equipaje.
Me enfrenta la soledad, acompañado.
Me susurran las dudas de no encontrar lo que perdí.
Pero me quedo aquí, sin saber lo de mañana.
Me dejo atrapar por lo desconocido.
Bendigo el pasado, el de los sueños incumplidos y acepto este presente.
Se siente la paz, te cala los huesos, acá estoy y acá me quedo.

Alicia Carrasco García “No hay miedo, sólo horizonte”. No podía creer sus propias palabras, rebotaban en su cabeza mientras su pecho luchaba por recobrar el aire. Había dejado muy lejos su casa cuando consiguió la serenidad para detenerse.
En la mañana de aquel 16 de diciembre nada anunciaba fisuras en su cotidiano: el aire era frío y húmedo, el despertador sonó como siempre a las 7 en punto y las sábanas (una vez más) yacían en el suelo retorcidas en una suerte de espiral imposible que salía de su brazo izquierdo. Pero ese silencio…, ¿por qué no respiraba el café en su primera bocanada de aire?
“¿Mamá?” Desenredando el cuerpo de la cama, con el olfato agudizado, bajó las escaleras y no encontró a nadie. Tampoco en la calle. Silencio

Carmen Trujillo Dice Ahmed, mi jovencísimo guía, que antes este valle era un mar, que estaba lleno de vida. Hace millones de años de eso. Ahora solo queda arena, viento caliente y montañas de roca medio derruidas por la naturaleza fría y ardiente del desierto.
Ahmed sonríe cada vez que se dirige a mí. Aunque oculta su boca bajo el turbante, sus ojos guiñan brillos. Por eso lo sé. Creo que le turba hablar conmigo, y su gravedad al hacerlo contrasta vívamente con su mirada sonriente. Así que, procuro hablarle solo un poco más de lo imprescindible. Su español es infantil, rudimentario, pero se hace entender con gestos expresivos.
Cuando hemos llegado al acantilado me he quedado fascinada ante la inmensidad que se extendía ante nosotros. Entonces ha sido cuando me ha hablado sobre el antiguo mar. Luego, se ha tumbado en el suelo y ha pegado su oreja a la tierra, invitándome a hacer lo mismo.
– Tú escucha…escucha…
He hecho lo mismo que él. He cerrado los ojos y el rumor ha nacido de repente, desde el interior de la caldeada piedra. He escuchado sorprendida olas que rompían en una playa ignota.
Mientras Ahmed prepara el fuego, y algo de comer me he sentado al borde del precipicio. El polvo son ascuas en mi nariz. El aire hirviente me pesa en los pulmones al respirar. Pero no me importa. Soy una viajera. Donde otros sacan fotos y pasan de largo, yo me quedo quieta esperando.
Las voces resuenan en mi cabeza: “Aún sois jóvenes, aún os queda el amor, vendrán otros…”
¿Por qué no puedo apartar la vista? ¿Es esto todo lo que queda? ¿Es esto todo lo que hay?
Mi joven marido me quería, pero yo añoraba el llanto en la noche, las risas de encías y los ojos de agua pura y limpia. Estoy sola y nadie puede alcanzarme. Su amor no me toca.
Es curioso que el sol dador de vida en otras partes, aquí lo ha calcinado todo. Un mar se ha evaporado y con él toda la vida que contenía. Pero el mar persiste. En lo profundo de la tierra sigue batiendo olas contra una playa invisible.
¿Cuántos gritos pueden caber en este abismo? Ahora que sé como acaban todas las historias puedo volver a casa.

Irene Delpree Sentada, en paz. Viendo desde aquella montaña el abrupto paisaje, imaginó mil situaciones. Los ocres y los picos le trajeron a la mente innumerables golosinas. A lo lejos veía caramelos derritiéndose al sol. El turrón como volcanes listos para hacer erupción y la arena… ah, la arena, cual azúcar morena que con el viento se alejaba decorando el enorme pastel que tenía ante sus ojos.
“¡Tengo tanta hambre!”, pensó.

Carol Belasco Era una niña cuando todo empezó, ya soy una mujer: he visto el desierto avanzar y tragárselo todo, y el agua convertirse en algo más valioso que el oro.
Toda nuestra ropa ahora recoge el agua que no utilizamos, llevo en mi cuello, como todos, un pequeño tubo que acumula mi saliva: la humedad no debe desperdiciarse, el agua lo es todo, el agua es vida.
Estoy embarazada, pero no quiero traer otra criatura sedienta a este mundo, tampoco me siento capaz de decidir sobre su vida.
Me ha llevado toda la noche llegar hasta aquí, la arena arde bajo mis pies y el sol quema mis pupilas, ante mí puedo ver el pueblo donde nací, no queda más que roca, arena y viento, todo ha sido devorado por este polvo que ahora condena todo mañana.
Me aterra el porvenir, he visto como animales y personas han sido asesinadas por el agua de su carne, ¿Qué me espera sino la desolación calcinada que se extiende ante mí?
He caminado hasta aquí para unirme a mi pueblo, para caer sobre sus cenizas y despedirme del miedo, pero mi futuro hijo se mueve en mi interior. No lloro porque las lágrimas son ya un lujo prohibido, pero comprendo que no puedo robarle su oportunidad.
Me siento y contemplo mi pasado mientras llevo mi futuro en el vientre. Esperaré su llegada, y más tarde quizá, regresaré.

Beba Pihen Morir como la Tierra
Todo gris, reseco y enceguecedor. Polvo, piedras y duros reflejos. Ni una nube promisoria; ni una sombra. Te has sentado muy alto, dominando el vacío con tu decisión. Llegaste arriba casi a rastras; tu compañero ha quedado, despojo de guerra, en su tumba ignorada. Traes en el vientre a tu hijo huérfano y extranjero; esperas volver a tu antiguo paisaje de bosques y arroyos; anhelas reencontrar a tu gente, sus cantos, sus sabores, sus palabras; esa es la vida que quieres para el niño.
Te levantas, tambaleante, y buscas un trago de agua en el morral; pero la pequeña bota está vacía; ¿la ha roto un golpe contra las piedras?; ¿el calor evaporó el líquido?
Tal vez tu suerte sea morir en pocas horas, entre delirios felices, sin llegar a ver el paisaje de tus sueños; ese que ahora también es gris, reseco y vacío.