El río se lo había tragado todo

El río se lo había tragado todo

junio 30 2017   

El reto de hoy es sencillo y un clásico: escribir una historia (15 líneas máximo) que comience con la frase: El río se lo había tragado todo.
Como siempre, la historia puede ser realista, fantástica, de terror, de amor, de humor o lo que queráis. 😃

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Marga LM

El río se lo había tragado todo, mi vergüenza, y mi timidez. Ocurrió en la noche de San Juan, cuando todos apostaban por saltar hogueras, ahí estaba yo, como buen signo de agua, pasé del fuego y fuí a mi elemento natural. Elegí el río que separaba Villasecano de Villamojado, custodiado por la famosa Cueva Blanca, llamada así porque allí vivía una bruja con los ojos color blanco que podía ver en la oscuridad, visitaba los pueblos por la noche y robaba la ropa tendida, puras habladurías pensé. Me metí en el río con una cofia echa con plumas de colores y completamente desnuda dí comienzo al ritual: “oh fuerzas del agua, me ofrezco a vosotras, lavad mi vergüenza y mi timidez”.
-¡Mirad, la bruja de los ojos blancos! , escuché a mis espaldas. Me volví y un grupo de unas quince personas me apuntaban con sus linternas.
–¡Sapos, culebras, ancas de rana, rabos de ratón! ¡Malditos! – se me ocurrió gritar. Salieron despavoridos y con algo que contar, revolcada de la risa, pensé que al final la vergüenza desapareció. Así que si os bañáis en ese río alguna vez, cuidado que mi vergüenza nada en él y se os puede pegar.

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Manuel Angel Ruiz Martinez

El río se lo había tragado todo. Enfurecido y con el cariz más destructor que jamás hubiesen visto mis ojos en una corriente torrencial similar, el Amazonas en que se había convertido tu amor terminó por destruir todo cuanto encontró a su paso. Aquel cariño, pequeño riachuelo de sentimientos por mi que nació en el manantial de tu corazón pétreo, fue poco a poco – o quizá demasiado rápidamente – aumentando su caudal hasta convertirse en un río que regaba las huertas de mis días, haciéndolos fértiles y productivos. Pero, paulatinamente, y sin darme cuenta, ese río experimentaba crecidas repentinas del ego de tu personalidad anulando la mía hasta convertime en un pequeño, casi sin importancia afluente de ti. Hasta que llegó el trágico día del desbordamiento, el día en el que se anegaron los sótanos de mi vida y hubieron de escapar a nado, in extremis, algunos de mis sueños.

Ainnita Kirschlert

El río se lo había llevado todo, pero no contenta con eso, arrojé también el anillo.
En la superficie flotaba toda tu ropa. Las camisas, esas que me esforzaba en planchar para que al día siguiente fueras bien vestido al trabajo. En una de ellas descubrí la primera señal de que algo no encajaba. Tantas reuniones hasta tarde, tanto trabajo acumulado en la oficina. Al menos podrías haberte ahorrado las excusas.
Podrías habérmelo dicho, al menos. Que ya no me querías, que nuestro matrimonio estaba acabado. Yo podría haber encontrado a alguien hace tiempo también. El jardinero era un buen partido.
Pero no lo hiciste. El anillo se hundió en las profundidades del río. Tu cuerpo siguió el mismo camino.

Ricardo Granda Vásquez

El río se lo había tragado todo. Aburrido de su milenaria rutina, había decidido abandonar su cauce, enfrentarse al mundo, desobedecer a su destino. Pero no contaba con que no saldría solo, que su piel cristalina solo era posible en ese claustro: consigo salieron las piedras, el lodo. No es fácil dejar las penas atrás.
Sonreía al ver a ese nuevo mundo, sin darse cuenta del poder de su presencia. Todos huían al verlo, porque todo lo engullía. Las casas, los sembríos, los animales. Las personas gritaban frente a él. No podía escapar de los fantasmas de su soledad.
Agobiado por el desencanto, sabiéndose un monstruo, decidió morir. Y se lanzó al mar.

Jose M Fernández

El río se lo había tragado todo. El verdor del valle había desaparecido por completo y había sido sustituido por una capa de lodo, color marrón, que se extendía por ambas márgenes del río. Los límites de los campos se diluyeron, las acequias desaparecieron, los caminos habían dejado de existir. Solamente las aldeas situadas en los altozanos próximos se salvaron de las aguas.
Sinuhé y su familia contemplaban con alegría la devastación extendida a sus pies; estaban felices. Este año la inundación había sido provechosa, no como la del año pasado que arrasó todo, condenándolos al hambre. Esta había durado casi dos semanas, tiempo suficiente para que el limo se deposite sobre las tierras y que estas se renueven y fertilicen.
–¡El año próximo tendremos una gran cosecha! – afirmó Sinuhé.
Se arrodillaron hacía donde fluían las aguas y agacharon sus cabezas hasta que sus frentes tocaron el suelo. Oraron a Satet (la diosa del río): “Oh, Satet, que nos traes cada año el germen de la vida y de la muerte, acepta nuestras ofrendas”. Al levantarse, observaron la inmensidad ocre del desierto que los rodeaba por todas partes menos por una.

Elisabeth Rayo Psicóloga

El río se lo había tragado todo. Aquel veinticinco de septiembre, el agua había bajado como una manada de caballos negros desbocados, arrastrando árboles y vallas, sueños e ilusiones, vida y amor. La primera casa de Federico y Ángeles, el hogar lejos de su hogar extremeño, estaba destrozada. Las pertenencias que habían traído dos años antes fueron insuficientes para llenar las estancias, dejando su vivienda de alquiler yerma y desierta. Con gran esfuerzo, aquella casa había ido ganando en calidez: una pilistra en un macetero de latón, el cuadro de un molino con su marco de madera, un tapete tejido a ganchillo con las manos llenas de sabañones…

Ángeles miraba las paredes, que habían sido blancas, teñidas de barro y muerte. Con el agua helada mordiéndole los tobillos, buscaba una señal de que Federico había vivido allí, de que había sido su compañero en los días difíciles y su amante en las noches dulces. No encontró su voz más que en su memoria, y su piel quedó huérfana de sus caricias. No era el único desaparecido: unas doscientas personas no habían regresado a sus casas arrasadas en el cauce de la riera. El pueblo de Rubí tenía nombre de joya, pero tuvo que pagar un precio demasiado alto por vivir allí.

Maria Del Carmen Araque

El río se lo había tragado todo. Ese río color león como tú le decías. Ese que navegaste tantas veces saliendo desde Buenos Aires y llegando desde Carmelo a Piriápolis y encontrando en Conchillas tu lugar en el mundo. Ese del cual me decías que más allá de Piriápolis había feroces serpientes marinas y monstruos de varias cabezas y por eso jamás iríamos más allá; y ambos reíamos sabiendo que lo decías por no querer reconocer que ni al velero ni al capitán les daba el cuero para semejante travesía. Vos que hiciste que yo, nacida en medio de la pampa, lo amara y respetara tanto como vos lo hacías. Vos que me enseñaste a leer el clima con solo ver las nubes o el vuelo de las aves. Vos te fusionaste a él. Ceniza a ceniza la brisa te poso sobre el, y este te acuno y te cobijo en tu última morada. Se tragó todo menos tu esencia. Y yo parada al borde de la escollera con el cofre entre mis manos solo pude llorar. Y mis lágrimas cayeron al río. Y así por un efímero instante el río, vos y yo fuimos uno por última vez.

David Generoso Escritor

El río se lo había tragado todo: su coche, la tienda de campaña, la guitarra acústica y a su mujer. Dos días de intensa lluvia habían dado al traste con aquel fin de semana romántico. “Habrá otros”, pensó. Pero no con la misma guitarra. El río acababa de arrebatarle a Elena, su Elena, la guitarra con la que había conquistado los escenarios. Elena era su más fiel compañera. Veinte años acariciando sus curvas, cosquilleando sus cuerdas, haciendo que gimieran de placer. Por eso le pareció de mal gusto que el policía estuviera más preocupado por el paradero de Elisa, su mujer, que el de Elena, su guitarra. “Habrá otras Elisas”, pensó, “pero nunca habrá otra guitarra como Elena”.

Neo Zevlag

El río se lo había tragado todo. Nuestra cabaña, los equipos, las armas, la camioneta, los planos para el atraco al banco…y también al banco. No quedó nada, apenas alcanzamos a escapar cuando la represa explotó y la furia contenida se extendió por todo el pueblo.
Vaya nuestra suerte que a unos idiotas se les haya ocurrido un atentado el mismo día que a nosotros robar el banco Principal pero estoy más que seguro que esto lo pensaron hace poco y no al nivel profesional nuestro. No, señor. Le dediqué tres meses de mi vida a revisar cada detalle: desde la rutina de los ejecutivos, el gerente, los cambios de guardias, las claves de apagado de las alarmas, los protocolos y codificaciones de acceso a la bóveda principal, todo lo que un ladrón de bancos profesional, que se precie de tal, debe saber. Esto iba a ser pan comido pero, como somos profesionales, necesitábamos un desafío mayor: robar a la antigua, con todas las cartas en nuestra contra, esa adrenalina que no encuentras ni siquiera cuando te drogas. Lástima que todo quedó en nada, apenas salvamos el pellejo entre varios más del pueblo. Ahora todos juntos vamos en busca de los que destruyeron la represa y no nos dejaron robar el banco tranquilos.

Laia Baroja

El río se lo había tragado todo. Un día decidió que ya era suficiente. No más deforestación, no más contaminación, no más quedarse encerrado en las zonas que los humanos habían determinado que les iba bien que se quedara quietecito y sin molestar. No más. Le había costado miles de años hacer su lecho específico, horadando montañas, erosionando valles, creando lagos. Unos insignificantes seres no iban a cambiar eso. Aprovechó unas lluvias torrenciales -irónicamente causadas por ellos mismos, por su mal uso del espacio natural que les había sido concedido- para tomar la fuerza que necesitaba y volver a su cauce. Rompiendo presas, anegando pueblos. Tragedia, decían. Catástrofe. Para él era la vuelta a su estado natural, el que nunca debió ser alterado.

Maria Dolores Garrido Goñi

El río se lo había tragado todo. Salí de sus aguas liberada de todas las cargas, miedos y frustraciones que inmovilizaban mi ser. Ahora, cual bautismo de vida, había renacido gracias a esa inmersión en las caudalosas aguas del río Aragón. Había entrado en él llena de pesar y angustia. Mi vida apenas era vida. Los problemas y las exigencias ajenas me dominaban cada segundo. Necesitaba reinventarme, renacer y vivir una vida propia. Entré en las aguas vivas de este frondoso río. Me sumergí hasta el fondo. Hasta pisar con mis pies descalzos el lecho pedregoso y allí me senté. Permanecí con ojos abiertos todo lo que mis pulmones podían aguantar y sentí como, todo lo que envenenaba mi vida, se diluía en la corriente y esta se lo llevaba lejos de mí.
Salí del agua, dispuesta a vivir con mis reglas. Ahora viviría lo bueno de la vida, lo malo… el río se lo había tragado todo.

 

 


Recordad que, para seleccionar estos textos, desde Portaldelescritor siempre tenemos en cuenta diferentes aspectos: que cumplan el reto, la calidad literaria, la originalidad, la redacción (no aceptamos textos con varias faltas de ortografía) y además siempre intentamos -en la medida de lo posible- incluir participantes diferentes y no repetir muchas veces a los mismos autores.

Un abrazo a todos/as y a seguir escribiendo.