Escribe una historia de amor y terror

Escribe una historia de amor y terror

Junio 28 2017   

Uno de los métodos para conseguir crear algo novedoso y original es combinar dos elementos muy diferentes. Hoy en nuestro #ViernesCreativo os animamos a escribir una historia que combine dos géneros: TERROR + AMOR.

TEXTO CON MÁS ME GUSTAS

Maria Dolores Garrido Goñi Pese a haber luna llena, no se veía apenas por la tupida vegetación. Corría descalza a través de zarzas que herían sus piernas, pies y brazos. Los búhos ululaban a su paso. El miedo se reflejaba en su rostro y giraba su cabeza mientras avanzaba. Los oía cerca, cada vez más cerca… la perseguían desde hacía rato y sentía que iba a desfallecer. Al fin vio la casona. Sus muros se acercaban y veía una tenue luz en una de las ventanas. “Quizás pueda llegar a tiempo —pensaba—por favor, que la puerta no esté cerrada”.
El alboroto de sus perseguidores sonaba tan cerca… Sería una lástima que la cogieran a las puertas de su salvación. ¡Un esfuerzo más! Sus ropas hechas jirones, su resistencia al límite.
Por fin, llegó al portón. Este se abrió antes de tocarlo y una mano fuerte le agarró y tirando hacia el interior, cerró en cuanto ella cruzó el umbral.
—Cariño, no puedes salir sola —la abrazó fuertemente para quitarle el miedo—. Los vivos no nos quieren cerca de sus poblados.
—Mi amor, sólo fui a buscar tu regalo de aniversario —abriendo un pequeño paquete, le presentó un corazón sangrante—. Es fresco, se lo quité a una joven virgen.

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OTROS TEXTOS SELECCIONADOS

Verónica Lorite Era el tercer funeral al que Dona asistía ese mes. Hasta ese momento se había resignado pensando que simplemente había llegado a esa edad en que los amigos empezaban a morir sin pedir permiso, dónde lo único que le recordaba al mundo en que nació estaba entre las cuatro paredes de su casa. Entró al hogar que había compartido con Julia los últimos quince años y el corazón se le comprimió, la vida no iba a ser la misma sin ella. Lloró, solo un poco, no quería encender las alarmas de Bob, su droide sociosanitario, o pronto aparecería una ambulancia en su puerta. Luego lo pensó: “¿por qué la noche anterior no apareció ninguna?”
Intentó retroceder hasta la puerta lo más rápido que una anciana de 93 años era capaz, pero la maldita puerta no se abría.
– ¿ Fue un bonito entierro?- la voz humanizada de Bob, siempre le había gustado, pero ese día le hizo temblar – No lo merecía, pero seguro lo fue. Así son los humanos, falsos hasta la tumba.
– Bob, ¿ qué quieres decir? Julia lo merecía todo, era maravillosa – aquellos ojos azules eléctrico la miraron sin entender.
– Pero, ayer discutió contigo. Igual que James . Y Mike. Tú pulso subió de manera alarmante,. Casi pido una ambulancia. No voy a permitir que pase nunca más. No quiero existir sin ti.

 

Carlos Jiménez Lacima Cuando decretaron la ley marcial no imaginé que todo se iría al garete en tan poco tiempo. Siglos de constante evolución que cayeron en saco roto en un santiamén debido a la plaga, tal como rezaban aquellos titulares de prensa ante lo que se nos venía encima: Los muertos caminan.

Tampoco pude imaginar que terminaría disparando a la persona que más he amado:

–Cariño, me han mordido –dijo mostrándome la marca.

Habíamos alcanzado la costa. Las gaviotas revoloteaban por encima como si la vida siguiera sin más, mientras que algunas otras se posaban en la arena, tal vez, en busca de alimento.

–Hazlo –dijo en voz queda.

Accioné el arma. El ruido alertó a las aves, que salieron despavoridas. El cuerpo quedó tendido en la orilla, inerte. Caí al suelo. La abracé. Sollocé.

Me propuse huir de aquel sitio, no sin antes acabar con la vida de alguna de las criaturas que, por el disparo, habían acudido al lugar, llevando a cabo un movimiento cadencioso que, de no estar familiarizado con él, ponía los pelos de punta; un vaivén infernal que podía asociarse con el de la persona que se encuentra ebria e intenta ir hacia ti, torpe.

Acabé rodeado. Tal vez, lo que pretendía. Solo una bala en el tambor. Te amo.

 

Teresa Lluqueta La noche se ceñía cautiva, los esperpentos nocturnos adquirían formas maquiavélicas, alrededor de la embrujada luz de la Luna que iluminaba los musgosos adoquines bajo los pies de Casandra. Anduvo por aquella siniestra calle, como posesa, asustada, un aliento frío, turbador, acarició su nuca y miró tras de sí, el movimiento de una sombra se escondía entre la penumbra de las farolas.
Casandra se quedó quieta, paralizada, sabía que su enamorado venía a por ella, temblorosa, oprimió fuertemente con sus manos, su pecho, en un intento de sujetar su palpitante corazón. Pero su amante Lucifer se lo extrajo, succionándoselo con su amor, su resistencia había llegado muy tarde, y el Diablo no admite errores. Desde entonces, Casandra se convirtió en una sombra errante de muerte y dolor, llamada Luciérnaga porque de noche se iluminaba y vagabundeaba por los cementerios, buscando entre los muertos un nuevo corazón, que completara el agujero que la ausencia de amor le había dejado y de día se obscurecía ocultando su error.

 

María Jesús Díez García Todos los telediarios hablaban de la ola de calor, que recorría la Península derritiendo todo a su paso, lento y pesado. Desafiando al bochorno insoportable, Olga y Julio se abrazaron en su pequeño piso sin aire acondicionado, rendidos al deseo, buscando que sus cuerpos se fundieran en uno. Ignoraron las gotas de sudor resbalando por la frente, el calor denso que llenaba el cuarto casi como una presencia; hasta que de pronto notaron un siseo y un olor a quemado casi imperceptibles. Sin soltar su abrazo, miraron hacia abajo. La piel de ambos comenzaba a crepitar, burbujeante, como tiras de papel en una hoguera. Horrorizados, quisieron separarse, pero era demasiado tarde. Entre alaridos, la dermis de los amantes se desprendió poco a poco de la carne, hasta dejar a la vista las fibras musculares. En algún momento los gritos cesaron. Olga y Julio, lo que quedaba de ellos, venas, músculos, vísceras, se licuaron. Y solo quedaron sus esqueletos, unidos indisolublemente, fundidos como querían.

 

Jose M Fernández La epidemia se iba extendiendo por doquier. Los cadáveres se amontonaban en las calles sin que nadie los recogiera y, cada día, su número aumentaba. Lo más horrible eran las pústulas en el rostro; facciones deformadas hasta lo grotesco y bubones supurando un líquido rojizo. Poco después llegaba el vómito negro: la muerte. Y, con ella, el espanto de los supervivientes.
Inés se había refugiado en una capilla y allí permanecía sola, aterrada, sin atreverse a salir. El miedo le hacía temblar. Escuchó un ruido y se puso tensa. De repente, la puerta se abrió y entró un muchacho. No parecía enfermo. Se miraron y ambos sonrieron. Le dijo su nombre: Samuel.
Estaba anocheciendo y hacía frío. Se acurrucaron uno junto al otro. Él la acarició y ella respondió a su contacto. Se besaron con una intensidad inaudita para sus débiles cuerpos; se amaron con furia, con prisas adolescentes, como si el mundo se fuese a acabar.
–¿Estaremos siempre juntos? – preguntó ella.
–Sí.
Cuando la epidemia concluyó, en la capilla de San Judas Tadeo, hallaron abrazados los cadáveres de dos jóvenes.

 

Carmen Trujillo Me dijeron que en la Noche de San Juan, si quieres ver al amor de tu vida, tienes que encender una vela delante de un espejo de cuerpo entero. Te desnudas y miras el espejo. Todo el rato. No puedes apartar la vista ni decir palabra alguna, o habrás roto el momento. Me encerré en el baño y así lo hice. Miré dentro del espejo mucho tiempo. La luz mortecina de la vela iluminaba mi cuerpo púber, tan joven y aún lleno de presagios futuros. Detrás de mí solo había una oscuridad temblona. La cara de mi amado debía aparecer sobre mis hombros surgiendo de la tinta que era el espacio sin luz a mis espaldas. Miré y miré. Unos crujidos de hielo roto llenaban el silencio. Mi piel se erizó de frío. Una sombra callada me observaba. Se desprendió de la tenebrosidad como si fuera una silueta opaca. Sus ojos magnéticos brillaban feroces en un rostro lleno de claroscuros. Al iluminarle la vela vi su rostro cubierto de pelo hirsuto y sus bigotes tiesos como alambre. Dos colmillos sobresalían de su boca.
— Pero ¡qué haces tanto tiempo en el baño, Bella! —Gritaban mis hermanas aporreando la puerta. Aquello rompió el momento. Me puse una bata atribulada y oí que decían: —¡Padre ya ha vuelto de su viaje! ¡Y trae regalos!

 

Jorge da Conceiçao Se estremeció como un muñeco de porcelana ante las pústulas supurantes. Ese había sido el primer paso antes de que el otro se transformase en algo que no era. Sus hijos tampoco volvieron un día del colegio, se los llevaron los servicios sociales ante la transformación de su padre. Él era un hombre cariñoso, atento, un buen padre; y no dejó de serlo a pesar de que su cabeza fue sustituida por una masa informe de tentáculos. Su personalidad seguía intacta, y juntos disfrutaban de largas charlas sobre la filosofía de todas las cosas. Él acudió a médicos, pero ninguno supo decirle qué le pasaba. Así que tuvo que suponer que no tenía cura, incluso se había acostumbrado a esa agradable viscosidad que, debajo de las sábanas se revelaba como un mundo de sensaciones inéditas. Recordó todos sus atributos masculinos, y como esa mezcla de encanto y responsabilidad le había atraído fuertemente. Pero ahora nada de aquello quedaba: solo encanto, su voz y sus gestos. Le miró a los ojos y le pidió que se quedase hasta el final. Él se quedó y vio cómo esa luz se iba apagando hasta la muerte. Entonces se abrazó a su cuerpo hasta fusionarse y desaparecer. Y no había monstruo más terrible que la pena.

 

 


Recordad que, para seleccionar estos textos, desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: que cumplan el reto, la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.

Un abrazo a todos/as y a seguir escribiendo.