El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

mayo 05 2017   

En esta ocasión os proponemos escribir una historia (o poema) que comience con esta frase del precioso libro “El dios de las pequeñas cosas”:
“No hablaba con nadie; se ponía flores en el pelo y había mágicos secretos en sus ojos”. ¡A ver qué os inspira!

MICRORRELATO CON MÁS ME GUSTAS

Marga LM No hablaba con nadie, se ponía flores en el pelo y había mágicos secretos en sus ojos, vivía en el Valle de Los Deseos Ocultos y de vez en cuando venía a visitar el pueblo. Siempre traía una sonrisa en su rostro y siempre se adelantaban a su llegada mariposas de todos los colores. Con su presencia todo se iluminaba, los colores eran más vivos, los olores eran una mezcla de todas las clases de flores, los cantos de los pájaros y el vaivén de los árboles movidos por la brisa eran los sonidos que la acompañaban, y los besos y abrazos crecían ante ella. Absorta con tan extraordinario ser solo pregunté: -¿cuál es su nombre?
Una octogenaria de ojos color miel, me contestó:
-Su nombre es Felicidad.

 

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Oswaldo Torres No hablaba con nadie; se ponía flores en el pelo y había mágicos secretos en sus ojos. La belleza de Mirina era de congelamiento súbito para todo el que se topaba con ella. No le agradaban los príncipes azules y su silencio era su arma secreta. Nueva en el vecindario, los muchachos que se le acercaban terminaban en medio de un incómodo sonido de grillos, en un perturbador atasco en el tráfico de las palabras, o hablando de cualquier disparate por llenar el vacío. Ella los espantaba al tiempo que los dejaba absortos en un estado de intriga letal. Sus ojos guardaban una historia, pero no cualquier historia. A los 16 años, Mirina había conocido decenas de países acompañando a su padre en sus innumerables viajes como dedicado estudioso de pueblos indígenas de todo el mundo. En Australia una tribu la bautizó como “Guerrera de fuego”, y en Suramérica realizó prácticas chamánicas aprendiendo en éstas a tomar la forma de ciertos animales. Sólo uno de los muchachos del vecindario pudo finalmente escuchar su voz antes de que Mirina volviera a mudarse: cuando éste la llamó princesa conoció al dragón.

Silvia Favaro No hablaba con nadie; se ponía flores en el pelo, y había mágicos secretos en sus ojos. Siempre fue así desde que llegó al pueblo, una tarde gris de otoño. Los niños se tropezaban, por el apuro, para estar cerca de ella, y los adultos le temían, pero nunca supieron porqué. Era tímida, seguramente, pero nunca insegura, clavaba esas pupilas centellantes en las miradas culposas y solo con un guiño, obligaba a decir la verdad, aún con pesar, a los pecadores.

Verónica Gallardo No hablaba con nadie, se ponía flores en el pelo y había mágicos secretos en sus ojos profundos como el cielo nocturno. Su silencio era armonía en las suaves tardes de verano, el aroma a hierbabuena, a lavanda y a jazmín llenaban el aire, y el crepúsculo parecía suspirar ante su presencia en la quebrada. Una pequeña llama le sacaba, a veces, un arrullo y ambas echaban a correr para perderse y desaparecer entre las callejuelas del Pucará de Tilcara, dejando tan solo el eco de su risa.

Carol Belasco No hablaba con nadie; se ponía flores en el pelo y había mágicos secretos en sus ojos. Todas las mañanas abría la puerta de su pequeña casa y se acercaba al supermercado local, donde hacía su compra en silencio y en silencio la pagaba.Cada pequeño gesto suyo, cada mirada, era alimento de historias nuevas y extrañas, pero lo cierto es que poco sabíamos de él, sólo que vivía sólo en una casa pequeña rodeada de un jardín siempre en expansión y que llevaba mucho tiempo allí, ya que nadie parecía recordar cuando había llegado. Su aspecto parecía eternamente detenido entre los cincuenta y sesenta años y, aunque nadie le veía trabajar, no parecían faltarle recursos.Quizá fue por eso que lo decidieron, o quizá fue porque les ofendía verle caminar con su corona de flores.Entraron en la casa un viernes noche, y muchos lo supimos pero callamos por miedo. El sábado le vimos camino del supermercado como siempre, a ellos los encontraron vagando, con la mirada perdida de la locura en sus rostros. Y así, del desprecio condescendiente con el que le mirábamos, nació el miedo.

Maria Dolores Garrido Goñi No hablaba con nadie; se ponía flores en el pelo y había mágicos secretos en sus ojos. Sus pasos eran tan livianos que algunos aseguraban que sus pies no tocaban el suelo y una calma tangible, tomándola a ella de epicentro, se extendía en ondas hacia el exterior.
Cuando aparecía en el poblado las campanas de la iglesia tañian una queja de dolor y las gentes, santiguándose, murmuraban una oración.
Se la veía acercarse a una vivienda donde esperaba un rato con total recogimiento: Mañana habrá un entierro. Le llaman “El Angel de la Buena Muerte “

Alicia Carrasco García No hablaba con nadie; se ponía flores en el pelo y había mágicos secretos en sus ojos. Nunca consiguió aprender la lengua de aquellas mujeres y hombres, tampoco lo necesitaba. Sólo con sumergirse en la mirada de la otra persona mientras sostenía su cara con las manos, podía leer más allá de sus deseos y necesidades. Cuando ella quería compartir algo o algo necesitaba de otra persona, tomaba su mano izquierda entre las suyas mientras el magnetismo de su mirada decía el resto.
La llamaban “la serena”, sentían que sus sueños eran velados y protegidos por su simple presencia.
La descubrieron una mañana bailando junto al embalse del que bebían sus tierras. Días más tarde, la distinguieron de pie sobre el monumento del vía crucis en lo más alto de la calle de “El Calvario”, parecía retener la lluvia que amenazaba con convertir la cosecha de fresas de ese año en ríos de sangre

 

Rafael Romero Rincón No hablaba con nadie,se ponía flores en el pelo y había mágicos secretos en sus ojos mientra sostenía el fino bastón blanco que la ayudaba en su caminar.Le gustaba pasear al borde del mar para escuchar sus sonidos,a los que intentaba responder con la mirada infinita de todas sus noches.A veces en ellas estaban las estrellas de sus dedos,cuando acariciaban las turgencias del cuerpo que,al abrazarla,le hacía adivinar las luces de faros lejanos y desconocidos.Después llegaba la fugaz felicidad de los instantes,que rompía su silencio y le hacía gritar que seguía estando viva.

 

Graciela Brizuela No hablaba con nadie; se ponía flores en el pelo y había mágicos secretos en sus ojos. Andaba por la casa en puntitas de pie, descalza, haciendo oídos sordos a los reclamos de su madre. No hacía ruido, siempre silenciosa subía las escaleras y se sumergía en la nostalgia del desván. Con pasos de baile cruzaba el jardín y se internaba en el parque, seguida de mariposas multicolores y pájaros azules… Un día no regresó… tampoco las mariposas ni los pájaros.

Alberto Postacchini No hablaba con nadie; se ponía flores en el pelo y había mágicos secretos en sus ojos”.
¿Qué digo en sus ojos? Toda ella era un misterio indescifrable que nadie podía comprender. Sus pasos, se elevaban del suelo. Flotaba sin dejar huellas, ni marcas en la tierra o arena. Sentía en su corazón el dolor del mundo, pero, sonreía cuando sacándose una de las flores del cabello, se la entregaba a un triste; la flor se convertía en lo que el sujeto deseaba. No siempre era bueno, a veces los deseos satisfechos revertían sobre el propio individuo. Los niños aguardaban impacientes su llegada, porque a veces, solo a veces, los subía a su nube fantástica, los paseaba por su lugar mágico, donde crecían sus flores; cuando bajaban, sus caritas reflejaban la felicidad obtenida, en sus manos alegrías que necesitaban. De noche, las flores volvían a crecer, vaya a saber porque nadie localizaba el sitio; día tras día las repartía, consiguiendo la felicidad de muchos en su pueblo. Algunos le decía bruja, otros, hada, pero todos esperaban la visita de Clara que de una manera u otra aliviaba el corazón de los buenos humanos. Un día desapareció, sin dejar rastro; se cuenta que se enamoró de uno de sus feligreses, cuyo deseo era, solo poder mirar sus ojos. Desde ese día su corazón ya no sintió el dolor del mundo.

Naiara Salinas Barbosa No hablaba con nadie: se ponía flores en el pelo y había mágicos secretos en sus ojos. Tal vez eso fuese lo único que hiciera falta para hacerle saber al mundo quién o qué era ella, un ente de la naturaleza atrapado en un mundo doblegado por palabras sin sentido y órdenes corrompedoras. Tal vez ella se hubiese hartado de todo aquello y hubiera firmado un pacto de silencio con su conciencia. Tal vez es que no hacía falta decir más. Fuera como fuese, cada vez que la veía y me ahogaba en el pozo de sus secretos de color miel, sentía que todavía quedaba esperanza y que mi humanidad podía salvarse.

Maca Fdez No hablaba con nadie; se ponía flores en el pelo y había mágicos secretos en sus ojos. Cuando se levantaba enmarañada, su almohada parecía una selva de ideas salvajes y confusas. Con legañas en los ojos conseguía desenredarse a golpe de machete y de café bien cargado. Avanzaba por el pasillo que conducía al jardín soltando malas hierbas y pesadillas, quedando algunas por un instante flotando en el aire antes de perderse en algún rincón. Más serena y plácida llegaba al laberinto, creado con el mimo y la paciencia que solo un alma tranquila consigue transmitir; sacaba unas tijeras -pequeñas pero afiladas- y sesgaba las hojas que irrumpían noctámbulas en el camino. Había algunas sendas cerradas, siempre lo estuvieron y siempre lo estarán. Pero había otras que ella misma abría diariamente abonando el terreno de perseverancia y podando el caos allí donde aparece. Tras el único itinerario posible a una salida victoriosa del dédalo de la noche sentía que, de nuevo, manejaba su propia vida.

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